Parece ser que en tiempos de crisis de un sistema hegemónico
imperial, donde cada día se afianzan más las contradicciones entre
los dueños del gran capital —o los poseídos por él— y quienes en la
práctica cotidiana lo reproducen, asoman, por los intersticios más
inusitados, fórmulas donde la propiedad socializada y la retribución
equitativa ayudan a romper cadenas.
No resulta raro entonces hurgar en la historia y conocer que,
aunque el principio de aunar el trabajo y compartir sus frutos es
tan antiguo como la comunidad primitiva, las cooperativas modernas
surgieron como reacción a las condiciones de extrema explotación en
las que se desarrollaba la Revolución Industrial en Gran Bretaña, a
finales del siglo XVIII.
En el caso cubano, sin embargo, donde la opresión al proletariado
quedó superada por el triunfo de una Revolución socialista hace más
de medio siglo, la cooperativización surgió como un complemento al
modelo de gestión estatal desde sus albores (las cooperativas de
Crédito y Servicios, en la década del 60).
El artículo 20 de nuestra Constitución expresa que la "propiedad
cooperativa es reconocida por el Estado y constituye una forma
avanzada y eficiente de producción socialista", aunque en el magno
documento queda circunscrita al sector agropecuario.
En los Lineamientos de la Política Económica y Social aprobados
por el Sexto Congreso del Partido, no obstante, se abre la
posibilidad de extender esta experiencia a otros sectores, a partir
de la integración, según el lineamiento 25, de "personas que se
asocian aportando bienes o trabajo, con la finalidad de producir y
prestar servicios útiles a la sociedad".
Para entender la voluntad de ampliar a diversas esferas este
modelo de gestión económica, prendido en el imaginario cubano al
terreno de lo agrícola, se hace necesario conocer un poco más las
esencias del cooperativismo.
La cooperativa, sin descuidar la rentabilidad, pone en el centro
de su diana la satisfacción de necesidades de sus miembros, sus
familias y la comunidad. El impacto social está tan imbricado a su
razón de ser como la actividad económica. Por ello también son
reconocidas mundialmente como "formas de la economía solidaria".
De acuerdo con la Alianza Cooperativa Internacional, se define
como una asociación autónoma de personas que se han unido en forma
voluntaria para satisfacer en común sus necesidades y aspiraciones
económicas, sociales y culturales, a partir de la propiedad conjunta
y la administración democrática.
Se trata de una asociación de personas y no de capitales, y en
consecuencia, sin importar el valor de lo que haya aportado cada
quien, se comparte equitativamente la responsabilidad de las
decisiones y el derecho a las retribuciones.
Con más de 30 años dedicados al estudio del tema, el doctor
Claudio Alberto Rivera Rodríguez, presidente de la Red
Latinoamericana de Cooperativismo, y director del Centro de Estudios
sobre Desarrollo Cooperativo y Comunitario, de la Universidad de
Pinar del Río, afirma que queda mucho por aprender de esta otra
"forma de propiedad social socialista".
Tanto es así, que resulta inevitable la sensación de paradoja al
conocer que nuestra producción científica y reconocimiento
internacional en esta materia, nos ha permitido desde hace algún
tiempo asesorar procesos de cooperativización en países del área,
según explica el especialista en intercambio a Granma.
Entre los beneficios que para el caso cubano él identifica en
este modelo de gestión, está la posibilidad de acción que en las
cooperativas encuentran las organizaciones políticas y de masas;
mayores ingresos al presupuesto con disminución de gastos; elevación
de los niveles de eficiencia y eficacia al existir una relación más
directa entre el trabajo y la ganancia.
Además, reordenamiento de los servicios y la producción y mejoría
de los niveles de calidad de vida de sus miembros y la comunidad
(pues como regla general proporciona empleo, aumenta en cantidad y
calidad las ofertas, abarata costos de producción y por lo tanto
permite disminuir el precio de comercialización).
El máster en Ciencias Joaquín Remedios, presidente de la filial
de la Asociación Nacional de Economistas y Contadores de Cuba (ANEC)
en la más occidental de las provincias cubanas, destaca también cómo
en ellas tiende a reforzarse el control, al estar más arraigado el
sentido de pertenencia. No obstante, apunta que para lograr que
fructifique en nuestro país la creación de cooperativas en otros
sectores de la economía, no debe desestimarse la experiencia de las
ya existentes en el marco agropecuario, donde afloran ejemplos muy
positivos, pero también ineficiencias por salvar.
Dentro de los elementos imprescindibles a analizar a la hora de
pensar en crear una cooperativa, Rivera Rodríguez enfatiza en su
tipología y rama, si será de producción (por ejemplo de materiales
de construcción), servicios (como pueden ser gastronómicos, de
transporte) o trabajo asociado (donde quizás personas con varios
oficios conformaran una cooperativa de mantenimiento integral a la
vivienda).
También tiene que nacer, recalca, con claridad en sus estatutos y
reglamentos, definir sus mecanismos particulares de contabilidad,
modelar cómo serán sus relaciones con instituciones estatales...
No menos importancia le concede al proceso de asesoramiento y
capacitación general.
En este punto insiste la doctora Odalys Labrador Machín,
subdirectora del mencionado centro de estudios de la Universidad
vueltabajera y vicepresidenta de la Sociedad Cubana de
Cooperativismo, adscrita a la ANEC. A su entender, debe prestarse la
misma seriedad a la formación en los valores y principios del
cooperativismo como a la especialización técnica en la actividad a
desarrollar.
Con el estímulo de hallar dentro del proyecto de actualización
del modelo económico cubano el objeto de sus tantos desvelos, estos
especialistas concuerdan en que, al poner en primer plano el
principio de propiedad colectiva, el cooperativismo es, para las
economías mercantiles, una alternativa contrahegemónica, y en el
terreno nacional, una vía para el desarrollo de nuestra sociedad
socialista.