Así,
la mentira maldita, se titula una de las grandes películas sobre
periodismo, dirigida por el británico Alexander Mackendrick en 1957.
Mentira maldita, es cuanto se vomita la sentina planetaria
mediática, desde altares controlados por poderosos conglomerados de
poder o familias oligárquicas dueños del monopolio de la palabra, al
servicio absoluto de las ideologías imperiales.
Tremebundas falacias recreadas por autores de ciencia-ficción se
hacen realidad en la prensa occidental de hoy.
Esa dictadura beatifica las matanzas imperiales, obnubila los
sentidos receptores del lector/espectador/oyente y sataniza las
diferencias de ideología, credos, modelos de pensamiento. La
"veracidad" de los hechos queda establecida a partir del goebbeliano
sistema de la repetición; sin vía a la opinión alternativa ni al
contraste de fuentes.
Los comités de prensa del Pentágono, los voceros de la Casa
Blanca o los caudillos de la OTAN emiten sus briefings. Lo
más fácil, redituable y político es clonar tales comunicados a
través de infinidad de órganos, propiedad de unos pocos emporios.
Así, prosiguen lo comenzado antes de las contiendas bélicas, cuando
la industria de la mentira participa activamente en la articulación
de las campañas de propaganda.
En la enajenación mental, adoctrinamiento, manipulación y engaño
de la gente durante tales "cargas previas" a las intervenciones,
participan especialistas militares, psicólogos, psiquiatras, tanques
pensantes, académicos contratados por sueldos fabulosos. El
reportero se limita a consignar su firma.
Como aseverase públicamente William Colby, exdirector de la
agencia, "La CIA controla a todos los que son importantes en los
medios de comunicación".
Los modos de penetración ideológica y cultural quedaron bien
definidos desde el plan Santa Fe II, del gobierno de Ronald Reagan.
La prensa a la vanguardia.
Cuando Bill Clinton ordenó la agresión a Yugoslavia los misiles
se lanzaron desde las plataformas y desde los medios. Así, de
siempre, opera esto. Al modus operandi se refirió en fecha
reciente el intelectual cubano Enrique Ubieta en su artículo Los
buques, las noticias y los gobernantes: "Las
corporaciones mediáticas bombardean a las naciones enemigas como los
buques de guerra. Sitian una ciudad, un país, y lanzan sus misiles
en ciclos de mayor o menor intensidad. Apoyan a los buques, los
anteceden, porque los militares solo desembarcan si los
lectores-espectadores han sido convencidos de lo malo que son los
que deben morir. Las naciones enemigas son aquellas que no acatan
las leyes que imponen los dueños de las trasnacionales que fabrican
los buques de guerra y financian los medios de desinformación (¼
)".
Descontextualización, tramoya, desinformación, difamación,
sobredimensionamiento de hechos, silencio total sobre todo cuanto
signifique punto a favor del enemigo, referencias sesgadas e
intoxicación permanente representan solo algunos de los resortes
manejados para elaborar leyendas negras y demonizar a naciones con
posiciones ideológicas contrarias al discurso hegemónico.
Lo siniestro hoy resulta asumido en tanto espectáculo, de manera
que los grandes medios occidentales más que proporcionar noticias
legítimas solo tienden a ejecutar performances,
representaciones ficticias. Cuando los reporteros quieren decir la
verdad sin cortapisas le cierran el acceso, como sucedió durante el
desastre de British Petroleum en el Golfo de México.
Verdad, pluralidad, objetividad, neutralidad, responsabilidad,
justicia —los grandes valores del oficio—, no pasan en tales
escenarios de mera entelequia.
Ejemplos sobran cada año. Uno reciente fue el de Octavia Nasr,
editora en jefe de CNN para el Medio Oriente durante dos décadas
exactas, despedida por la cadena a raíz de un mensaje en Twitter
donde manifestó su respeto por el clérigo libanés, Gran Ayatolá
Muhammad Hussein Fadlallah, fallecido en julio del 2010. Lo hizo a
través de la red social, en su cuenta privada; ni siquiera por la
voz del "líder mundial de noticias".
"Libertad de prensa" es quizá uno de los engaños más flagrantes
de la sociedad occidental. Ya tan temprano como en 1980 (el tinglado
mediático mutó ostensiblemente de entonces a acá) el periodista de
The New York Times, John Swinton, reflexionaba, citado en Labor’s
Untold Store, de Richard O. Boyer y Herbert M. Morais: "En
Estados Unidos, actualmente, no existe prensa libre e independiente.
Ustedes lo saben tan bien como yo. Ni uno solo de entre ustedes se
atreve a escribir sus opiniones honradas, y saben muy bien que si lo
hicieran no se publicarían.
"Me pagan un sueldo para que no publique mis opiniones, y todos
sabemos que si osáramos hacerlo nos encontraríamos en la calle de
inmediato. La labor del periodista es la destrucción de la verdad,
la mentira flagrante, la perversión de los hechos y la manipulación
de la opinión al servicio de las potencias económicas. Somos
herramientas obedientes de los ricos y poderosos que mueven los
hilos entre bastidores. Nuestros talentos, nuestras capacidades y
nuestras vidas pertenecen a esos hombres. Somos prostitutas del
intelecto. Todo esto, ¡ustedes lo saben tan bien como yo!".