"Cuando llegué en el autobús vi la destrucción", dijo a IPS. "Se
me puso la piel de gallina", recordó.
Alexey supo que había ocurrido algo horrible. Pero no se dio
cuenta de su relativa suerte, 15 operadores y seis bomberos habían
muerto.
"Pasé todo el día corriendo en la habitación de control tratando
de tirar agua al reactor. Sentía náuseas, otros vomitaban a mi
alrededor", recordó.
A las cuatro de la tarde, su jefe decidió que los esfuerzos eran
estériles y ordenó a abandonar el recinto. "Fui la última persona
oprimiendo botones e interruptores para tratar de arreglar las
cosas", apuntó.
Cuando Alexey se cambió la ropa notó que su piel estaba como
bronceada, pero hasta entonces desconocía la gravedad de la
situación y se detuvo a comprar pan antes de regresar a su casa.
La explosión del reactor cuatro de la planta nuclear de Chernobyl
liberó 200 veces más radiación que las bombas atómicas de Hiroshima
y Nagasaki y dejó 4 000 muertos, 40 % del territorio europeo
contaminado y más de 400 000 personas desalojadas.
El reactor fue enterrado bajo una estructura de concreto,
conocida como sarcófago, que todavía contiene y filtra combustible
altamente radiactivo y que será reemplazada por una nueva
construcción.
La mayoría de los trabajadores de la planta y sus familiares
residían en Prípiat, una ciudad de 50 000 habitantes que, al estar a
un kilómetro de Chernobyl, debió ser evacuada y declarada
inhabitable.
Veinticinco años después Alexey regresó a buscar la calle Lenin
donde vivía su amigo Konstantin Rudya, exingeniero de la planta
nuclear, quien residía allí con su esposa e hija Alina.
La joven, quien ahora estudia fotografía en Berlín, regresó con
él a Prípiat, de donde fue evacuada en brazos de su madre.
Konstantin falleció hace cinco años de un cáncer repentino e
implacable a la columna vertebral con características inexplicables
para los médicos.
En un mes pasó de tener un dolor en la espalda a no poder mover
el torso que, según quienes estuvieron con él en sus últimos días,
hacía un escalofriante ruido de vidrios rotos. La autopsia reveló
que parte de su columna se había vuelto una esponja calcificada y
había desaparecido el resto del hueso.
"En ese momento me di cuenta de lo que significa Chernobyl",
señaló Alina, quien entonces estudiaba en Budapest.
Prípiat fue devorada lentamente por una vegetación agresiva e
indiferente, con árboles que crecen dentro de los edificios. Lo que
fue una ciudad futurista con jóvenes prometedores se convirtió en un
doloroso monumento.
Alina buscó nerviosa el apartamento familiar. Dejó atrás los
buzones y las puertas entreabiertas del ascensor para subir las
escaleras de madera, muy deterioradas tras años de infiltración de
agua. Tuvo que entrar en varios antes de encontrar el suyo.
No hay casi objetos en muchos de los apartamentos. Prípiat perdió
sus tesoros tras años de pillajes. Alina se dio cuenta de que estaba
en su casa cuando cerca de una ventana del cuarto piso vio una
fotografía suya de bebé en un viejo retrato dejado a propósito por
su padre, quien falleció a los 47 años.
Su madre, Marina, no quiere regresar, pero todavía recuerda los
días surrealistas que siguieron al accidente. Cuando Konstantine
llegó a su casa, cerró las ventanas y le dio iodo a ella y a su
hija. Todo el mundo sabía que algo andaba mal, pero la gente seguía
nadando en el río.
Las autoridades interrumpieron todas las formas de comunicación.
Era imposible hacer llamadas telefónicas y salir o llegar a Prípiat
hasta que se anunció por altoparlante la evacuación obligatoria.
Habían pasado 36 horas de la explosión del reactor cuatro.
"Algunos amigos empacaron una pequeña maleta para una semana,
nunca imaginé que no íbamos a regresar", dijo Marina a IPS.
Las dos deben hacerse análisis clínicos todos los años, pero
Alina confesó que los evita porque tiene miedo.
El sufrimiento de la familia Rudya no modificó su opinión
favorable a la energía nuclear, que comparten la mayoría de los
ucranianos y el gobierno, y que prevé construir 22 nuevos reactores
para 2030.
En el apartamento de Marina en Kiev, hay muchas fotografías de
Konstantin sonriendo dentro de la central de Chernobyl. Él recibió
muchas ofertas de trabajo del exterior, pero quiso quedarse en
Ucrania. Su trabajo implicaba frecuentes incursiones en el sarcófago
mortal.
"Nunca pensó en irse de Ucrania, era un patriota, quería quedarse
en Kiev y por eso siguió trabajando en Chernobyl", dijo Marina a
IPS.