Llamé por teléfono y me salió su esposa. ¿Quién habla? Pues un
admirador de Don Fernando, quisiera ir a conocerle. Sería el año de
1962. Desde 1958 había trabado yo contacto fértil con Argeliers León
y María Teresa Linares, un año más tarde conocería a Isaac Barreal y
a Manuel Moreno Fraginals. Ya me había graduado del Seminario de
Folclor Cubano del Teatro Nacional, ya podía conversar y espolear un
poco, si se quiere, los intereses más puros y auténticos de Fernando
Ortiz.
De todas maneras era un desconocido. Y él contestó que estaba
alejado del barullo de la vida, con acento entre menorquín y catalán
—Ortiz se graduó en Barcelona de Licenciado en Derecho en 1900—, que
me lo hizo más misterioso e inasible.
El teléfono fue un fracaso. Pasó un año. En la Academia de
Ciencias, en la Biblioteca Nacional, en los cursos y los equipos de
investigación se hablaba de él con respeto. Don Fernando era un
punto de partida, una columna de sostén. Pero no me bastaba con
estudiar su obra, con conocerle a través de sus espesos volúmenes.
Quería encontrarme a aquel hombre que había espigado en la
"intrincada fronda" de lo cubano, para decirlo con sus palabras, en
labor pionera de exploración y análisis que hiciera afirmar a Juan
Marinello que Ortiz era nuestro tercer descubridor, en comprometida
secuencia con el genovés temerario y Humboldt, el sabio.
La curiosidad me mordía a diario. Y decidí tocar a la puerta de
aquella casa de columnas dóricas, de aquel centro de la cultura
universal en que se habían gestado las investigaciones que darían
luz sobre el hombre cubano y sus valores, sobre la cultura del negro
tan escamoteada y envuelta en fábulas macabras y terribles relatos
de sangre.
Me abrió la puerta María Herrera, su esposa. Con el aval del
Instituto de Etnología y Folclor como carta de presentación, llegué
a Don Fernando. "Ciencia, Conciencia y Paciencia", fue su lema y
lead profesional. La Paciencia ganada me senté a su lado,
junto a aquel butacón mullido desde donde él veía, entendía y amaba
al mundo. Me preguntó a qué me dedicaba. Por pudor le dije que era
poeta, pero debía haberle negado justamente por pudor esta vocación
mía. "La poesía ilumina pero desvirtúa, tenga cuidado con las
herejías". Le dije, además, que era aficionado a la investigación de
la cultura tradicional cubana, de nuestro folclor. Me habló de
Federico García Lorca con admiración y cariño, había sido su amigo.
Él lo había traído a Cuba a través de la Hispanocubana de Cultura. Y
Lorca en gesto de cariño le dedicó su Son de negros en Cuba:
"Iré a Santiago, cantarán los techos de palmera, iré a Santiago...
Iré a Santiago, en un coche de aguas negras...".
"Don Fernando, ¿no cree usted que el mejor trabajo que existe
sobre las nanas lo escribió este poeta?". Asintió, pero me miró con
recelo. La comparación que yo inconscientemente había establecido
con el autor granadino le inquietó. Me di cuenta, pedí disculpas y
entramos en el terreno de la cultura afrocubana, vocablo que él hizo
cuajar en el lenguaje general de las ciencias sociales de su época.
El acento catalán me pareció significativo. Aquel cubano de tan
enraizada estirpe nacionalista, tan gustador del refranero, tan
conocedor del folclor popular, hablaba como todo un hidalgo español.
Esto no hacía más que darle un tono de cosmopolitismo y gracia a su
conversación y denotaba una educación y una formación muy complejas.
Su tono, desprovisto de empaque, coloquial y casi íntimo lo hacía
humano, lo acercaba a su interlocutor. Hablaba bajo, casi susurraba.
No daba órdenes sino que sugería, observaba, acotaba en justa
sapiencia. Y sus preguntas eran siempre: "¿cómo ve usted esta idea?,
¿qué cree usted de tal o cual cosa?, ¿estaría usted de acuerdo con
calificar este hecho así?...".
Por mucho que yo insistía: "Don Fernando, no me trate de usted,
por favor", él seguía pronunciando aquel usted que se imponía como
una regla dentro de un juego lógico que fijaba una línea de trabajo
seria en rigor y de utilidad pragmática. En el fondo su humor
cáustico, su tranquila mordacidad enarbolaban el usted como un
estandarte de defensa frente a la hipocresía y el oportunismo. Lo
entendería unos años después cuando me dijo un día que él trataba a
las personas de usted porque un colombiano amigo se lo había
enseñado. Usted imponía respeto y distancia, pero también mostraba
un cariño entrañable y un estilo decimonono al cual él no podía
renunciar por sus años y la procedencia humanista de la que era
quizá en nuestra Revolución el último de sus exponentes, muertos
hacía años Enrique José Varona, Manuel Sanguily, Esteban Borrero
Echevarría o Raimundo Cabrera. Con Don Fernando se hablaba de todo.
Eso lo saben bien quienes lo conocieron. Ningún esquema, ninguna
etiqueta, ningún San Benito caben a su persona. Era un hombre de
cultura proteica e integral. Lo mismo era capaz de descifrarle a uno
los secretos del oráculo de Eleusis que los de Orumbila, Orula o Ifá.
Estudió al negro y sus valores porque como humanista y como
científico se percató de que era una imperiosa necesidad social.
Pero estudió también a nuestros aborígenes y marcó pautas en el
análisis de factores etnográficos de nuestra población como el
español, el chino y los de procedencia caribeña. Sus preocupaciones
cívicas, de hombre público y liberal, lo llevaron a afirmar: "En
Cuba, más que en otros países, defender la cultura es salvar la
libertad... La importancia económica del extranjero en Cuba ha ido
creciendo más y más. Aunque la estadística es también concluyente en
este aspecto culminante de nuestra vida económica, puede hoy
calcularse que las dos terceras partes de la industria azucarera de
Cuba son americanas, quedando el resto para los cubanos y los
españoles. Sería interesante conocer la extensión del territorio
cubano que ha pasado al dominio privado de empresas extranjeras;
pero no hay estadística fehaciente que nos diga... Y las minas son
extranjeras. Y los ferrocarriles son extranjeros, son los más
pomposamente exhibidos como de compañías cubanas. Y los teléfonos. Y
los muelles. Y, sobre todo, los bancos, y que bien pocos de los que
había hispanocubanos, han logrado resistir el sacudimiento de 1920.
"Mirad, pues, cubanos que habéis tenido la paciente bondad de
escucharme, cuáles son los índices de visible decadencia
intelectual, moral y económica de la sociedad de Cuba y pensad si no
merece muy detenida y amorosa atención la creciente debilidad de
nuestra patria, cuyo remedio no admite demoras."
Fuera del barullo, pero dentro, entendió a la Revolución y se
identificó con ella. Leía, cuando su vista se lo permitía, las
noticias diarias, los grandes titulares y aquellas pequeñitas que
contenían mucho, las más enjundiosas, como decía él.
En los últimos seis años de su vida, cuando lo traté con mayor
asiduidad, lo vi salir a la calle una sola vez. Sus piernas estaban
enfermas. Sin embargo, visitó una tarde el Departamento de Colección
Cubana de la Biblioteca Nacional. Aquella visita a la institución
querida por él, la que luego recibió su fondo bibliográfico para el
disfrute de todos los investigadores, fue quizá su última salida
pública.