Nuestro primer Guiñol en la calle de Villafañe

AMELIA DUARTE DE LA ROSA

Cinco décadas de vida cumplió en este septiembre el Teatro Guiñol Santiago, institución escénica de mayor longevidad dentro del panorama nacional. Fundada por los hermanos Camejo con el nombre primigenio de Teatro Guiñol de Oriente, la agrupación ha cobijado a diversas generaciones de titiriteros y ha ofrecido más de 3 000 funciones, muchas de ellas consideradas antológicas en el teatro latinoamericano para niños.

Promover el rico caudal de nuestra cultura, nacionalidad y orígenes a través de la diversión, la risa y la ludo-enseñanza ha sido, y es, la razón de ser de este conjunto que además, durante medio siglo, ha sustentado su línea estética en los estilos y técnicas de manipulación de los títeres. Numerosos premios y reconocimientos, dentro y fuera del país, dan fe de la dedicación y calidad del trabajo del colectivo teatral que ha legado a nuestra escena las excelentes versiones de Agüé, el pavo real y las guineas reinas, La Muñeca negra, Los Chichiricú de la charca, El Disco del Sol, Bibí, y Papobo, entre otros.

En el devenir del grupo varios han sido los conductores que como Haidé Pérez, Roberto Sánchez, Ana María de Agüero, Ramón Pardo, Orlando Bartelemy y Rafael Meléndez, uno de sus fundadores y actual director, han contribuido al éxito y a la permanencia del Guiñol santiaguero en la preferencia de niños y jóvenes. Precisamente uno de los espectáculos de mayor acogida de la institución —que durante todo el año ha festejado su aniversario con un amplio cronograma de actividades— es La calle de los Fantasmas.

Montada hace diez años, esta versión sobre el texto original del argentino Javier Villafañe se presentó por primera vez en la capital como invitada a la jornada Javier, luz y vida en el retablo, que el Teatro Nacional de Guiñol dedica al gran maestro titiritero y que contó igualmente con la participación de las agrupaciones Guiñol Guantánamo, Los Zahoríes, de Las Tunas, y la institución sede.

La historia de La calle¼ trae la aventura de Juancito y María, dos niños que son acosados por el diablo y un par de fantasmas. Canciones, bailes populares, sorpresas, juegos, burlas y sustos elevan el ritmo de la obra que conecta con los espectadores de todas las edades. Articulada con títeres de piso de manipulación directa y máscaras, esta puesta de Meléndez despliega peculiaridades expresivas que son un deleite.

El mérito lo poseen, en gran medida, los jóvenes actores titiriteros José Manuel Labrada, Liset Díaz, Liorge Reyes y Julio Labrada; pero también la música de Alfredo Mojena y el diseño escénico de Guasch Estiú —quien supo darle belleza y funcionalidad a los muñecos con elementos rústicos— favorecen la interacción comunicativa y el ambiente teatral, divertido y simpático, de la obra.

Esta cuarta generación de actores que hoy protagoniza los espectáculos del Guiñol Santiago aporta frescura y originalidad a la institución que, no por cumplir cincuenta años ha dejado de ser joven en su estilo, renovadora en su propuesta y firme en su vitalidad.

 

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