Hoy Eisenhower habría dejado la referencia al Congreso en su
discurso. Y es que por fin el Congreso estadounidense ha declarado
abiertamente una guerra contra el pueblo de ese país, obedeciendo
los designios del 5 % más rico de su población. Aunque, pensándolo
bien, la guerra comenzó hace mucho.
El fetichismo reaccionario ha logrado imponer como verdad la idea
de que la causa del descalabro fiscal en Estados Unidos está en los
programas sociales, en especial el sistema de seguridad social. Ha
conseguido que el pueblo estadounidense considere que los
derechohabientes del seguro social sean considerados parásitos
sociales, a pesar de que una parte importante de sus prestaciones
está cubierta con sus contribuciones a lo largo de su vida laboral.
Eso no importa: la ideología reaccionaria insiste en que los
pensionados son como sanguijuelas que consumieron más de lo que
podían pagar y dejaron de ahorrar para enfrentar su vejez. Esa es la
más grande mentira que el pueblo estadounidense ha terminado por
aceptar.
La realidad es que el sistema de seguridad social en Estados
Unidos siempre se ha mantenido con superávit. El seguro social se
alimenta con recursos provenientes del impuesto FICA que es pagado
directamente por los trabajadores estadounidenses. Si se consultan
las cifras oficiales (www.socialsecurity.gov) se puede
comprobar que entre 1984 y el 2009 los derechohabientes pagaron dos
millones de millones de dólares al seguro social y al programa
Medicare por arriba de lo que recibieron como prestaciones.
Dependiendo de los supuestos sobre evolución demográfica, empleo y
crecimiento del PIB, así como el nivel del impuesto sobre nómina
(15,3 % en la actualidad), el seguro social estadounidense
permanecerá con números negros hasta el 2025 o el 2035.
¿De dónde provenían esos recursos? En 1983 Reagan nombró a
Greenspan presidente de una comisión para la reforma del seguro
social. Esa comisión recomendó un incremento del impuesto sobre
nómina que generó enorme superávit. Pero esos recursos no se
mantuvieron en el fideicomiso especial del seguro social, sino que
fueron desviados al fondo de ingresos generales. A cambio solo
quedaron pagarés inservibles del tesoro. Atención: no son bonos del
Tesoro, son simples pagarés carentes de valor.
Es decir, el seguro social no contribuye al déficit, sino que ha
subsidiado constantemente al gobierno federal y ese subsidio ha sido
superior a los dos billones de dólares antes mencionados. Si el
gobierno no hubiera usado esos recursos habría tenido que aumentar
su endeudamiento, lo que habría implicado mayor carga financiera. El
cálculo oficial indica que se habrían erogado otros 800 000 millones
de dólares por el peso de la deuda si el gobierno no hubiera usado
los recursos del fondo del seguro social.
En pleno debate sobre el techo de endeudamiento, el presidente
Obama indicó que si no se llegaba a un acuerdo sería imposible
garantizar que los cheques del seguro social fueran pagados a los
derechohabientes. ¿Cómo es que no había dinero para pagar esos
cheques si el seguro social tiene en teoría un superávit? La
realidad es que ese fondo solo contiene los pagarés que el Tesoro
estadounidense ha entregado al seguro social a cambio de los
recursos que se han captado por las cotizaciones individuales
retenidas como impuesto.
En otras palabras, el superávit del fondo del seguro social ha
sido saqueado para cubrir el costo de mantener bajos los impuestos a
los ricos, para pagar el costo creciente de las aventuras militares
imperiales y, más recientemente, para pagar los astronómicos
rescates para el sector financiero.
En otras palabras, los recursos del seguro social fueron objeto
de un desfalco, de una gigantesca malversación de fondos mientras el
pueblo de Estados Unidos veía televisión y rendía homenaje a sus
héroes caídos en guerras sobre las provincias más lejanas del
imperio. A Obama le tocó la explosión de esta bomba de tiempo
sembrada en 1983. En lugar de denunciarla, ha preferido abrazarla.
La reacción en el Congreso no ha titubeado y aprovechó bien la
oportunidad para comenzar a desmantelar el seguro social. Es una
forma de enterrar el problema.
Dicen que las guerras tienen la ventaja de quitar las máscaras.
Así se conoce al enemigo, porque en la batalla lo que importa son
las acciones, no las palabras. Ahora el saqueo del siglo ha quedado
al descubierto. (Tomado de la revista Sin Permiso)