Uno sabe que la campaña presidencial ha empezado cuando se
intensifican dos cosas: los resquemores y gritos de los republicanos
sobre los "ilegales" (horroroso calificativo para los inmigrantes
sin estatus migratorio, pero así los llaman ellos) y las promesas de
los demócratas respecto a cómo resolver lo mismo. Bienvenidos a la
lucha por la Presidencia 2012.
Las elecciones no son hasta noviembre del año que viene y parece
que hace apenas meses que Barack Obama juró la presidencia, pero
aquí estamos de nuevo comenzando un proceso que probablemente sea
más desgastante que inspirador. No habrá, de eso estoy segura, la
esperanza de cambio que se vivió en el 2008 por la improbable
campaña de Obama, el hijo de un keniano y de una estadounidense, un
hombre más hábil para hacer bellos discursos que para solucionar los
problemas que asumió al ganar la presidencia. Ahora ya vemos las
cosas como son: difíciles, aunque no se pierda la esperanza, ya
quedó claro que de esta crisis no se saldrá de la noche a la mañana.
Será un proceso largo y aún está en veremos el resultado final,
puesto que aún no se han solucionado muchos de los problemas
pendientes.
Si bien es cierto que cualquiera se hubiera visto sobrepasado por
la difícil situación económica del país y todo lo que ella implica,
también lo es que Obama generó toda la expectativa del mundo al
grabarnos en la mente ese "Change" (Cambio) y ese "Hope"
(Esperanza) de su eslogan. El otro día me encontré discutiendo con
una amiga, fanática demócrata, que me decía que "él no tiene la
culpa de las altas expectativas". Mi respuesta es que los
candidatos, para ganar, prometen hasta lo que no tienen y pueden.
Así es la política. Luego, los que nos quedamos vestidos y
alborotados somos los que pensamos que todo, esta vez, iba a ser
diferente. Claro que tiene la culpa. Y nosotros también.
Ahora tenemos que ir a este proceso con los ojos abiertos. Lo que
viene no es fácil y no se resuelve con una elección ni con dos. La
situación económica que vive Estados Unidos no ocurrió de la noche a
la mañana. Lo peor probablemente no ha pasado. Lo que mantiene
hundida a la economía —por mucho que haya mejorado ligeramente— es
que aún hay millones de propiedades devaluadas en manos de agobiados
propietarios, unos están camino al embargo, otros han comenzado a
retrasarse en sus pagos. Este año, hace cinco que el mercado de la
burbuja inmobiliaria llegó a su nivel más alto: en el 2006 vimos el
tope de la burbuja y de ahí comenzó a bajar. Este año, muchas
famosas hipotecas de cinco años "solo interés" comienzan a verse en
problemas. La pesadilla aún no termina.
Espero que este año que viene seamos más cautos con nuestro voto.
Que participemos más, cuestionemos más pero regalemos menos.
Esperemos menos pero exijamos más. Así nos irá mejor. (Tomado de
La Opinión, de Los Angeles)