Un sueño de arte en el Moncada

VIRGINIA ALBERDI BENÍTEZ

Los elementos que enriquecen el imaginario de una de las más reconocidas figuras cubanas en el arte contemporáneo, Alexis Leyva Machado, Kcho, se exponen este verano en Santiago de Cuba.

Es una muestra cargada de simbolismo: el espacio donde se expanden sus creaciones es el antiguo Cuartel Moncada, la Ciudad Escolar 26 de Julio. La inauguración, vísperas de la conmemoración del aniversario 58 del asalto a la fortaleza militar por los jóvenes de la Generación del Centenario liderada por Fidel Castro, es la primera de carácter personal que el artista lleva a la heroica ciudad. En palabras dichas a los presentes en el acto inaugural, que contó con la presencia de Lázaro Expósito, miembro del Comité Central y primer secretario del Partido en Santiago, Kcho afirmó que este era tan solo un mínimo y agradecido gesto de gratitud a la grandeza de los jóvenes que abonaron con su sangre el camino hacia la libertad, hacia "lo que tantos como yo hemos podido ser", y recordó una memorable jornada en la que el Comandante de la Revolución Juan Almeida le contó en ese mismo escenario detalles de la épica gesta.

El artista llega a Santiago con una obra indiscutiblemente sólida, aventurada y propositiva, en la que cobra vuelo una poética acrisolada por el talento y la expresión, reunida allí bajo el título Anclado por un sueño.

Habitualmente se suele identificar a Kcho como el escultor e "inventor" de imaginativas y osadas instalaciones. Se suele también poner énfasis en lo que parece más evidente de su obra, su obsesión por el tema de las migraciones que corre paralela con su ansiedad por levantar columnas infinitas, cual émulo del legendario constructivista ruso Tatlin.

No falta razón a quienes identifiquen a Kcho con esos temas. Las migraciones humanas, largamente enraizadas en la historia de nuestro género, alcanzan proporciones inusitadas, en su mayoría trágicas, en el mundo que vivimos. Duele saber cómo en estos mismos momentos de hondas conmociones y arrebatos imperiales en el norte de África, están arribando cientos de inmigrantes a las costas e islas que rodean la península itálica y que algunos gobiernos de la culta Europa se aprestan a arreciar la represión contra personas desplazadas por la guerra.

Pero la obra de Kcho relacionada con las migraciones no se circunscribe a la recreación de elementos episódicos. Su alcance va más allá, para sembrar en el espectador la idea de un movimiento perpetuo con sus connotaciones antropológicas y simbólicas. Las barcas, los remos, los girones de naufragios, las balsas y cuanto artilugio para la navegación empleados en sus imágenes poetizan de manera dramática un destino humano.

Al mismo tiempo, otro tipo de desplazamiento se advierte en su obra: el de conquistar las alturas. Mito sembrado en la mente más antigua de los hombres se halla el desafío de la gravedad, Ícaro tratando de alcanzar lo alto quemó sus alas. Tatlin fue un ícaro moderno, al sostener la improbable idea de elevar una construcción que lanzara una espiral hacia las nubes. A fin de cuentas todo ello habla metafóricamente de la posibilidad de la utopía, y en esencia todo artista verdadero, como lo es Kcho, aspìra a que la Utopía deje de ser sueño para convertirse en realidad.

¿Y qué realidades más elocuentes estas que se nutren de la madera, el papel, la piedra? Permítaseme insistir en lo muy estimulante que debe ser para quienes aprecien esta muestra los tránsitos entre el dibujo y el grabado y la realización escultórica o instalativa. En la superficie plana, Kcho vuelve a revelarse con tanto oficio y calado como en sus propuestas tridimensionales.

No es cosa de azares: en el paisaje artístico de esta época, Kcho cuenta y pesa.

 

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