Nunca estuve en Hollywood, pero por azar de la vida o regalo de
profesión pude conocer al distante Abbottabad. Un pueblo pakistaní
que ahora mismo parece estar más cerca de la meca del cine
norteamericano que de Islamabad, aunque solo lo separan unos 80
kilómetros de esta capital. Su notoriedad, el salto increíble a los
titulares de prensa y de telediarios en todo el mundo, ha sucedido
tras el anuncio que también disparó la popularidad de Obama: allí,
un comando de película "eliminó" a Osama Bin Laden…
Desde que el presidente Obama pronunció la noche del primer día
de mayo su frase triunfal ("lo atrapamos"), Abbottabad dejó de ser
la ciudad apacible y segura, flanqueada por montañas, una academia
militar y tres regimientos del ejército pakistaní, donde disfrutan
su retiro generales y altos oficiales. Ahora es como el escenario de
un reality show, que en cada nuevo capítulo devela la
inconsistencia de una mala trama, con cabos sueltos por todas
partes.
¿Cómo una misteriosa casa construida en el 2005 no se convirtió
en sospechosa hasta agosto de 2010? ¿Durante seis años Bin Laden
burló a la inteligencia pakistaní? ¿Estaba o no armado cuando el
mítico comando SEALs le disparó a la cabeza? ¿Uno de los cuatro
helicópteros tuvo desperfectos técnicos o fue derribado? ¿Por qué
mintió Jay Carney, jefe de prensa de la Casa Blanca, al decir que
Bin Laden usó como escudo a su esposa, versión desmentida horas
después? ¿No estaban capacitados los Navy SEALs para atraparlo vivo
y llevarlo a un sitio seguro? ¿Acaso la orden era matarlo? ¿Por qué
no hemos visto imágenes del cadáver, tan acostumbrado que está
Hollywood a la obscenidad y el exhibicionismo? ¿Por qué tantas
contradicciones en el guión oficial sobre el asalto a la casa de
Abbottabad? ¿Desde cuándo León Panetta es buen guionista? ¿Quiénes
ganan al revivir y azuzar a los temibles terroristas de Al-Qaeda? ¿Y
el Premio Nobel…, ya está listo para el Oscar?

Todas esas preguntas y muchas más le dan la vuelta al mundo,
mezcladas con la versión de Washington, donde ya se habla de alertas
antiterroristas de todos los colores y se alistan para nuevas
batallas en los más oscuros rincones del mundo. Si la muerte de Bin
Laden revive la amenaza terrorista se necesitan más armas para
combatirlos. Y si hay guerra hay cine de acción para rato. Si hay
espectáculo habrá alfombra roja, y por allí desfilarán triunfales
Obama y sus muchachos.
Desde Cuba, imagino como debe estar gozando de lo lindo el amigo
Mohammad Iqbal, un habitante de Abbottabad con un proverbial sentido
del humor, la persona que nos sirvió de guía y traductor cuando
escribíamos Resurrección en el Himalaya, un libro que habla
de la cruzada por la vida del "ejército más poderoso de la tierra":
los médicos de la brigada internacionalista Henry Revee, que en
número de 2 500, diseminados en 32 hospitales de campaña, asistieron
al hermano pueblo pakistaní, luego del terrible terremoto de 7,6
grados en la escala de Richter, el 8 de octubre de 2005.
Según la versión de la película (opera prima) de Obama y Panetta,
para esa fecha ya Osama había dejado las gélidas montañas de Tora
Bora, en Afganistán, para esconderse en la casa-guarida de
Abbottabad. Allí estuvimos en los primeros días de enero de 2006,
allí tenía la misión médica cubana su puesto de mando y allí se
instaló el hospital de campaña No. 26, Tania la Guerrillera, donde
los galenos cubanos salvaron miles de vidas y rehabilitaron a miles
de pakistaníes, en un país semidestruido, con millones de personas
malviviendo en casas de campaña y sobreviviendo al duro frío
invernal y las nevadas en las laderas del Himalaya y la cordillera
de Cachemira.
En ese escenario no escuché jamás hablar de Osama Bin Laden, ni
por mucho que lo indujera el interés periodístico. Eso sí, recuerdo
perfectamente cómo muchos pakistaníes se quejaban con dolor de la
indiferencia de los Estados Unidos y de los países de la OTAN, que
con centenares de helicópteros apostados al otro lado de la frontera
afgana, no acudieron a auxiliarlos en el momento de la peor tragedia
de sus vidas. Ahora, de seguro, debe asombrarles con qué precisión
los cuatro helicópteros de los Navy SEALs volaron desde Jalalabad a
Abbottabad.
Estamos seguros que ni Abdull, Mubasad, Asif y Chevif, aquellos
niños entre 12 y 15 años, que servían de traductores a los médicos
cubanos en Abbottabad (por dominar el urdu y el inglés), se creen
hoy la fantástica historia que convierte a su pueblo en centro de la
noticia. Alguien quiere hacerles creer que uno de los hijos de Bin
Laden, vestido con el tradicional shawar-camis (pantalón
ancho y camisa larga), se cruzaba con ellos dos veces al día en la
misma panadería del pueblo, junto a la academia militar.
Yo no sé ustedes, pero este periodista está haciendo zaping,
cambiando el canal, aburrido ya con esta pésima película de acción.
Por favor, dejen tranquila a Abbottabad, regresen al oeste americano
y cuéntennos una buena de vaqueros.