Puertas abiertas para Eduardo Abela

VIRGINIA ALBERDI BENÍTEZ

Coincidiendo a principios de semana con el día de puertas abiertas del Museo Nacional de Bellas Artes, práctica comunitaria que esta vez saludó el décimo aniversario de la reapertura de esta institución, la colección editorial Vanguardia Cubana presentó un monumental catálogo dedicado a Eduardo Abela (1889 – 1965), uno de los máximos representantes de la creación insular de la primera mitad del siglo XX.

Guajiros, obra de Eduardo Abela fechada en 1938.

Bajo el título Eduardo Abela, de lo real a lo imaginario. Obras escogidas, el volumen, de imprescindible consulta y presencia en la red de bibliotecas públicas y especializadas del país, cuenta con esclarecedores textos de Roberto Cobas y Yolanda Wood, una emotiva introducción por parte de los hijos del artista, Eduardo y Hosanna, y sumó los empeños de Norma Torrás en el pesquisaje y completamiento documental.

En el imaginario popular se identifica a Abela con un personaje al que dio vida: el Bobo. Ciertamente, ese ícono del humorismo criollo simbolizó en plena dictadura machadista el espíritu de resistencia e insumisión ante el crimen, la represión y la obediencia a los dictados de la Casa Blanca en medio de un status neocolonial que echó por tierra los sueños republicanos de José Martí.

Apareció el Bobo en 1928 en La Semana y poco después de él, la galería de personajes se amplió al Profesor y el Ahijado. Al caer Machado dejó a un lado la caricatura. Antes y después había que contar con el pintor. Y no un pintor cualquiera. Por su obra, Eduardo Abela se inscribió en la llamada primera vanguardia cubana, a la par de Víctor Manuel, Amelia Peláez, Fidelio Ponce y Carlos Enríquez.

El Bobo, magistral caricatura de Abela.

Su actividad pública tuvo un momento decisivo en 1937 cuando se compromete con la creación del Estudio Libre de Pintura y Escultura. Uno de los mayores esfuerzos por democratizar el acceso a la formación y disfrute de las artes plásticas en la etapa republicana.

Allí nació su relación permanente con los artistas de la nueva vanguardia; Mariano Rodríguez, René Portocarrero, Mario Carreño y Rita Longa. Siendo diferentes, tenían por denominador común la búsqueda, dentro de la mayor libertad expresiva, de las cifras de la identidad nacional.

El libro recorre la evolución del lenguaje pictórico y la espiral temática que se va desgranando de una obra de sólidos fundamentos técnicos y ansiedad reveladora.

Dos juicios avalan esa línea ascensional. En 1929, Alejo Carpentier escribió: "El criollismo de Abela es criollismo en profundidad. Nada más alejado de sus finalidades que los anhelos del realismo". En 1964, la doctora Graziella Pogolotti expresó: "Nueva ruptura y nuevos tanteos. Así nace el Abela actual con su cuidadosa reconstrucción del mundo de la infancia, en una voluntad incesante de recobrar, a través de la evocación poética, la serenidad, la reconciliación con el mundo, antes obtenida por medios puramente plásticos".

A pesar de hallarse aquejado de una severa dolencia cardiaca, el advenimiento del triunfo revolucionario de enero de 1959 halló una respuesta activa de parte del creador. En 1960 contribuyó al proyecto Esquema de la pintura cubana, que mostró a lo largo del país la riqueza del vocabulario plástico doméstico acumulado hasta entonces. En 1961 asistió como delegado al congreso fundacional de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Tres años después, en Galería Habana, inauguró su última exposición en vida, suceso de gran impacto cultural.

 

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