Se le dice a Grecia que privatice si quiere volver a ser
rescatada e Italia emprende una nueva oleada de venta de lo público.
Y aquí en España los inversores privados están ya preparándose para
hacerse con parte del accionariado de los aeropuertos de Madrid y
Barcelona. Las cajas registradoras de algunos están que echan humo.
Hay algo en todo el cotarro que chirría: la inevitabilidad del
proceso. Cuando, estimados lectores, pocas, muy pocas cosas en esta
vida-cruel son realmente inevitables. La muerte, por ejemplo, pero
para de contar.
Los procesos privatizadores que se esgrimen como panacea
anticrisis, como paso previo antes de empezar a hablar, como algo
que hay que hacer sí o sí; en realidad esconden ideología. Sí, sí;
esa misma doctrina que nos ha traído hasta aquí. El zorro al cuidado
del gallinero.
Y nuevamente y a pesar de los protestones del 15M aquí nadie se
rebela. Nadie se da cuenta que el próximo objetivo en el punto de
mira del sistema unidimensional es, sin lugar a dudas, el recorte
drástico en la sanidad pública, el denominado copago. Italia ya lo
va a introducir. Tiempo al tiempo y PP al gobierno, verán ustedes.
Lo peor de todo no es el copago, la llegada del PP al poder o la
privatización parcial de los aeropuertos. Lo peor es que a lo
público no tenemos quien lo defienda. A ojos de la ciudadanía se
trata de un sector ineficiente, lleno de holgazanes, que ofrece
servicios de escasa calidad y que supone un gasto innecesario.
"Lugares comunes" que no hacen sino facilitar el trabajo a sus
enemigos.
La recuperación moral, funcional y de prestigio de lo público
tiene que ser paso previo para detener los golpes que llueven por
todos lados. O el KO antes del final del combate está asegurado.