"¿Usted ve aquel poblado? Aquí cayeron los techos de varias de
sus viviendas", dice el campesino mientras apunta con el dedo hacia
Fierro, a más de dos kilómetros de distancia.
Y luego, para continuar ofreciendo imágenes de la magnitud de la
destrucción, añade que las matas de guayaba que rodeaban su casa
fueron arrancadas de cuajo y lanzadas a 500 metros.
Hasta entonces, Casañas sobresalía por la actividad apícola, con
entregas de miel que llegaron a superar las 62 toneladas anuales,
pero los enormes estragos causados por los huracanes a la
vegetación, un elemento indispensable para el trabajo de las abejas,
lo obligó a explorar nuevos horizontes.
El resultado: más de 1 000 toneladas de alimentos (20 000
quintales) aportados en el 2010, a partir de las plantaciones de
plátano, fruta bomba, piña, frijoles, tomate, maíz y mango. Una
cifra que, todo indica hasta ahora, superará este año con la
incorporación de una hectárea de uva.
Situada en el municipio de Los Palacios, muy próxima a los
límites con la provincia de Artemisa, la finca de Casañas no solo
resalta por la magnitud de sus producciones, sino por una eficaz
estrategia de intercalamiento, dirigida a fomentar las áreas de
frutales sin tener que esperar varios años para sacar provecho de la
tierra.
O sea, que miles de posturas de mango, aguacate y mamey crecen
entre los sembrados de cultivos varios.
"Muchos campesinos perdieron el interés por el desarrollo de los
frutales, porque los resultados demoran en percibirse, pero de esta
manera, mientras crece la arboleda, el suelo sigue generando
alimentos", asegura el destacado productor de 68 años, quien
considera que la práctica es algo así como asegurar su "chequera de
jubilación", pues sería la manera de continuar obteniendo riquezas
de su tierra cuando las condiciones físicas ya no le permitan llevar
a cabo las labores que hoy realiza guataca o machete en mano.
Siguiendo el mismo principio de sacarle el máximo al suelo, en
tres caballerías incorporadas en usufructo mediante el Decreto-Ley
259, Casañas ha logrado además de-sarrollar la ganadería, de la cual
ha entregado 90 toros, cebados con un peso promedio de 430
kilogramos, al tiempo que extrae diariamente más de 100 litros de
leche.
El secreto: tener plantado dos tercios de la tierra con caña y
kingrass, con el propósito de asegurar la alimentación de los
animales.
"Gracias a eso, este año no perdimos ninguno a causa de la
intensa sequía", afirma.
"Hay quienes piden grandes extensiones para luego tener cuatro
vacas, porque no se ocupan de la tierra, no siembran pastos y a
veces, ni chapean el marabú."
En contraste, las reses de Casañas se hallan prácticamente
estabuladas en un área cubierta, en su inmensa mayoría de forraje.
"Así nos aseguramos de que la comida para el ganado no falte, aun
cuando haya sequía", explica el destacado productor, ejemplo de una
laboriosa familia que ha seguido sus pasos.
Situada en una zona donde escasea la fuerza de trabajo disponible
para el campo, la finca se sustenta fundamentalmente con el esfuerzo
familiar: tres hijos con sus respectivas esposas, un hermano, un
sobrino y dos nietos. Solo eventualmente contratan algunos obreros.
"Esa es mi mayor satisfacción, porque vivimos en un país cuyo
principal recurso es la tierra", sostiene el destacado campesino,
sin rencores con la naturaleza que en el 2008 le jugó una mala
pasada.
Por ello advierte con orgullo que "quienes nos visiten hoy no
notarán ninguna señal del paso de los huracanes, y si regresan el
año próximo, hallarán una finca todavía mejor".