Fuego y sazón de una fiesta

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

foto: Miguel RubieraTreinta y una veces ha ido el cántaro a la fuente y no se ha roto. La Fiesta del Fuego en Santiago de Cuba acaba de confirmarse como el único y sistemático encuentro de integración de las culturas y los saberes populares del Caribe, entendido este último no como noción geográfica sino como ámbito de fundación, resistencia y emancipación, donde la diversidad es una virtud identitaria y a la vez un lazo de comunión.

Si Carifesta, proyecto alentado por el poeta guyanés Arthur J. Seymour, dio la primera clarinada desde los territorios anglófonos, la Fiesta del Fuego, año tras año, forjó una dimensión superadora a partir de considerar el Caribe más allá de sus territorios insulares y contar con los estados y pueblos ribereños y, más aún, con las culturas de origen africano y aborigen asentadas desde el sur de los Estados Unidos hasta Salvador de Bahía, sin olvidar la diáspora caribeña en otros lugares del mundo.

Hacia adentro, la Fiesta adquiere también otro significado mayúsculo: devaluadas en el tiempo las Ferias Nacionales de Arte Popular, la cita santiaguera, auspiciada por la Casa del Caribe, ha quedado como el único espacio para la exposición, confrontación y promoción de los grupos portadores de la cultura tradicional cubana, incluidas las expresiones de religiosidad popular, practicada por descendientes de las mujeres y hombres esclavizados y de los migrantes antillanos que aportaron riquezas singulares al espectro de la identidad insular.

Todo esto justifica con creces la existencia misma de la Fiesta del Fuego. Pero hay otra razón: la sostenibilidad económica, sobre la base de la articulación de la propuesta cultural con la industria turística. El Festival se realiza durante la llamada temporada baja. En los últimos años, la gestión conjunta del Comité Organizador, la agencia Paradiso y otras entidades turísticas han elevado notablemente el nivel de ocupación de la planta hotelera de la ciudad, aún cuando decenas de visitantes se hospeden en habitaciones alquiladas por cuentapropistas.

No obstante lo anteriormente dicho, me permito tres observaciones. El Festival debe cuidarse de la dispersión en su agenda cotidiana. Vale aquello de quien mucho abarca, poco aprieta. Los espectáculos de gala pueden y deben ser más concentrados y ágiles; ganarían sus resultados artísticos. Habría también que concebir un modo más expedito de socialización de las corrientes de pensamiento original que allí se exponen. Lo necesita este tiempo caribeño de liberación.

Con estos ingredientes, la sazón pudiera ser más completa.

 

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