Un cuadro

La Gioconda, nadie es perfecto

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu

Llevo bastante tiempo escribiendo de La Gioconda, o Mona Lisa, como más guste, y una vieja reproducción a gran escala de la obra maestra de Leonardo se amarillenta desde hace años en la sala de la casa, sin que nadie pueda convencerme de descolgarla.

En días de cansancio, sentarme frente al cuadro de esta enigmática mujer con cinco siglos de edad, e intercambiar miradas, es un eficaz bálsamo para el sosiego.

No trato de descubrirle nada. Ni en la mirada, ni en la sonrisa, ni en el reposado cruce de la mano derecha sobre la izquierda; simplemente contemplarla con la certidumbre de que la dama asomada al marco de la pared lo sabe todo y calla.

A cada rato aparecen informaciones novedosas, o recicladas, o altamente especulativas sobre ella y las (o los) posibles modelos que sirvieron de inspiración (¿acaso el propio Leonardo?), y las dejo pasar, porque el apego al cuadro no puede convertirse en un pretexto para tenerlo siempre en letras de imprenta.

Sin embargo, un documento dado a conocer por una entidad tan seria como el Comité Nacional para la valorización de bienes histórico-culturales de Italia ha hecho que, después de leerlo, tome asiento un buen rato delante de La Gioconda, esta vez sí, tratando de desentrañarle sonrisa, mirada y facciones.

Asegura el documento de marras que el retrato de La Gioconda está inspirado en el amante de Leonardo Da Vinci, Gian Giacomo Caprotti, llamado Il Salai. Los primeros rasgos, sin embargo, provienen de la joven florentina Lisa Gherardini, de ahí que las letras L.S. escondidas en las pupilas del retrato serían las iniciales de ambos.

Según Silvano Vincetti, presidente del Comité Nacional, está probado históricamente que Il Salai "mantenía relaciones ambiguas con Da Vinci" y que el rostro del joven, con rasgos femeninos, se aprecia en otras obras del gran Leonardo.

Vincetti y la entidad histórica que él preside no tienen duda de que La Gioconda, concebida por un Leonardo cincuentón, es el testamento del artista, "quien quiso transmitir en el cuadro el pensamiento de toda su vida", de ahí que Mona Lisa cobró la sonrisa que la define solo en la última versión del cuadro (y aquí habría que recordar que ya en 1954, estudios realizados por expertos en el Museo del Louvre demostraron que, debajo de la actual sonrisa, aparecía una expresión entre seria y melancólica, la cual fue corregida por el pintor).

Lo que ahora parece ser la última y definitiva tesis de una vieja discusión, se reafirma en el hecho de que al compararse La Gioconda con otras pinturas de Leonardo, como el Ángel encarnado y La Monna Vanna, se aprecia un parecido con Il Salai, quien sí está representado, tal como era, en San Juan Bautista, una de las últimas obras del pintor.

Así que el Il Salai y la Lisa Gherardini compartiendo un misterio de medio milenio, me digo mientras escribo, y me levanto y voy a la sala para tirarle una nueva mirada al cuadro, y al regresar ante el teclado dispuesto a rubricar el cierre de estas líneas, no se me ocurre nada mejor que recurrir a la clásica frase que Billy Wilder pusiera en labios de Joe E. Brown (Bocaza) al descubrir este, en el final de la comedia Algunos prefieren quemarse, que la identidad sexual del personaje de Jack Lemmon no era la que él pensaba: "Nadie es perfecto... Gioconda".

 

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