Llevada a las tablas por el proyecto teatral El Ingenio, la
puesta de más de una hora de duración tiene el efecto sorpresa de
caja china. Aunque, desde la entrada en la sala oscura, todo parezca
que va a acontecer encima de una cama, varias historias simultáneas
aparecen en la misma acción dramática, espacialmente opuestas, pero
contenidas entre sí.
Del texto, que aborda los conflictos del amor, la pareja, y las
distintas etapas de la vida desde la adolescencia hasta la vejez, la
versión sustrae la esencia dramatúrgica y va más allá, donde solo
quien conoce o vive nuestra circunstancia comprende la simbología y
la intertextualidad que se adueña de la escena. De ahí que sea tan
importante la factura de este espectáculo como su filiación, tan
cubana.
El montaje es rico, apasionado, doliente, hilarante, realista y
crítico a la vez. El director logra articular todos estos elementos
de tal forma que no priva su visión de la realidad contemporánea de
variantes tan importantes como la intensidad —manifiesta en las
actuaciones—, la imaginación, las emociones y, naturalmente, los
sueños.
En Sleep encontramos un espectáculo pletórico de
incitantes sutilezas e ironías. Una historia de afectos,
conformismos, engaños y carencias donde conviven varios tipos de
acciones cual si fueran cuadros o secuencias cinematográficas
—pensadas para presenciarla desde distintos ángulos— que Cremata va
presentando al público con los recursos propios del teatro.
Un encomiable diseño de luces, vestuarios, atrezzos y
proyecciones audiovisuales (en una pantalla que resalta palabras a
conveniencia) enriquecen el trabajo de composición escénica resuelto
con un gran sentido de la estética del séptimo arte que bien conoce
el cineasta. No obstante, amén del hábil manejo de los espacios, no
sucede igual con los tiempos de la acción que se dilata demasiado en
los parlamentos y que, por momentos, baja en intensidad el ritmo de
la obra.
Por su parte, el elenco brinda un drama de candente erotismo
sustentado en la expresión corporal y los equilibrados malabarismos
—casi circenses— de los personajes que encarnan las parejas jóvenes,
Yaité Ruiz, Carlos Solar, Sheila Roche y Ariel López, y un conflicto
de la vida cotidiana que interpretan con agudeza, organicidad,
toques de humor y sentido artístico los actores Nieves Riovalles,
Daisy Sánchez, Olivia Santana, Idalmis García, Hugo Vargas, Harold
Vergara, Marcial Reyes, Hamlet Paredes y los adolescentes Daniel
Romero y Malú Tarrau.
Fosse, quien estuvo presente en una de las funciones, es el
dramaturgo contemporáneo más sobresaliente de ese país nórdico.
Autor de piezas tan conocidas como El nombre, Invierno,
Alguien va a venir, La noche canta sus canciones,
El hijo y otras obras de la nueva dramaturgia europea, ha
recibido varios reconocimientos, entre ellos el Premio Internacional
Ibsen 2010, el mismo que años antes recibieran los directores Ariane
Mnouchkine y Peter Brook. Su trabajo, que ha sido traducido a más de
veinte idiomas, llega a nuestro país por primera vez con esta
adaptación de Cremata que resultó ser un espectáculo en el cual se
conjugan, al mismo tiempo, la pasión desbordada, la exquisitez, la
frivolidad y la belleza.