A lo largo de la historia las normas de conducta las señalaban
las religiones. Los dioses y sus oráculos indicaban a los humanos lo
cierto y lo erróneo, el bien y el mal. Se forjó el concepto de
pecado: todo aquello que va contra la voluntad divina. Y se inyectó
en el corazón y en la conciencia de los humanos el sentimiento de
culpa.
Cada comunidad debía consultar a los cielos qué procedimiento
convenía, y acatar las normas éticas dictadas por los dioses.
Sócrates (469-399 a.C.) también hizo el camino del Olimpo en espera
de los dictámenes éticos de las divinidades que allí habitaban. Fue
en vano. El Olimpo griego era una jaula, en la que imperaba un
completo libertinaje.
Luego llegó la hora de la razón. Y la mala suerte de Sócrates:
por buscar fundamentos éticos en la razón fue acusado de hereje y
condenado a muerte por envenenamiento.
A pesar de la herencia filosófica socrática contenida en las
obras de Platón y Aristóteles, en el Occidente la hegemonía
cristiana insertó la ética en el concepto de pecado.
Con el anuncio de la carencia de la modernidad y la exacerbación
de la razón, el Occidente, a partir del siglo XIX, relativizó la
noción de pecado. Incluso entre cristianos, inspirados por una idea
menos juridicista de Dios y más amorosa y misericordiosa.
Hoy nos encontramos en el tercer margen del río¼
Dejamos la orilla en que predominaba el pecado y todavía no
alcanzamos la de la ética. En ese limbo reina la más descarada
corrupción. El hombre se ha convertido en lobo para el hombre.
Es urgente llegar cuanto antes al otro margen del río. De ahí
tanta insistencia en el tema de la ética. Las empresas crean códigos
de ética. Los gobiernos instituyen comisiones de ética pública, las
escuelas promueven debates sobre el asunto.
Basta con mirar alrededor para percibir el deterioro ético de la
sociedad: un presidente galardonado con el Nobel de la Paz promueve
guerras; niños que practican bullying en las escuelas;
estudiantes que agreden y hasta asesinan a profesores; políticos que
se apropian descaradamente de recursos públicos; producciones de
entretenimiento para cine y televisión que banalizan el sexo y la
violencia.
Ya que no se puede esperar ética en todos los políticos o ética
en la política, es necesario instaurar la ética de la política.
Introducir en la reforma política mecanismos, como la Ficha Limpia,
que impida a los corruptos y bandidos presentarse como candidatos.
Establecer mecanismos de riguroso control y eventual castigo (como
la revocación de sus mandatos) de todos los que ocupan el poder
político, de tal modo que los corruptos en potencia se sientan
inhibidos ante la ausencia de impunidad.
"Todo lo puedo, pero no todo me conviene", escribió el apóstol
Pablo en la primera carta a los corintios (6,12). Este parámetro
indica que la ética implica tolerancia, respeto a los valores del
otro, y evita causar trastornos en la convivencia social.
El fundamento de la ética es el amor. En él es que san Pablo "lo
podía todo". "Ama y haz lo que quieras", dijo san Agustín tres
siglos después del apóstol. (Tomado de Adital)