Tantear
el camino que cada vez nos aproxime más al socialismo sin mácula ni
medios términos es, como opinara el compañero Raúl durante la última
sesión de la Asamblea Nacional del Poder Popular, un andar hacia lo
insospechado, no exento de tropiezos ni señales equívocas.
Advirtió que alcanzar nuestro horizonte social con mayor o menor
prontitud, depende de que en el presente cada paso se sopese con
esmero y "los errores se corrijan oportuna y rápidamente".
Definir el rumbo día tras día, o rectificarlo cuando el radar
indica peligro, precisa de una organización institucional
escrupulosa y coherente, donde cada una domine sus funciones y
responda por ellas sin dilaciones ni tartamudeos; donde, en el
apartado de la gestión económica, el Estado trace la trayectoria y
las empresas aseguren el recorrido.
El tema no podía quedar a la zaga dentro del proceso de
actualización que lleva adelante nuestro país, urgido a constituir
un sistema empresarial con entidades "fuertes y bien organizadas"
(Lineamiento 7 del Proyecto de Lineamientos de la Política Económica
y Social), lo cual no puede lograrse sin la previa "separación de
las funciones estatales y empresariales" de modo "paulatino y
ordenado" (Lineamiento 6).
Tal interés por descentralizar y fortalecer el trabajo que a cada
institución corresponde, es un acuerdo pendiente de la política
económica cubana aprobada por el Partido en su V Congreso; que
aunque se implementó en algunos centros mediante el
Perfeccionamiento Empresarial, a nivel de sistema ha llegado hasta
hoy sin haberse logrado su generalización.
Un excesivo velar por cada actividad de la economía a ejecutar
fue lo que condujo a la mayoría de los Organismos de la
Administración Central del Estado, en franca práctica paternalista,
a asumir desde fuera la dirección de las empresas, promoviendo con
ello un efecto contrario al pretendido, pues al aminorarles las
facultades, también les restaron responsabilidad.
Estas dejaron entonces de poner la vista hacia adelante en su
tránsito diario y comenzaron a voltearla hacia "arriba", hacia el
"organismo superior"; fueron invadidas por la inercia de aguardar
dictámenes y asignaciones —lo cual en no pocos casos fue usado como
margen para despojarse de toda culpa cuando no caía el maná del
cielo (materias primas, piezas de repuesto)— y mutó en ellas la
actitud de fomentar iniciativas por la de esperar órdenes.
Atadas a decisiones que provenían de lejos y bajan muy lento
(ministerios o institutos de rango ministerial), las empresas
perdieron capacidad de reacción, movilidad, y en no pocos casos
dejaron de vivir de sus ingresos para subsistir de mal cumplir su
tarea, sin sentirse jamás bajo la presión real de ser competitivas o
perecer, porque —estaban seguras— el presupuesto ampararía.
Otras no solo descuidaron cómo emprender sus compromisos
productivos —al tener alguien más que se encargara por ellas— sino
que se vieron requeridas, o alentadas, a acometer misiones ajenas al
fin para el cual habían sido instituidas (incluso de carácter
gubernamental).
En consecuencia, los organismos del aparato estatal, concebidos
para rectorar y controlar el funcionamiento de las entidades
productoras, se alejaron de su rol esencial al ejercer
simultáneamente como jueces y parte.
Hace más de 10 años, en la Resolución Económica del V Congreso
del Partido Comunista de Cuba (1997), había quedado signado que: "El
Estado, como representante de todo el pueblo, ejerce la propiedad
social sobre las empresas estatales, designa a sus directivos,
aprueba sus objetivos y presupuestos, controla y exige por los
resultados de la gestión; desempeña un papel regulador mediante las
diferentes políticas estatales, leyes, normativas y otras
disposiciones relacionadas con los diferentes aspectos del quehacer
económico; no administra directamente las empresas y unidades
presupuestadas sino que delega esta función y la de gestión en las
administraciones designadas para ello, las cuales le rinden cuenta
por los diferentes instrumentos de fiscalización y control
establecidos".
Las condiciones del presente no dan margen a mayores dilaciones:
o las aguas toman su cauce o nos empujan al precipicio.
Las empresas, de una vez por todas, deben marchar con pasos
propios, teniendo siempre como meta el plan aprobado y respetando el
marco legal de cada procedimiento.
Internamente, el cuerpo administrativo de cada una —el cual debe
especializarse al máximo en su labor—, con el apoyo de las
organizaciones políticas y el sindicato, puede hallar la mejor vía
para conseguir los objetivos propuestos, a conciencia de que mayores
facultades de decisión implican dosis proporcionales de
responsabilidad, incluso en cuanto a idear fórmulas de estímulo al
trabajador.
De este modo, exigir por lo contratado, diseñar el control
interno, y ser precisos y objetivos en la elaboración, aprobación y
ejecución del plan, dejarán de asumirse como letanías del deber ser
empresarial o "llamados" formales, para empezar a valorarse por lo
que son: vías de compromiso y protección.
Es medular que, a medida que se ensanchen los márgenes para la
creatividad, nadie confunda aumento de la autonomía empresarial con
desregulación. El trabajo del administrador o director consiste en
maniobrar con los recursos disponibles y sortear los obstáculos
eventuales para cumplir, en primerísimo lugar, con el objeto social
asignado.
Las instituciones representativas del Estado, en tanto, han de
concentrarse en proyectar las políticas a seguir, en otorgarle a
cada cual su papel y en exigirle resultados; sin restringir o
intervenir facultades y sin tener que cargar luego, por sustitución,
con las obligaciones empresariales.
Así, con cada posición definida, los errores podrán rectificarse
más prontamente porque las soluciones no correrán el riesgo de
traspapelarse entre múltiples buroes; las consecuencias de cada
acción no quedarán diluidas entre varios, o al final ningún
responsable, y estaremos más organizados para responder a las
incógnitas que nos depara el ascenso hacia una sociedad más justa,
equitativa y eficiente.