Cuando
a principios del siglo XIX Ludwig van Beethoven compuso la
Tercera sinfonía, entre la cultura alemana y la japonesa existía
un desconocimiento mutuo prácticamente absoluto. Nada hacía suponer
que dos centurias después, con la acelerada internacionalización de
la vida social, músicos procedentes del archipiélago del Lejano
Oriente —por cierto, en las últimas décadas ha emergido allá una
pléyade de formidables intérpretes de la música académica
occidental— pensaran en el carácter del segundo movimiento de la
sinfonía beethoveniana para honrar la memoria de las víctimas del
peor cataclismo sufrido por esa nación en la era contemporánea, el
terremoto y tsunami que asoló la costa este el 11 de marzo pasado. Y
menos que ese sentido homenaje haya sido compartido por músicos y
público de una isla enclavada en el Mar Caribe.
Iniciativa con nombres propios —el reconocido director Yoshikazu
Fukumura, el embajador y violinista Masuo Nishibayashi y el activo
director general de nuestra institución filarmónica Roberto Chorens—,
el arte se tradujo en emoción el último domingo durante la largada
de la temporada 2011-2012 de la Orquesta Sinfónica Nacional, con
sede provisional en la sala Covarrubias del Teatro Nacional, hasta
que el Amadeo Roldán pueda renacer por tercera vez.
La selección de la Tercera, de Beethoven, no fue fortuita.
El segundo movimiento, marcado con el aire Adagio assai, fue
subtitulado por el genio de Bonn con la indicación marcia funebre.
De manera explícita el compositor, que contaba con motivaciones
ideológicas para acometer la empresa —ya se sabe cómo él mismo
bautizó la sinfonía con el añadido Eroica, pensando que
Napoleón expandiría las libertades de la Revolución Francesa a
Europa, hasta que al observar lo contrario borró al corso de la
dedicatoria—, se trazó un programa para desarrollar la obra, que
incluía el necesario tono elegíaco en el segundo movimiento (tampoco
es fortuita la tonalidad en Do menor), tal como se había puesto de
moda en los tiempos jacobinos, aunque para el público vienés esto
fuera una absoluta y no muy comprendida novedad.
En verdad, esta marcha fúnebre no es la más popularizada. Las
palmas son para la sección central de la Segunda Sonata de
Chopin. Sin embargo, a lo largo del siglo XX en Gran Bretaña fue
usual colocar el adagio como telón de fondo sonoro de las ceremonias
luctuosas y en Estados Unidos cobró notoriedad por acompañar los
funerales de Franklin D. Roosevelt.
Más allá de las consideraciones expuestas, la Tercera, en
su conjunto, sobresale por su hondo impacto sonoro, valor que se
realza cuando en la ejecución se pone garra y sentimiento, como
sucedió con la Sinfónica Nacional, conducida por Fukumura. La
prodigiosa arquitectura interna que sostiene el desarrollo de los
temas en los cuatro movimientos, representativos de la irrupción del
romanticismo en la música centroeuropea, se reveló gracias a la
empatía del conductor japonés con los músicos cubanos.
Antes hubo otro singular momento beethoveniano. El embajador
Nishibayashi, quien desde edad temprana se aplicó en el estudio del
violín y no ha dejado de cultivar el instrumento en medio de sus
responsabilidades diplomáticas, regaló una sensible interpretación
de la Romanza no. 2 para violín y orquesta.
Los analistas de la obra de Beethoven coinciden en que con esta
pieza el compositor ensayó el segundo movimiento de su famoso
Concierto para violín. Su brevedad es inversamente proporcional
a la intensidad melódica y su capacidad de evocación poética. De ahí
que no pocos intérpretes de gran calibre, como David Oistraj y
Yehudi Menuhim hayan seleccionado su ejecución para completar las
referenciales entregas discográficas que han legado del aludido
concierto.