Beethoven desde el Lejano Oriente

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

foto: Yander ZamoraCuando a principios del siglo XIX Ludwig van Beethoven compuso la Tercera sinfonía, entre la cultura alemana y la japonesa existía un desconocimiento mutuo prácticamente absoluto. Nada hacía suponer que dos centurias después, con la acelerada internacionalización de la vida social, músicos procedentes del archipiélago del Lejano Oriente —por cierto, en las últimas décadas ha emergido allá una pléyade de formidables intérpretes de la música académica occidental— pensaran en el carácter del segundo movimiento de la sinfonía beethoveniana para honrar la memoria de las víctimas del peor cataclismo sufrido por esa nación en la era contemporánea, el terremoto y tsunami que asoló la costa este el 11 de marzo pasado. Y menos que ese sentido homenaje haya sido compartido por músicos y público de una isla enclavada en el Mar Caribe.

Iniciativa con nombres propios —el reconocido director Yoshikazu Fukumura, el embajador y violinista Masuo Nishibayashi y el activo director general de nuestra institución filarmónica Roberto Chorens—, el arte se tradujo en emoción el último domingo durante la largada de la temporada 2011-2012 de la Orquesta Sinfónica Nacional, con sede provisional en la sala Covarrubias del Teatro Nacional, hasta que el Amadeo Roldán pueda renacer por tercera vez.

La selección de la Tercera, de Beethoven, no fue fortuita. El segundo movimiento, marcado con el aire Adagio assai, fue subtitulado por el genio de Bonn con la indicación marcia funebre. De manera explícita el compositor, que contaba con motivaciones ideológicas para acometer la empresa —ya se sabe cómo él mismo bautizó la sinfonía con el añadido Eroica, pensando que Napoleón expandiría las libertades de la Revolución Francesa a Europa, hasta que al observar lo contrario borró al corso de la dedicatoria—, se trazó un programa para desarrollar la obra, que incluía el necesario tono elegíaco en el segundo movimiento (tampoco es fortuita la tonalidad en Do menor), tal como se había puesto de moda en los tiempos jacobinos, aunque para el público vienés esto fuera una absoluta y no muy comprendida novedad.

En verdad, esta marcha fúnebre no es la más popularizada. Las palmas son para la sección central de la Segunda Sonata de Chopin. Sin embargo, a lo largo del siglo XX en Gran Bretaña fue usual colocar el adagio como telón de fondo sonoro de las ceremonias luctuosas y en Estados Unidos cobró notoriedad por acompañar los funerales de Franklin D. Roosevelt.

Más allá de las consideraciones expuestas, la Tercera, en su conjunto, sobresale por su hondo impacto sonoro, valor que se realza cuando en la ejecución se pone garra y sentimiento, como sucedió con la Sinfónica Nacional, conducida por Fukumura. La prodigiosa arquitectura interna que sostiene el desarrollo de los temas en los cuatro movimientos, representativos de la irrupción del romanticismo en la música centroeuropea, se reveló gracias a la empatía del conductor japonés con los músicos cubanos.

Antes hubo otro singular momento beethoveniano. El embajador Nishibayashi, quien desde edad temprana se aplicó en el estudio del violín y no ha dejado de cultivar el instrumento en medio de sus responsabilidades diplomáticas, regaló una sensible interpretación de la Romanza no. 2 para violín y orquesta.

Los analistas de la obra de Beethoven coinciden en que con esta pieza el compositor ensayó el segundo movimiento de su famoso Concierto para violín. Su brevedad es inversamente proporcional a la intensidad melódica y su capacidad de evocación poética. De ahí que no pocos intérpretes de gran calibre, como David Oistraj y Yehudi Menuhim hayan seleccionado su ejecución para completar las referenciales entregas discográficas que han legado del aludido concierto.

 

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