Éxodo en la ciudad del automóvil

David Brooks

Diego Rivera jamás podría haber imaginado que la ciudad sede de su gran mural para honrar a los trabajadores industriales, y sobre todo a los del sector automotor, donde las enormes fortunas generadas por Ford, General Motors y Chrysler construyeron la que llegaría a ser la quinta metrópolis del país más rico del mundo, de repente podría empezar a desvanecerse ante la mirada de todos, y que su mural se convertiría en solo una mirada nostálgica a un pasado cada vez más remoto.

El contraste de la ciudad de Detroit, la capital automotriz del mundo.

Detroit se desmantela lentamente, dejando abandonadas sus lujosas y amplias avenidas, tiendas enormes que lucen vacías desde hace años; su alguna vez orgulloso centro está en la oscuridad, en sus parques quedan ecos distantes de los gritos de felicidad de niños que ya huyeron, dejando un mausoleo gris al capitalismo industrial.

Un 25 % de la población de Detroit abandonó esa antigua capital automotriz del mundo durante la última década, el equivalente a una persona que se va cada 20 minutos. Ahora esa ciudad ya no está entre las diez principales urbes del país (le ganó San José, California) según las estadísticas más recientes de la Oficina del Censo de Estados Unidos reportadas esta semana.

El éxodo de Detroit es el más marcado, pero no es caso aislado. De hecho, la población estadounidense se ha trasladado del medio oeste industrial hacia el sur y el oeste del país, donde se marcó el mayor crecimiento de la población según el censo. Aunque el conteo solo registra el fenómeno, no ofrece ideas sobre las causas.

El trabajo, como en toda migración, es el gran motor de estos movimientos. Los trabajadores son obligados a seguir los pasos determinados por las grandes empresas, tanto a nivel interno como internacional, y los estadounidenses no son inmunes a eso, a pesar de vivir en un epicentro de la economía mundial.

La desindustrialización de Estados Unidos, sobre todo en el norte del país, con su rica historia de la organización sindical de trabajadores provenientes de todo el mundo, y sus grandes fábricas de acero, de autos, de hule, de vidrio y de electrónica, cada vez más abandonadas, ha causado una transformación del panorama nacional durante las últimas décadas. Aunque algunas ciudades industriales han logrado una mejor transición que otras ante este fenómeno, los viejos centros industriales de la riqueza de este país ahora parecen cementerios; las masivas fundidoras y fábricas de autos están cada vez más abandonadas, su producción es trasladada al sur del país o al sur del mundo por las grandes empresas estadounidenses transnacionales.

En parte por ello, el sindicato automotor, uno de los más poderosos hace pocas décadas y que llegó a tener más de millón y medio de agremiados, hoy lucha por sobrevivir después de haber perdido dos tercios de sus filas.

Michigan, el estado donde se ubica Detroit, fue el único de los 50 de la unión en registrar una reducción de población entre el 2000 y el 2010, según la Oficina del Censo de Estados Unidos. Esto es resultado de que ese estado padece una de las tasas más altas de desempleo del país: ahora sigue en 10,7 %. Y el nuevo gobierno republicano del estado propone reducir la ayuda estatal a los desempleados; también consideran hacer lo mismo otras entidades como fórmula para reparar sus déficits presupuestarios. Siempre es lo mismo: trasladar los costos de las crisis, creadas por el sector más rico, a los trabajadores o a los pobres. Es la misma óptica que se intenta aplicar en Wisconsin, donde se busca destruir los derechos sindicales de los empleados del sector público.

Una sexta parte de los trabajadores estadounidenses no tienen empleo o lo encuentran solo de tiempo parcial, cuando lo desean de tiempo completo, mientras la cúpula política ya no considera iniciativas de generación de empleo, pues se enfoca casi exclusivamente en las de reducción del déficit. Hay casi cinco veces más desempleados que ofertas de trabajo, y el promedio de tiempo que un trabajador ha estado desempleado es de 37 semanas, un récord de 1945 a la fecha.

Mientras tanto, unos pocos se benefician. El 10 % de los estadounidenses más ricos recibió todo —el 100 %— del crecimiento de los ingresos promedio entre el 2000 y el 2007, reportó el Instituto de Política Económica. En el 2009, el 5 % más rico controlaba el 63,5 % de la riqueza del país, mientras el 80 % de abajo poseía solo el 12,8 %, reporta Bob Herbert, columnista del New York Times.

Los resultados son visibles. Pregúntenle a los de Motor City, cuna del sonido Motown y motor de la economía industrial de Estados Unidos, que es ahora la primera ciudad en la historia de Estados Unidos que contempla seriamente una propuesta para ceder parte de la urbe para que regrese al uso agrario. Si procede el plan sería el primer desmantelamiento organizado de una importante ciudad estadounidense, comentó un experto a The Independent.

Como afirma Herbert en el Times: la avaricia ilimitada, el poder empresarial sin restricción y una adicción feroz al petróleo extranjero nos han llevado a una era de guerra perpetua y declive económico. Advierte que cuando al país más poderoso de la tierra le es fácil entrar al horror de la guerra pero casi imposible encontrar empleo adecuado para su gente o educar de manera apropiada a sus jóvenes, ha perdido el camino por completo.

Los murales incómodos

Tanto como han molestado los murales de Rivera a cierto sector poderoso en este país (fue destruido su mural comisionado por Rockefeller; durante años el del museo en Detroit permaneció oculto detrás de arbustos), parece que los políticos que lanzan la ofensiva contra los trabajadores y sus sindicatos en este país siguen percibiendo la imagen pintada como peligrosa. El gobernador republicano de Maine, Paul LePage, uno de varios que buscan reducir tanto los beneficios como el poder político de los sindicatos del sector público, ordenó retirar un mural de unos diez metros ubicado en el edificio del Departamento local de Trabajo, con 11 paneles de imágenes de trabajadores en la historia de ese estado, porque, según él, el mural es demasiado favorable al sindicato. (Tomado de La Jornada)

 

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