No era para menos: durante más de cuatro décadas, bajo cualquier
circunstancia y sin mayores interrupciones, Manuel entregó su sangre
de manera voluntaria en generoso y solidario gesto, que habla de sus
virtudes humanas puestas en función de salvar las vidas de sus
semejantes.
En ese instante lo colmaban emociones encontradas: mientras
compartía la alegría del destacado colectivo por la alta distinción
recibida, sentía a su vez una profunda nostalgia, pues era también
el momento preciso para despedirse como donante al arribar a la edad
límite de 65 años.
"Recuerdo que mi primera donación fue en 1963, en respuesta a la
necesidad de un compañero que tenía a su esposa enferma. Para esa
fecha yo prestaba servicios en las Tropas Radio Técnicas de las FAR
y desde entonces aporté mi sangre como una cosa normal cada tres
meses aproximadamente".
A estas alturas Manuel acumula ya más de 140 donaciones,
incluidas las que efectuara mientras cumplía misión
internacionalista en Etiopía a mediados de los años ochenta:
"Hasta hoy fui donante de la reserva del Banco de Sangre. Como mi
grupo sanguíneo es O negativo, que es realmente muy escaso, cuando
se necesita por determinada urgencia me convocan a cualquier hora
del día o de la noche, y siempre doy mi disposición".
Jubilado del sector del transporte urbano en Camagüey, Manuel
confiesa sentir una enorme satisfacción cada vez que extiende el
brazo para aportar su sangre, consciente de que, con ello,
contribuye modestamente a salvar una vida.
"Yo digo que todo el que pueda hacerlo no debe dudar un segundo
en dar el paso al frente. Como mi caso, se cuentan por miles en el
país. Ese gesto nos hace mejores seres humanos. A veces una simple
transfusión a tiempo basta para evitar la muerte de un enfermo".
"De todas formas, asegura sonriente, ya tengo el relevo
asegurado: mi hijo, Manuel Humberto Enamorado Cárdenas, chofer de
profesión igual que yo, es también donante de sangre. ¿Quiere usted
mayor orgullo?".