Pienso que con el arribo al aniversario 50 de un hecho que
pudiera considerarse sin precedentes en la historia de la aviación
civil en Cuba, vale la pena dedicarle un poco más de espacio y decir
algunas cosas que faltaron en ese escrito, porque al hacerlo,
estaríamos recordando un hecho que sirve de ejemplo a la nueva
generación y reconociendo la valiente actitud del escolta
sobreviviente de ese avión, hoy oficial retirado del MININT, pues el
otro escolta rebelde, Silvino Sánchez Almaguer, cayó aquel 9 de
agosto de 1961.
Trabajo en un material titulado "Vuelo nueve cero nueve", basado
precisamente en aquel singular acontecimiento, con el cual pretendo
también honrar al valiente escolta caído y al aniversario 50 del
MININT, con el cual coincide, porque el escolta Jesús Rodríguez
Osorio es precisamente fundador de esa prestigiosa institución de la
que se retiró con los grados de teniente coronel de la Seguridad del
Estado.
Es bueno aclarar que de los 48 pasajeros de ese vuelo, 47 eran
asaltantes, salvo una compañera que trabajaba en la cárcel de Isla
de Pinos y que viajaba como simple pasajera.
El pequeño avión DC-3 de Aerovías Q, que en su vuelo nueve cero
nueve se dirigía de La Habana a Isla de Pinos (hoy Isla de la
Juventud), llevaba a bordo dos escoltas: Silvino Sánchez Almaguer,
de Barajagua, perteneciente al municipio de Cueto, en la actual
provincia de Holguín, que ocupaba su puesto en la parte trasera de
la cabina de pasajeros, es decir, en la cola del avión, y Jesús
Rodríguez Osorio, del barrio de Colorado, perteneciente al pueblo de
Mayarí, de la propia provincia de Holguín, a quien le correspondió
la cabina de los pilotos.
Pero lo más importante del hecho es que, por un problema
instintivo o de recelo, dado que hacía un momento había sido
desviado de su ruta hacia La Habana un avión colombiano, a los pocos
minutos de haber despegado de Rancho Boyeros el pequeño DC-3, a
Jesús se le ocurrió echar un vistazo por la aspillera u ojo mágico
de la puerta que divide la cabina de los pilotos de la de los
pasajeros, y en ese preciso momento observó que una mujer le
entregaba una pistola a un hombre que iba en el asiento contiguo.
Al ver esto, Jesús plegó el asiento en el que iba sentado,
exactamente detrás de los pilotos, y se tiró bocabajo en el piso, al
tiempo que advirtió sentencioso: "Señores, creo que se va a producir
un asalto", lo que le permitió salvar su vida, porque los asaltantes
habían planeado un tiroteo simultáneo: la mitad le dispararía al
escolta de la cola, Silvino Sánchez Almaguer, quien solo tuvo tiempo
de disparar una ráfaga con su metralleta checa antes de caer
mortalmente herido, y la otra al escolta de la cabina, calculando el
lugar exacto donde debía ir sentado, pero cuando trataron de
penetrar a la cabina, dándolo ya por muerto, este los recibió con el
fuego de su metralleta checa, formándose un tiroteo infernal que
agujereó el parabrisas de la cabina donde las balas enemigas pasaban
silbando sobre las cabezas de los pilotos, haciendo insoportable la
estancia en ese reducido espacio del bimotor.
Justo es reconocer la valentía y pureza revolucionaria de ese
escolta que, a pesar de su poca edad (21 años) y de enfrentarse solo
a un numeroso grupo de asaltantes armados y enfurecidos que lo
conminaban a rendirse prometiéndole perdonarle la vida, los mantuvo
a raya con su metralleta checa y, una vez muerto el piloto en el
tiroteo, el capitán Luis Álvarez Regato, sugirió al teniente Alberto
Bayo hacer un aterrizaje forzoso, respondiéndole este que no podía
hacerlo porque si se tiraban con el tren de aterrizaje se mataban, a
lo que ripostó Jesús enérgicamente "que se tirara con el tren o sin
el tren, porque él era el técnico en eso, pero que se tirara ¡porque
este avión no se lo pueden llevar bajo ningún concepto, coño; esa es
la orden que yo tengo!", ripostó mientras seguía disparando con su
metralleta.
Obedeciendo las firmes órdenes del escolta y dándose cuenta de
que era difícil retornar al aeropuerto de Rancho Boyeros en esas
infernales condiciones, Alberto Bayo divisó un terreno arado a lo
lejos, desconectó los magnetos, escondió el tren de aterrizaje y
comenzó a descender, casi rozando un campo de caña, hasta que el
pequeño avión hundió en el terreno arado su barriga metálica, muy
cerca del central Fajardo.
Cuando se inició el tiroteo, Bayo se comunicó inmediatamente con
la torre de control en estos términos: "¡Torre Martí, vuelo nueve
cero nueve! ¡Hay una emergencia, nos quieren robar el avión, hay un
tiroteo!".
Precisamente por esta llamada de emergencia del copiloto, al
aterrizar el avión fue rodeado por milicianos y combatientes que
lograron detener a todos los asaltantes.
Queda claro, pues, como bien expresa la periodista Raquel Marrero
en su escrito, "que este es un pasaje más de la interminable lista
de hechos perpetrados por elementos contrarrevolucionarios"¼ pero
con la singularidad de que el avión patrimonio del pueblo es
defendido por un escolta bajo un infernal tiroteo que se prolongó
por más de veinte minutos.