En el Olimpo:

La elevada estatura pianística del maestro Frank Fernández

Roldán Peniche Barrera

foto: Jorge Luis GonzálezPobre Schubert. Lo era a tal grado que no podía comprarse un piano; para ensayar solía aguardar por horas a las puertas de una casa que rentaba pianos para que, por unas monedas, tuviera acceso al instrumento. De todos los genios de la música es el más pobre, el más endeble y el que fallece más joven, o como generalmente se dice: "en olor de juventud". Apenas vive 31 años, 4 menos que Mozart, que muere de 35. Quizás por ello nos admira su enorme producción: fantasías, misas, impromtus, marchas militares, nocturnos, mucha música de cámara, sonatas, sinfonías, canciones, danzas y un crecido número de piezas para el piano. Extrañamente no escribió ninguna clase de conciertos. Sus Serenata y Ave María son dos de sus obras más populares y hasta hoy se conservan totalmente frescas en los repertorios de los grandes pianistas y cantores. En aquella Viena tan musical de hace dos siglos Schubert no adora a más Dios que a Beethoven, quien apenas lo precederá por un año en su marcha hacia el sepulcro.

La Sonata Claro de Luna

O Moonlight como le llaman en inglés. Decíamos que Beethoven es el Dios de Schubert: son contemporáneos, si bien el gran sordo de Bonn vive 57 años, 26 más que el pobre Franz. En nuestras pasadas crónicas atingentes a la Sinfónica de Yucatán, hemos hablado largo y tendido de Beethoven, cuyas obras marchan a paso redoblado por las sendas del tiempo. Como Schubert, nos heredará composiciones inmensamente populares: la Quinta Sinfonía, el Concierto Emperador, la Sinfonía Coral y la Sonata del Claro de Luna, inspirada, al parecer, por una dama de la sociedad vienesa. De pequeños la escuchamos; nuestro padre acostumbraba tocar en el viejo fonógrafo uno de aquellos discos de pasta de 78 rpm con la interpretación de Annia Dorfmann al piano. Transcurridos muchos años, adquirimos la versión de Horowitz en un disco RCA Víctor de 33 rpm. No hay duda de que Beethoven estaba enamorado cuando escribió esta sonata que, al parecer, ha sido tocada por todos los pianistas del mundo.

La magia de Frank Fernández

Todo lo que dice el hermoso curriculum del maestro Frank Fernández es rigurosamente cierto. Nacido en Cuba en 1944, ha andado por todo el mundo, ora estudiando, ora admirando a los públicos con sus impecables actuaciones, ora escribiendo algunas obras de verdadero mérito. Y las opiniones sobre su estatura pianística no pueden ser más auténticas (Stepanov, Rhazés Hernández, Alfredo Fermín, Bonnelly de Díaz, Odilio Urfé, entre otros destacados eruditos, han hablado de él en los más elogiosos términos) Fernández es un maestro y un mago, y su dominio del piano es admirable. Desde que atacó, con natural espíritu romántico, la Serenata de Schubert, ya sabíamos que nos encontrábamos ante un "un ser tocado por la divinidad" (Alfredo Fermín "dixit"). Fue su apertura: Tres piezas Op.90 del malogrado Schubert: Serenata No. 11, y los hermosos impromtus Nos. 2 y 4. Frank Fernández es un pianista que equilibra con sabiduría los crescendos y los diminuendos, los adagios y los prestos, la terneza y la pasión. Qué facilidad la suya al deslizar sus manos por el teclado, qué fraseo tan depurado en cada una de sus piezas, qué largo aliento comunicador que hechiza al público y nos hace partícipes de la honda experiencia estética. Concluyó el ciclo de Schubert con el Ave María, obra tan socorrida de los anuncios funerarios. Su lectura de la Sonata cuasi una fantasía, id est: Claro de Luna, de Beethoven, ha sido sobria y serena en el Adagio sostenuto, dulce en el breve Allegretto y poderosa, como una tempestad, en el Presto Agitato, que ciertamente es una tempestad.

II Parte: la canción popular de Latinoamérica

Pero no la populachera, que es muy otra cosa. El maestro Fernández escogió, para la segunda parte, inolvidables temas de compositores latinoamericanos, de Lecuona a Silvio Rodríguez, y Manzanero. Las "cuatro canciones de amor en estilo trovadoresco", melodías de César Portillo de la Luz (su música tan conocida en Yucatán¼ ), Violeta Parra, Silvio y Manzanero, gustaron de inmediato al numeroso público que acudió al Centro Cultural Olimpo. El maestro hizo algunas explicaciones sobre el origen y destino de las canciones y les dio renovada vida con su estilo tan personal y tan lleno de detalles. Las dos danzas de Lecuona (La Comparsa y Damisela Encantadora) nos trajeron gratos recuerdos de otras épocas.

La tremenda Suite para dos pianos

Si como pianista, Frank Fernández nos dejó deslumbrados, su faceta de compositor no es menos impactante. Esta Suite para dos pianos (la parte de uno de los pianos previamente grabada) dejó evidencia de la notable fuerza expresiva de su autor. Este nos regala con un tour musical por algunas geografías de América Latina, y lo mismo gozamos de un bolero, de un vals joropo, de la versión sinfónica de una Conga de mediodía, de una Habanera de cuna y de un Zapateo por derecho, suite esta para la cual no podía haber mejor intérprete que el propio compositor. Además, el virtuosismo del instrumentista está presente, con toda su frescura, en cada una de las partes de la obra. He aquí un cierre de velada estupendo, un tour de force que, de pie, el público ovacionó a manos llenas.

Ojalá pudiéramos escuchar de nuevo a Frank Fernández, por ejemplo, acompañado de la Sinfónica de Yucatán. Gracias, maestro, por una noche inolvidable. (Tomado de Por Esto!)

 

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