No
es nada extraño ir a conciertos en que sus presentadores se viertan
con prodigalidad en un río de adjetivos para anunciarlos como
grandes acontecimientos del firmamento musical y después la realidad
dice otra "cosa". Por eso, tal vez, algunos no se hayan dejado
capturar al inicio por la magia de Alexis Díaz Pimienta cuando
avizoró como un espectáculo inolvidable el del cantautor español
Javier Ruibal y el cubano Luis Alberto Barbería en el teatro del
Museo Nacional de Bellas Artes. Pero nada más subir al escenario
certificaron que las palabras del autor de Prisionero del agua
no solo tenían un fuerte asidero en la realidad, sino que
constituyeron las primeras chispas de una historia que imantó
durante más de tres horas a los asistentes a la instalación.
Barbería y Ruibal desembarcaron en Bellas Artes tras recorrer,
por casi dos semanas, distintas provincias de la isla. Para la
última estación del trayecto, realizado bajo el nombre de
Descarga de ida y vuelta, diseñaron un cálido e intenso
repertorio en el que se hicieron acompañar por las bailarinas Lucía
Ruibal y Remedios Jover, y el guitarrista Nam Sam Fong, un programa
con el que extendieron al público la llave de entrada a sus
particulares universos sonoros, definidos con líneas maestras por
una manera de entender el arte que se lleva por delante todo lo que
no huela a autenticidad y respeto por su propia identidad cultural y
la de sus orígenes.
Es casi un pecado de lesa cultura que los temas de Ruibal no se
conozcan entre nosotros como dios y la canción de autor mandan. El
artista gaditano, un gran exponente del nuevo flamenco, ha esculpido
desde la noche de los tiempos una obra con fundamento que mantiene
una sincronía profunda con la tierra que late bajo sus pies, y en la
que aparece un disco mayor como es el álbum Contrabando.
Ruibal canta a las pasiones más arrolladoras del ser humano y se
compromete cuando siente necesidad de hacerlo, al retratar las
impurezas del mundo que lo rodea con una particular técnica de
seducción no exenta de humor e ironía. Es un trovador "duro" que
nunca se ha creído el cuento de la popularidad como indicador del
éxito, sino que descubrió su propio paraíso personal en el diseño de
canciones que solo responden a su íntima filosofía artística,
alejada por completo de los espejismos artificiales del mercado y de
las modas de ocasión, lo que explica de cierta forma que los grandes
medios no irradien sistemáticamente su obra.
La esplendorosa riqueza de su estilo, bañado por las aguas del
Caribe, los ritmos del flamenco, la música sefardí y las atmósferas
magrebíes, atravesó de una punta a otra el repertorio que bosquejó
para su nueva aventura cubana, en el que se asomaron auténticas
gemas como El náufrago del Sahara (dedicado a las luchas del
pueblo saharaui por su independencia), La reina de África,
Por tu amor me duele el aire (basado en versos de Federico
García Lorca) y Habana mía, un personalísimo retrato de la
capital cubana esbozado con cuidado durante sus viajes a la isla.
Barbería, por su lado, enseñó la mejor versión de sí mismo que
apareció sobre el escenario, cuando puso a hervir a sus seguidores
con un set de infarto en que desplegó todos sus poderes como
showman, poderes en los que ocupa un puesto de honor su
increíble ingenio para reproducir con la voz un sinfín de
instrumentos de percusión. Algo que dejó con el alma en un puño a un
buen número de los espectadores que no pudieron quitarle la vista de
encima durante su actuación, en la que no faltaron clásicos de su
repertorio como Soy cubano, Me encantas, y el
ineludible Rockotocompás. Los músicos se permitieron otros
instantes de gloria que elevaron el termómetro de gratificación
entre los espectadores. Especialmente cuando subieron al escenario
los trovadores Roly Berrío y Santiago Feliú. Para terminar el
concierto, que pasó por una sucesión de otros grandes momentos más
que reseñables, (casi) todos se juntaron para cantar Isla mujeres,
del autor gaditano, quien junto a Barbería disfrutaba ya el cierre
de esta inolvidable e inspiradora Descarga de ida y vuelta
con la intensidad de un sueño recién cumplido.