La amistad y el deber

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

Desde hace unos días a la derecha del cabezal de nuestro diario aparece una frase: Donde comienza el deber, termina la amistad. Una lectura rápida y no reflexiva de esas palabras —utilizadas en contextos determinados por el liderazgo histórico de la Revolución, aunque su formulación aparece enraizada en el habla popular no solo de Cuba, sino también de otros países de la región— pudieran conducir a un equívoco: la contradicción absoluta y excluyente de dos conceptos que forman parte de nuestros valores, el deber y la amistad.

Si se revisa el uso de la frase en su decurso por el imaginario popular, atendiendo a la caracterización de las relaciones humanas, advertimos que se apela a ella, precisamente, para resguardar la esencia de esos valores y no contaminarlos ni falsearlos.

Esa misma intención, en el orden político, nos anima, conscientes del momento histórico por el que transita nuestra sociedad y ante los impostergables desafíos que nos presenta el proceso de cambios que nos conducirá a la renovación y perfeccionamiento de nuestro modelo socialista de gestión.

Una idea falsa de la amistad ha llevado a unos cuantos a pervertir ese sentimiento de identidad, afinidad y respeto entre las personas, y creer que amigo es el que les resuelve problemas y necesidades del modo más fácil, dándole materiales de la construcción, combustible, piezas y accesorios bajo su custodia o administración: o los promueve a posiciones sin el debido mérito para facilitar el lucro o beneficio personal; o les concede privilegios o prebendas.

También están los que piensan que corresponden a una relación amistosa cuando callan, omiten y dejan pasar actitudes y actuaciones de jefes o subordinados que atentan contra la economía y la sociedad, llegando incluso a justificar la obsecuencia, y peor aún, la negligencia y el delito, con aquello de que la amistad se halla por encima de todo.

El pueblo, con su proverbial sabiduría, ha calificado dichas prácticas como sociolismo, nunca socialismo.

Tanto en unos como en otros casos, el cumplimiento del deber se convierte en algo más que letra muerta. Simple y llanamente se le da un tiro de gracia a un precepto consustancial a la ética revolucionaria. José Martí, quien tenía un concepto tan elevado de la amistad que en un artículo publicado en México la calificó como "el crisol de la vida", fue también lúcidamente radical cuando escribió: "Vale más vivir sin amigos, que vivir con enemigos".

La amistad no es ni puede ser ajena al sistema de valores éticos que defendemos, ni en su nombre permitirnos el pésimo lujo de fomentar la convivencia con el robo, el enriquecimiento ilícito, la prevaricación y el cohecho. Porque eso equivaldría a legitimar la corrupción no ya como modus operandi sino como modus vivendi (modo de vida).Y está dicho claramente: la corrupción es contrarrevolución.

Ahora y siempre la amistad y el deber tienen que articularse como valores orgánicamente complementarios, junto a la honradez, la responsabilidad, la honestidad, la autenticidad, la dignidad, la modestia, la solidaridad, la sencillez y la entrega.

 

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