Conocer la Historia de Cuba: una responsabilidad ciudadana

Entrevista a Dania Soriano Torres, profesora de esta disciplina en Matanzas

OLGA DÍAZ RUIZ
olga@granma.cip.cu

Conocer nuestros orígenes nos permite entender quiénes somos. Por eso, la enseñanza en profundidad, con objetividad y calidad de la Historia de Cuba, constituye una responsabilidad ciudadana y un baluarte en la formación de las nuevas generaciones de educandos.

El estudio de las tradiciones patrióticas y de lucha permite a los jóvenes comprender el proceso revolucionario cubano y defenderlo cada día desde distintos escenarios. Este es, por supuesto, uno de los objetivos priorizados en los distintos niveles de educación en el territorio nacional.

Foto: Otmaro Rodríguez El estudio de nuestras tradiciones patrióticas y de lucha permite a los jóvenes comprender el proceso revolucionario cubano y defenderlo.

Sin embargo, en estos momentos urge incrementar, en cantidad y efectividad, el número de actividades docentes-educativas que fortalezcan la formación patriótica de los estudiantes. Hoy, por tanto, no es posible hablar de satisfacciones, sino, de cuánto queda por hacer.

Los resultados al cierre de la segunda convocatoria de los exámenes de ingreso a la educación superior en la asignatura de Historia, respaldan este criterio. De 43 874 aspirantes presentados, solamente aprobó el 69,6 %, un valor inferior al del curso precedente en 8,9 unidades porcentuales.

Con esta preocupación, la profesora Dania Soriano Torres, máster en Ciencias de la Educación y profesora de Historia en el Instituto Politécnico de Informática 50 Aniversario del Granma, de la ciudad de Cárdenas, en Matanzas, se dirigió a este diario.

"La Historia juega un papel cardinal en la formación de valores en los alumnos y en la formación de conductas responsables con respecto al medio ambiente, al patrimonio natural e histórico y a las normas constitucionales, jurídicas, éticas y morales. Pero ello solo es posible mediante la persuasión, de una clase amena que promueva la participación de todos y genere debate, análisis y trabajos de investigación".

Refirió a Granma que tanto el maestro como el alumno deben conocer los ejes o ideas rectoras de la enseñanza de la Historia de Cuba, y sobre esta base, la escuela debe garantizar que el escolar profundice sus conocimientos, se apropie de los valores cívicos, morales y patrióticos que emanan de nuestras gloriosas páginas de Historia, y desarrolle las habilidades propias de la asignatura para cada nivel.

A los profesores nos toca superarnos continuamente para alcanzar este propósito, agregó. "Resulta esencial inculcar a los estudiantes un pensamiento histórico lógico, y lograr que sean capaces de ubicar los hechos en tiempo y espacio; ordenar en sucesión cronológica los principales acontecimientos históricos; y emplear correctamente los libros de texto, mapas y otros recursos gráficos y bibliográficos disponibles", destacó.

Según Soriano, una mejor preparación de los docentes permite mantener y estimular el interés y la motivación de los alumnos por la asignatura, y ayudarlos a interpretar los contenidos académicos, en lugar de reproducirlos mecánicamente.

Falta en este sentido imprimirle una mayor sistematicidad y creatividad al trabajo educativo, incluyendo la preparación política y la participación en concursos y actividades extracurriculares, que deben fomentarse y promoverse, con rigor y seriedad, a lo largo del curso escolar.

Asimismo llamó la atención sobre la necesidad de conducir a los jóvenes en la búsqueda de elementos de la Historia de su localidad y de las personalidades que han tenido un lugar destacado en nuestro proceso revolucionario, mediante visitas a museos, monumentos, lugares de interés histórico y tarjas, y del intercambio con algunos de sus protagonistas, entre otras actividades.

"De este modo, interpretan la Historia no como algo lejano, sino estrechamente conectado a su realidad", afirmó.

Aprender sobre la Historia de Cuba significa, en definitiva, corporizarla, visualizarla, actualizarla; trascender las fronteras físicas del aula, de la escuela y de los textos académicos; y dejar espacio también para lo anecdótico y tangible que hay en ella.

 

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