La mentalidad frente al espejo

FÉLIX LÓPEZ

El tema ya es un componente ineludible de casi todas las conversaciones: "No lo lograremos si no cambiamos la mentalidad"... Ha transcurrido poco más de año y medio de aquel discurso del Presidente Raúl Castro ante la Asamblea Nacional del Poder Popular, donde invitó a todos los cubanos a encarar el nuevo escenario que entonces comenzaba a delinearse para el modelo económico del país. Y nos pedía una verdadera revolución mental: "Transformar conceptos erróneos e insostenibles acerca del Socialismo".

Por obra de esos conceptos equivocados y enraizados en mucha gente, la propia definición de "cambio mental" no demoró en convertirse en consigna. Otros, los más insensibles, pensaron que el "cambio mental" podría darse por decreto, sin antes cambiar lo que condicionó determinada mentalidad popular. Y para completar el triángulo añadan a los enemigos acérrimos de cualquier tipo de cambio (mental, real o virtual), porque atisban en él la pérdida de un espacio burocrático construido por décadas, sus correspondientes cuotas de poder y el "derecho" a decidir por los demás.

Cuando Raúl hablaba del imperioso cambio de mentalidad, y lo equiparaba a la inmensa tarea de sacudir y enrumbar el modelo económico, estaba consciente de que lo primero sería tan difícil y definitorio como lo segundo. La vida nos está probando que las dos cosas han de ir de la mano, y que ninguna de las dos tiene posibilidades de supervivencia en solitario: usted no cambia de mentalidad si el medio no cambia; y el medio no se va a transformar si no evolucionan los actores del cambio. De ahí que estemos hablando hoy (y sin temor por las palabras) de una lucha de contrarios: los que quieren cambiar y los que dan la pelea silenciosa para que todo siga igual.

¿Pero quiénes son esos conciudadanos que emulan al Gatopardo del escritor italiano Giuseppe Tomasi di Lampedusa, donde encontramos "una de esas batallas que se libran para que todo siga como está"? No se necesita ser un Sherlock Holmes caribeño para resolver la interrogante. A nuestro alrededor, a la vista de todos, persisten esos seres grises que para cada solución desengavetan un problema; que para cada aprobación anteponen tres prohibiciones; que para cada sonrisa están dispuestos a someternos a una cadena de amarguras... Dicho a la manera aguda de Silvio Rodríguez: "Esa burocracia en muy inteligente, se atrinchera y busca hacerse imprescindible".

Por estas mismas páginas ya desfilaron alguna vez las historias de quienes comenzaron a poner obstáculos (no contenidos en las leyes) a muchos de los que decidieron tramitar una licencia de trabajador por cuenta propia. Porque mientras más trabas se ponen para algo y más escabroso se vuelven los caminos, existe más posibilidad de que un inescrupuloso cobre "por aligerar un trámite", y algunos incautos caigan en el juego de "tú me salvas y yo te salvo"... Trabajo costó eliminar esas barreras y poner en su lugar a los oportunistas de buró, para que obtener una licencia (algo tan simple) no se convirtiera en el calvario de muchos y en el lucrativo negocio de unos cuantos.

Ahora mismo, estamos cerca de que desaparezcan todos los obstáculos que convertían en ilegal la compraventa de viviendas. Que nadie crea que bastará con la decisión legal y la voluntad política de solucionar el tema. El camino para que ese proceso sea transparente y libre de otras ilegalidades va a necesitar no solo del cambio de mentalidad de los funcionarios que lo lleven adelante, sino también de un cambio en la manera de exigirles. No es un secreto que décadas de regulaciones en el tema de la vivienda, sirvieron para que aparecieran tantas trampas como leyes. Quienes han vivido de cobrar por "deshacer esos entuertos" no tienen ningún interés en que las cosas cambien, porque está desapareciendo su negocio.

Es realmente difícil pedirle a un funcionario corrupto que cambie su mentalidad, cuando ya ha extraviado la ética. Todos sabemos que en Cuba, al menos hasta hoy, está prohibida la compraventa de viviendas. Pero uno encuentra hasta en Internet sitios públicos donde, además de un mercado inmobiliario de oferta y demanda, se anuncia cómo burlar la legalidad y "legitimar" cualquier operación fraudulenta. Más allá de la impunidad que asoma en casos como este y del debate sobre la necesidad de que esas prohibiciones desaparezcan de una vez, y el propietario de una vivienda recupere su capacidad de dueño verdadero, está el tema de la casta parasitaria que por años se ha venido alimentando de los dineros y las urgencias del pueblo.

Definitivamente hemos entrado en un periodo de evolución que abarca los más diversos temas de la cotidianeidad. La sociedad, como una rueda dentada, se mueve y obliga a mover la mentalidad de los ciudadanos. Desde arriba nos llaman a cambiar nuestra mentalidad sobre la falsa unanimidad, la rutina, el secretismo, el burocratismo, el igualitarismo, el clientelismo, la manera de hacer el periodismo y una lista interminable de "ismos" enquistados en la vida diaria. Desde abajo la gente clama porque las soluciones estatales no se oxiden en las manos y las gavetas de los burócratas; porque se aparten del camino a los inmovilistas; y lo del "cambio de mentalidad" deje de ser el eslogan publicitario de aquel que no se lo aplica a sí mismo.

De retorno al inicio de este comentario, reiteramos que hay muchos progresos que no lograremos hasta tanto no cambiemos la mentalidad... Pero cambiarla en el sentido amplio y aséptico de la palabra. Los estados mentales son colectivos y también personales. Para los dos casos sirven los espejos. Mirémonos en ellos siempre que la vida se nos ponga difícil y recordemos a aquel personaje de Tolstoi que advertía a quienes solo ven la paja en el ojo ajeno: "Todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo".

 

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