El
último encuentro de Orlando Valle, Maraca, aconteció en la sala
Avenida, antiguo cine en la frontera que divide a los municipios de
Playa y Marianao. Allí se presentó con su banda Otra Visión,
renovada y reforzada, para probar parte del repertorio que llevará
en los próximos días a una extensa gira por varias ciudades
norteamericanas.
Ofrenda
pendular la de esa noche: del son al jazz latino y de este al rumbón
y a la recreación de cánticos rituales de origen yoruba, en
tránsitos intergenéricos que parten de una base común: la tradición
musical cubana, entendida esta no solo como la que responde a la
vertiente de la música popular bailable, sino también al muy
respetable linaje del ejercicio improvisatorio que desde la mitad
del siglo pasado cultivaron Peruchín, Frank Emilio y Felipe
Dulzaides y que tuvo su culminación en la figura de Chucho Valdés.
Lo particular de este caso reside en que, a diferencia de los
ejemplos anteriores, el centro de gravedad no pasa por el piano,
sino por la flauta, instrumento en el cual Maraca rebasó hace tiempo
la marca de los virtuosos para empinarse como un renovador de
conceptos.
De la flauta charanguera a las figuraciones jazzísticas transita
por vasos comunicantes sorprendentes y fluidos, explotando tanto su
enorme capacidad de invención melódica como los acentos rítmicos.
A esto hay que añadir su solvencia como orquestador, es decir,
como diseñador de sonoridades plenas, en la que además de la flauta
ocupan ahora una posición jerárquica el tenorista Alfred Thompson, a
quien recordamos en sus inicios en el plantel de Fervet Opus, y el
timbalero y vocalista José Miguel Menéndez.