1.
¿Cuál
es la clave que ha hecho de este hombre, este músico, este artista,
este cubano universal de piel negra y brillante y cara redonda y voz
áspera, pequeño de estatura, regordete, con algo o mucho de güije y
chicherekú, una leyenda?
De acuerdo con el poeta Roberto Fernández Retamar, "se recuerda
la primera vez que uno oyó a Bola de Nieve como un cubano recuerda
la primera vez que vio la nieve; como algo natural y misterioso que
daba alegría y, desde luego, un poco de tristeza; que uno sabía que
iba a contar después. Pertenezco a la estirpe feliz de gentes que
han oído a Bola de Nieve".
Lo cierto es que en Nueva York, en un teatro del off off
Broadway se agotan las entradas para ver un espectáculo que
intenta atrapar el mito en la escena; un grupo de amigas suizas se
ponen de acuerdo para colocar los acordes iniciales de su versión de
No puedo ser feliz en el tono de sus teléfonos móviles; un
joven realizador español se lanza a la aventura de reconstruir su
estampa en un documental; un trovador cubano lo imagina todavía
abriendo y cerrando la noche en el Monseigneur.
2.
Ahí están los hitos de su biografía. Ignacio Villa, natural de
Guanabacoa. Fecha de nacimiento: 11 de septiembre de 1911. Familia
humilde, temprano talento musical. Estudios académicos limitados en
el conservatorio Mateu. Por su origen étnico y su entorno familiar,
la meta era ser maestro. Oído despierto para juntar en su
sensibilidad dos tradiciones: los grandes clásicos de la música
occidental y la savia de los cantos y los toques de los cabildos y
solares. Beethoven con Yemayá, Verdi más los rezos a Ochún. El mito
de Sikán en las volutas de las catedrales góticas.
Se
ganó la vida de muchacho tocando piano en las tandas de películas
silentes de los principales cines de la villa. Rita Montaner,
también de Guanabacoa, lo descubre y un buen día le encaja el apodo.
Un negrito gordo de sonrisa reluciente solo puede llamarse Bola de
Nieve. ¿O era que desde antes sus compañeros de adolescencia le
nombraban así? Toca el instrumento en teatros habaneros y mexicanos.
Entra en contacto profesional con Gilberto Valdés y Ernesto Lecuona.
Y canta. No sabe ni él mismo cómo se atreve en México la primera
vez en público. Canta primero para suplir un vacío en el
espectáculo. Y la voz de persona, de pregonero de frutas por las
calles de los suburbios, le sale redonda como su sobrenombre, una
voz visceral e irrepetible.
3.
Se conoce a sí mismo. No pretende emular con Rubinstein ni
Rachmaninoff. Pero lleva por dentro la pulsación precisa, el toque
exacto, los arpegios y acordes que cada intención se merece.
Tampoco pretende colocar la voz como Tita Rufo ni encandilar a
los oyentes con la tersura atenorada del incomparable Enrico Caruso.
Ni siquiera aspira al registro cristalino de Pablo Quevedo para los
sones y boleros.
Lo suyo es decir la canción; ser la canción que canta.
Todo lo transforma a su íntima y enorme medida. En Drume
negrita, de Eliseo Grenet, susurra e increpa desde el cariño al
niño imaginario; su versión de la antológica pieza del mismo
compositor, Ay mamá Inés refulge en cada inflexión sonera; le
presta a Nicolás Guillén la entonación con que el poeta soñó sus
Motivos de son; y pregona El manisero, de Moisés Simmons
con una gracia inimitable.
Voz y piano en los boleros hasta adentrarse en el territorio del
filin. Dos acordes le bastan para construir la atmósfera que le
corresponde al Adiós felicidad, de Ela O’ Farrill; se expande
más allá de la emoción en el Ya no me quieres, de María
Grever: conversa hasta lo indecible el Me contaron de ti, de
René Touzet: y parte el corazón de tanta angustia en el Vete de
mí, de los Hermanos Expósito.
También fue el hombre espectáculo. Por ahí está el artista con
orquesta acompañante, de esmoquin severo y porte de figurín, dómine
de las artes del music hall en el Mesié Julián, que le
dedicó Armando Oréfiche. El brasileño Caetano Veloso, subyugado por
el cubano y ya en trance de armar el repertorio de Fina estampa,
donde incluyó de Oréfiche la mórbida Rumba azul, pensó en
Mesié Julián, pero se arrepintió a tiempo. Comentó al productor
del disco que Bola solo había uno.
Marta Valdés lo escucha una y otra vez en Tú no sospechas.
Y tuvo razón esta también esencial mujer cuando escribió: "Cuando
una canción cristalizaba en una versión de Bola, ya estaba salvada
para la sensibilidad de los demás. Comenzábamos a necesitarla
siempre a su manera, para sentirla renovarse muchas veces dentro de
nosotros, a partir del gesto invariable, de la pausa imprescindible.
Fue así como nos hizo depositarios de su hazaña".
4.
Siempre hay un espacio para Bola al filo de la madrugada, sobre
todo en esos días en que algún gorrión anida en lo más hondo del
pecho. A ese capítulo pertenecen sus obras personales, en las que
fue posible advertirlo, como diría el poeta, diestro en soledades y
esperanzas.
Es un Bola diferente al de Mamá Perfecta, auténtica joya
de su asunción folclórica. Es el Bola que retrata su ansiedad
amatoria en si me pudieras querer, o se abandona doliente en
Ay amor.
5.
Cuando llegó enero de 1959, algunos de sus compañeros se fueron;
él se quedó. Continuó dándole vueltas al mundo en su condición de
embajador de la cultura de los nuevos tiempos de su patria.
Alguna vez, desde otra latitud, le pidieron que se definiera y
respondió: "Soy marxista, fidelista y yoruba". Aunque nadie vio un
texto de Marx en su nutrida biblioteca y sí una foto de la entrada
de los barbudos a La Habana y rente al piso, minúsculo pero
perceptible, una figurilla de Eleguá.
Vísperas de las conmemoraciones aniversarias del 26 de julio
ofreció conciertos personales en el teatro Amadeo Roldán.
6.
Dicen que pasó del sueño a la eternidad en la madrugada del 11 de
octubre de 1971 en la altura fatal de Ciudad de México, de tránsito
hacia Lima, donde debía cantar a Chabuca Granda el inefable pasillo
La flor de la canela.
Dicen que los orichas le soplaron al oído que el viaje era
peligroso por la hipertensión y el comienzo de una diabetes, que le
hiciera caso a los médicos, que para algo diagnostican sobre la base
de la ciencia.
Dicen que a la hora de su muerte una bandada de gaviotas desafió
la noche para conquistar el mar.
Dicen que por las calles de Guanabacoa se dejó escuchar con
empaque lorquiano su Caballero de Olmedo.
7.
¿Cuál es entonces el misterio que ha hecho de este hombre, este
músico, este artista, este cubano universal de piel negra y
brillante y cara redonda y voz áspera, una de las más tremendas y
lúcidas y entrañables leyendas de nuestra identidad? ¿Cómo explicar
el crecimiento incesante de la legión de admiradores entre los que
no lo conocieron, ni escucharon en vivo sus interpretaciones, ni
disfrutaron su risa sideral ni sus lágrimas únicas y hoy le rinden
culto? ¿No será que se siente a Bola instalado en esa dimensión que
algunos llaman nostalgia de futuro?
Definitivamente Bola de Nieve atraviesa las mamparas del tiempo.