Desde hace unos días a la derecha del cabezal de nuestro diario
aparece una frase: Donde comienza el deber, termina la amistad.
Una lectura rápida y no reflexiva de esas palabras —utilizadas en
contextos determinados por el liderazgo histórico de la Revolución,
aunque su formulación aparece enraizada en el habla popular no solo
de Cuba, sino también de otros países de la región— pudieran
conducir a un equívoco: la contradicción absoluta y excluyente de
dos conceptos que forman parte de nuestros valores, el deber y la
amistad.
Si se revisa el uso de la frase en su decurso por el imaginario
popular, atendiendo a la caracterización de las relaciones humanas,
advertimos que se apela a ella, precisamente, para resguardar la
esencia de esos valores y no contaminarlos ni falsearlos.
Esa misma intención, en el orden político, nos anima, conscientes
del momento histórico por el que transita nuestra sociedad y ante
los impostergables desafíos que nos presenta el proceso de cambios
que nos conducirá a la renovación y perfeccionamiento de nuestro
modelo socialista de gestión.
Una idea falsa de la amistad ha llevado a unos cuantos a
pervertir ese sentimiento de identidad, afinidad y respeto entre las
personas, y creer que amigo es el que les resuelve problemas y
necesidades del modo más fácil, dándole materiales de la
construcción, combustible, piezas y accesorios bajo su custodia o
administración: o los promueve a posiciones sin el debido mérito
para facilitar el lucro o beneficio personal; o les concede
privilegios o prebendas.
También están los que piensan que corresponden a una relación
amistosa cuando callan, omiten y dejan pasar actitudes y actuaciones
de jefes o subordinados que atentan contra la economía y la
sociedad, llegando incluso a justificar la obsecuencia, y peor aún,
la negligencia y el delito, con aquello de que la amistad se halla
por encima de todo.
El pueblo, con su proverbial sabiduría, ha calificado dichas
prácticas como sociolismo, nunca socialismo.
Tanto en unos como en otros casos, el cumplimiento del deber se
convierte en algo más que letra muerta. Simple y llanamente se le da
un tiro de gracia a un precepto consustancial a la ética
revolucionaria. José Martí, quien tenía un concepto tan elevado de
la amistad que en un artículo publicado en México la calificó como
"el crisol de la vida", fue también lúcidamente radical cuando
escribió: "Vale más vivir sin amigos, que vivir con enemigos".
La amistad no es ni puede ser ajena al sistema de valores éticos
que defendemos, ni en su nombre permitirnos el pésimo lujo de
fomentar la convivencia con el robo, el enriquecimiento ilícito, la
prevaricación y el cohecho. Porque eso equivaldría a legitimar la
corrupción no ya como modus operandi sino como modus
vivendi (modo de vida).Y está dicho claramente: la corrupción es
contrarrevolución.
Ahora y siempre la amistad y el deber tienen que articularse como
valores orgánicamente complementarios, junto a la honradez, la
responsabilidad, la honestidad, la autenticidad, la dignidad, la
modestia, la solidaridad, la sencillez y la entrega.