El
tema ya es un componente ineludible de casi todas las
conversaciones: "No lo lograremos si no cambiamos la mentalidad"...
Ha transcurrido poco más de año y medio de aquel discurso del
Presidente Raúl Castro ante la Asamblea Nacional del Poder Popular,
donde invitó a todos los cubanos a encarar el nuevo escenario que
entonces comenzaba a delinearse para el modelo económico del país. Y
nos pedía una verdadera revolución mental: "Transformar conceptos
erróneos e insostenibles acerca del Socialismo".
Por obra de esos conceptos equivocados y enraizados en mucha
gente, la propia definición de "cambio mental" no demoró en
convertirse en consigna. Otros, los más insensibles, pensaron que el
"cambio mental" podría darse por decreto, sin antes cambiar lo que
condicionó determinada mentalidad popular. Y para completar el
triángulo añadan a los enemigos acérrimos de cualquier tipo de
cambio (mental, real o virtual), porque atisban en él la pérdida de
un espacio burocrático construido por décadas, sus correspondientes
cuotas de poder y el "derecho" a decidir por los demás.
Cuando Raúl hablaba del imperioso cambio de mentalidad, y lo
equiparaba a la inmensa tarea de sacudir y enrumbar el modelo
económico, estaba consciente de que lo primero sería tan difícil y
definitorio como lo segundo. La vida nos está probando que las dos
cosas han de ir de la mano, y que ninguna de las dos tiene
posibilidades de supervivencia en solitario: usted no cambia de
mentalidad si el medio no cambia; y el medio no se va a transformar
si no evolucionan los actores del cambio. De ahí que estemos
hablando hoy (y sin temor por las palabras) de una lucha de
contrarios: los que quieren cambiar y los que dan la pelea
silenciosa para que todo siga igual.
¿Pero quiénes son esos conciudadanos que emulan al Gatopardo del
escritor italiano Giuseppe Tomasi di Lampedusa, donde encontramos
"una de esas batallas que se libran para que todo siga como está"?
No se necesita ser un Sherlock Holmes caribeño para resolver la
interrogante. A nuestro alrededor, a la vista de todos, persisten
esos seres grises que para cada solución desengavetan un problema;
que para cada aprobación anteponen tres prohibiciones; que para cada
sonrisa están dispuestos a someternos a una cadena de amarguras...
Dicho a la manera aguda de Silvio Rodríguez: "Esa burocracia en muy
inteligente, se atrinchera y busca hacerse imprescindible".
Por estas mismas páginas ya desfilaron alguna vez las historias
de quienes comenzaron a poner obstáculos (no contenidos en las
leyes) a muchos de los que decidieron tramitar una licencia de
trabajador por cuenta propia. Porque mientras más trabas se ponen
para algo y más escabroso se vuelven los caminos, existe más
posibilidad de que un inescrupuloso cobre "por aligerar un trámite",
y algunos incautos caigan en el juego de "tú me salvas y yo te
salvo"... Trabajo costó eliminar esas barreras y poner en su lugar a
los oportunistas de buró, para que obtener una licencia (algo tan
simple) no se convirtiera en el calvario de muchos y en el lucrativo
negocio de unos cuantos.
Ahora mismo, estamos cerca de que desaparezcan todos los
obstáculos que convertían en ilegal la compraventa de viviendas. Que
nadie crea que bastará con la decisión legal y la voluntad política
de solucionar el tema. El camino para que ese proceso sea
transparente y libre de otras ilegalidades va a necesitar no solo
del cambio de mentalidad de los funcionarios que lo lleven adelante,
sino también de un cambio en la manera de exigirles. No es un
secreto que décadas de regulaciones en el tema de la vivienda,
sirvieron para que aparecieran tantas trampas como leyes. Quienes
han vivido de cobrar por "deshacer esos entuertos" no tienen ningún
interés en que las cosas cambien, porque está desapareciendo su
negocio.
Es realmente difícil pedirle a un funcionario corrupto que cambie
su mentalidad, cuando ya ha extraviado la ética. Todos sabemos que
en Cuba, al menos hasta hoy, está prohibida la compraventa de
viviendas. Pero uno encuentra hasta en Internet sitios públicos
donde, además de un mercado inmobiliario de oferta y demanda, se
anuncia cómo burlar la legalidad y "legitimar" cualquier operación
fraudulenta. Más allá de la impunidad que asoma en casos como este y
del debate sobre la necesidad de que esas prohibiciones desaparezcan
de una vez, y el propietario de una vivienda recupere su capacidad
de dueño verdadero, está el tema de la casta parasitaria que por
años se ha venido alimentando de los dineros y las urgencias del
pueblo.
Definitivamente hemos entrado en un periodo de evolución que
abarca los más diversos temas de la cotidianeidad. La sociedad, como
una rueda dentada, se mueve y obliga a mover la mentalidad de los
ciudadanos. Desde arriba nos llaman a cambiar nuestra mentalidad
sobre la falsa unanimidad, la rutina, el secretismo, el
burocratismo, el igualitarismo, el clientelismo, la manera de hacer
el periodismo y una lista interminable de "ismos" enquistados en la
vida diaria. Desde abajo la gente clama porque las soluciones
estatales no se oxiden en las manos y las gavetas de los burócratas;
porque se aparten del camino a los inmovilistas; y lo del "cambio de
mentalidad" deje de ser el eslogan publicitario de aquel que no se
lo aplica a sí mismo.
De retorno al inicio de este comentario, reiteramos que hay
muchos progresos que no lograremos hasta tanto no cambiemos la
mentalidad... Pero cambiarla en el sentido amplio y aséptico de la
palabra. Los estados mentales son colectivos y también personales.
Para los dos casos sirven los espejos. Mirémonos en ellos siempre
que la vida se nos ponga difícil y recordemos a aquel personaje de
Tolstoi que advertía a quienes solo ven la paja en el ojo ajeno:
"Todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a
sí mismo".