Todo parece indicar que las justificaciones, las explicaciones
absurdas y las promesas han pasado a formar parte del arsenal con
que cuentan algunos empresarios y cuadros administrativos para salir
del paso, en medio de una coyuntura desfavorable, o para evadir su
cuota de responsabilidad ante un desliz o incumplimiento en el orden
productivo.
Esa
pareciera ser la táctica a seguir por aquellos de cuyas decisiones
depende la buena marcha de la actual campaña lechera en Camagüey,
enmarañada primero por las afectaciones reales de una intensa y
prolongada sequía, y entorpecida ahora por el "fango" de las
chapucerías, el descontrol y la falta de previsión, para chapotear,
una y otra vez, en las mismas insuficiencias.
De otra forma no podría explicarse que transcurriera agosto sin
penas ni glorias, incluso con un decrecimiento respecto a los
volúmenes acopiados en julio, máxime si se tiene en cuenta que el
octavo mes del año es considerado por los especialistas el momento
pico o clímax de toda campaña lechera, imposible de desaprovechar
sin acarrear nefastas consecuencias.
Lo contradictorio es que, hasta esa fecha, se produjeron en la
provincia alrededor de 10 000 nacimientos de terneros más que en
igual periodo del pasado calendario y se reportaron 81 400 vacas en
ordeño, dos cifras que favorecen por sí solas la producción de
leche, de concretarse un desempeño eficiente de los hombres en el
manejo del rebaño.
Problemas materiales y meteorológicos aparte, cuando se va a las
causas de tamaño descalabro, salta a la vista que algunos cuerpos de
dirección empresariales y juntas directivas de cooperativas no
acaban de interiorizar —y de actuar— que es en la vaquería, en la
interrelación directa con los productores, donde se decide el éxito
de la campaña.
¿Cómo entender, entonces, que existan unidades que promedien hoy
la exigua cantidad de dos litros de leche por vaca en ordeño?
Parecería inverosímil, en medio de la primavera, si no fuera una
amarga realidad que constituye un lastre para una provincia de
fuerte tradición ganadera como Camagüey, en cuyas llanuras solía
conocerse bien cómo sacarles provecho a los animales.
Al respecto, llama la atención que se ha acuñado, por repetitiva,
la frase "rutina de ordeño", y se reitera una y otra vez en informes
y análisis sobre el tema, como si se hubiera descubierto de un
tiempo para acá que aunque las condiciones de las casas de vaquerías
sean rústicas, el manejo de la leche en dichos locales es cuestión
de mucha higiene.
Si bien las medidas puestas en vigor para pagar estrictamente
según la calidad del alimento han sido respaldadas de manera
mayoritaria por los productores, algunos, sobre todo aquellos que no
se ajustan a las normas, han asumido posiciones negativas, al
extremo de incumplir las entregas contratadas con el Estado y
desviarlas hacia otros destinos para su comercialización ilegal.
En el quehacer cotidiano por mayores exigencia y control, resulta
inadmisible que en algunos territorios no se acate, por disímiles
motivos, la decisión de verificar mensualmente la calidad de la
leche a todos los proveedores, como son los casos de Najasa,
Florida, Vertientes y Nuevitas, que apenas rebasaron en agosto el 70
% de las muestras a comprobar.
Otro tanto sucede con el aprovechamiento de las capacidades
instaladas para enfriar y conservar la leche en las unidades
productivas o en las rutas de recogida, asunto no resuelto aún si se
tiene en cuenta que quedan a estas alturas equipos sin montar y no
pocos están necesitados de una reubicación para explotarlos mejor de
acuerdo con el flujo diario del acopio.
Lo dicho hasta ahora da fe de que el meollo de la cuestión no hay
que buscarlo en el cielo (que si no llueve, que si el fango da a la
rodilla), como tabla salvadora para enmascarar ineficiencias en el
actuar de los hombres, quienes mucho pueden hacer en cada lugar en
favor del orden y la disciplina, dos atributos que sí suman litros
de leche "contantes y sonantes".
No se trata, por tanto, de acudir a decisiones salomónicas,
encaminadas a cerrar o desactivar cuanta unidad resulte ineficiente,
sin antes agotar todos los esfuerzos posibles para dar solución a
los problemas y revertir, con el concurso de los propios
trabajadores y campesinos, el panorama de descrédito presente en
algunas de ellas por la desacertada gestión económica.
No todo está perdido: para suerte de los ganaderos camagüeyanos,
la naturaleza ha regalado un septiembre pródigo en lluvias, que de
aprovecharse óptimamente en cada una de sus jornadas, podría reducir
o recuperar el atraso acumulado hasta ahora en el acopio y venta al
Estado, única manera de materializar los compromisos contraídos para
la actual campaña lechera.