Martha Gellhorn

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT

Buscando un tema para hablar de los cincuenta años de la muerte de Hemingway me volví a acordar de Martha Gellhorn, su tercera esposa.

Hemingway y Martha.

La conocí en la redacción de Granma, allá en los años ochenta, después de regresar ella de Nicaragua y El Salvador, donde la CIA se había hecho presente en la lucha que libraban ambos pueblos. Me la presentó Marta Rojas y al hacerlo se las arregló para hacerme entender, en elegante clave, que a la Gellhorn no le gustaba hablar de su antiguo esposo, ni tampoco que la identificaran con él.

En realidad la periodista y escritora no lo necesitaba porque desde hacía rato era considerada la corresponsal de guerra más brillante del siglo XX. Una presencia constante la suya en frentes de batalla a partir de la contienda civil española, y una calidad literaria en sus crónicas sustentada no solo por una prosa limpia, directa, sin sombra de esos adjetivos que tanto malogran el género, sino también por reflexiones morales que le hicieron cargar tintas contra los presidentes Nixon y Johnson, durante la guerra de Vietnam, que cubrió bajo las balas.

A veces la tacharon de "izquierdista", pero cuando hizo falta puso en primera línea los errores de la izquierda.

Aunque no era bonita en la concepción clásica, impresionaba la presencia física de Martha Gellhorn, sonriente, escrutando con sus ojos verdes la avidez por saber de su interlocutor. Era entonces una septuagenaria en aquella noche en Granma, pero poseía el encanto de los muchos misterios¼ a los que me gustaría acercarme en una entrevista ––le dije poniendo mi mejor cara.

No picó el anzuelo

Ella no daba entrevistas ––se disculpó, y la aseveración la fui comprobando a lo largo de los años–– porque todo cuanto tendría que decir estaba en sus escritos, ampliamente recogidos en libros.

Palabras más o menos similares reproduciría años después su biógrafo, Call Rolly, al decir que Martha jamás habló públicamente de Hemingway, "sencillamente porque creía que no era importante". Y reconoció el autor que para la confección del libro, nunca aceptó una entrevista, además de hacerle ver que detestaba las biografías, "porque solo se interesaban en tus amantes y tus excentricidades".

Pero quedó claro para el biógrafo Call Rolly que aunque la Gellhorn se empeñaba en mantener en las sombras su relación íntima con Hemingway, consideraba el matrimonio de cuatro años con él como el error más grande su vida.

Viendo aquella noche de los años ochenta a Martha Gellhorn no pude menos que imaginármela en 1936, rubia, alta, conociendo a los 28 años de edad al ya aplaudido autor de Fiesta y Adiós a las armas en un bar de Key West, impresionándolo con su disposición de aspirante a escritora, ¡no periodista!, dispuesta a ir a cualquier parte con tal de tomarle el pulso a la vida.

Él le inventó una credencial y se la llevó a España. Ella misma ha confesado que dejaba transcurrir los días en un hotel de Madrid sin hacer nada, hasta que una tarde estalló una bomba en las afueras y al precipitarse al exterior y preguntar lo ocurrido (el clásico qué de cualquier inicio periodístico) redactó su primera crónica.

"Solo Martha fue capaz de mantener a raya a Hemingway en sus posturas machistas", escribió Michael Reynols en la monumental Hemingway, el final de los años, una obra de cinco tomos en la que cuenta que Martha Gellhorn, libre e independiente, fue la única mujer en dejársela en la mano al escritor, "quien solo supo de ella cuando reclamó el divorcio".

Seis décadas se mantuvo Martha cubriendo los más diversos frentes de combate (con una destacada labor durante la Segunda Guerra Mundial) y hasta los ochenta años se le pudo ver con una disposición envidiable saltando entre los cinco continentes, hasta que murió en 1998, a los 89 años de edad.

Habría que leerla en extenso para comprobar la calidad de su prosa, su sensibilidad y convencimientos morales.

"La curiosidad ––escribió––, creo, no tiene límites, se acaba con la muerte. Aunque he perdido hace tiempo la cándida fe en que el periodismo sea la luz que ilumina los recovecos de la vida, todavía creo que es mucho mejor que la total oscuridad."

En cuanto a la muerte por suicidio de Hemingway, del que ahora se cumplen cincuenta años, asegura su gran amigo Nicholas Shakespeare que al preguntarle qué había sentido tras conocer la noticia, "nada" fue la única respuesta de Martha Gellhorn.

 

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