El
grupo D’Morón Teatro no se detiene. Anda con pisadas firmes por los
caminos que lo han llevado a la vanguardia de la dramaturgia en la
provincia de Ciego de Ávila.
Suele vérsele lo mismo en el atrayente bulevar avileño que
mochila al hombro, en el poblado florenciano de Guadalupe, con su
proyecto Crecidos por la Cultura, o durante las Romerías de
Mayo, en zancos, hacia la cima de la Loma de la Cruz, en Holguín.
Quien conozca ese grupo, sabe que puede ser sorprendido en
cualquier momento por los atrayentes proyectos.
Y eso fue lo que pasó hace unos días, cuando observé que los
transeúntes se detenían, los niños halaban a sus padres por los
brazos, y quienes salían de los centros comerciales quedaban
perplejos.
Medea de barro, una de las puestas más acabadas de esa
compañía, salía a conquistar al público en su medio. Sus figuras de
barro comenzaron a transitar, con movimientos retardados y un
deslumbrante impacto visual.
Y como sin darse cuenta, los espectadores, fascinados por la
innovadora experiencia fueron arrastrados hacia la Galería
Provincial de las Artes Plásticas, donde quedó abierta una
exposición fotográfica.
Sentadas en los bancos del bulevar, y hasta en la misma galería,
las estatuas vivientes ambientaban el lugar donde se encontraba el
conjunto de fotos, en reconocimiento a una historia que no tiene
parangón en el teatro avileño.
La voluntad y vocación, como ha reiterado en varias ocasiones
Orlando Concepción, director del grupo, es dejar su aliento creativo
en aquellos que lo necesiten y, más que todo, provocar el paso de
simples espectadores a generadores de su propia riqueza cultural y
espiritual.
Ya en Guadalupe o Las 20, como en otras comunidades avileñas
donde han actuado, guajiros de polainas bien amarradas y machetes a
la cintura, espantaron el machismo hacia las lomas y quedaron solos,
en compañía de algunas lágrimas, cuando D’Morón Teatro, luego de
varios días de interactuar con los pobladores, anunció la partida.
Es el momento en que uno se pregunta, como lo hizo ya un colega,
qué sucedería si otras agrupaciones artísticas de la provincia, o
los escritores o los pintores —tal como suelen hacerlo la Cruzada
Teatral de Guantánamo o la Guerrilla de Teatreros de G
ranma o el Teatro Escambray y Los Colines en Villa Clara— se
trasladaran de vez en cuando a comunidades recónditas a compartir
arte y recibir la savia nutricia de la gente más humilde.
Bienaventurado cuanto hace D’Morón Teatro, mucho más provechoso
en tanto las autoridades locales de los lugares donde actúen
interioricen la necesidad de una continuidad en la acción del
instructor de arte de la comunidad o el promotor del Consejo
Popular.
Por lo pronto, D’Morón Teatro va a la montaña, se interna en el
llano y desanda la ciudad, no importa que falte el ómnibus que los
traslade o que aprieten las estrecheces materiales. Lo que interesa
es poner a volar la imaginación para que las ideas se posen en el
terreno fértil de la creatividad.