Detroit se desmantela lentamente, dejando abandonadas sus lujosas
y amplias avenidas, tiendas enormes que lucen vacías desde hace
años; su alguna vez orgulloso centro está en la oscuridad, en sus
parques quedan ecos distantes de los gritos de felicidad de niños
que ya huyeron, dejando un mausoleo gris al capitalismo industrial.
Un 25 % de la población de Detroit abandonó esa antigua capital
automotriz del mundo durante la última década, el equivalente a una
persona que se va cada 20 minutos. Ahora esa ciudad ya no está entre
las diez principales urbes del país (le ganó San José, California)
según las estadísticas más recientes de la Oficina del Censo de
Estados Unidos reportadas esta semana.
El éxodo de Detroit es el más marcado, pero no es caso aislado.
De hecho, la población estadounidense se ha trasladado del medio
oeste industrial hacia el sur y el oeste del país, donde se marcó el
mayor crecimiento de la población según el censo. Aunque el conteo
solo registra el fenómeno, no ofrece ideas sobre las causas.
El trabajo, como en toda migración, es el gran motor de estos
movimientos. Los trabajadores son obligados a seguir los pasos
determinados por las grandes empresas, tanto a nivel interno como
internacional, y los estadounidenses no son inmunes a eso, a pesar
de vivir en un epicentro de la economía mundial.
La desindustrialización de Estados Unidos, sobre todo en el norte
del país, con su rica historia de la organización sindical de
trabajadores provenientes de todo el mundo, y sus grandes fábricas
de acero, de autos, de hule, de vidrio y de electrónica, cada vez
más abandonadas, ha causado una transformación del panorama nacional
durante las últimas décadas. Aunque algunas ciudades industriales
han logrado una mejor transición que otras ante este fenómeno, los
viejos centros industriales de la riqueza de este país ahora parecen
cementerios; las masivas fundidoras y fábricas de autos están cada
vez más abandonadas, su producción es trasladada al sur del país o
al sur del mundo por las grandes empresas estadounidenses
transnacionales.
En parte por ello, el sindicato automotor, uno de los más
poderosos hace pocas décadas y que llegó a tener más de millón y
medio de agremiados, hoy lucha por sobrevivir después de haber
perdido dos tercios de sus filas.
Michigan, el estado donde se ubica Detroit, fue el único de los
50 de la unión en registrar una reducción de población entre el 2000
y el 2010, según la Oficina del Censo de Estados Unidos. Esto es
resultado de que ese estado padece una de las tasas más altas de
desempleo del país: ahora sigue en 10,7 %. Y el nuevo gobierno
republicano del estado propone reducir la ayuda estatal a los
desempleados; también consideran hacer lo mismo otras entidades como
fórmula para reparar sus déficits presupuestarios. Siempre es lo
mismo: trasladar los costos de las crisis, creadas por el sector más
rico, a los trabajadores o a los pobres. Es la misma óptica que se
intenta aplicar en Wisconsin, donde se busca destruir los derechos
sindicales de los empleados del sector público.
Una sexta parte de los trabajadores estadounidenses no tienen
empleo o lo encuentran solo de tiempo parcial, cuando lo desean de
tiempo completo, mientras la cúpula política ya no considera
iniciativas de generación de empleo, pues se enfoca casi
exclusivamente en las de reducción del déficit. Hay casi cinco veces
más desempleados que ofertas de trabajo, y el promedio de tiempo que
un trabajador ha estado desempleado es de 37 semanas, un récord de
1945 a la fecha.
Mientras tanto, unos pocos se benefician. El 10 % de los
estadounidenses más ricos recibió todo —el 100 %— del crecimiento de
los ingresos promedio entre el 2000 y el 2007, reportó el Instituto
de Política Económica. En el 2009, el 5 % más rico controlaba el
63,5 % de la riqueza del país, mientras el 80 % de abajo poseía solo
el 12,8 %, reporta Bob Herbert, columnista del New York Times.
Los resultados son visibles. Pregúntenle a los de Motor City,
cuna del sonido Motown y motor de la economía industrial de Estados
Unidos, que es ahora la primera ciudad en la historia de Estados
Unidos que contempla seriamente una propuesta para ceder parte de la
urbe para que regrese al uso agrario. Si procede el plan sería el
primer desmantelamiento organizado de una importante ciudad
estadounidense, comentó un experto a The Independent.
Como afirma Herbert en el Times: la avaricia ilimitada, el poder
empresarial sin restricción y una adicción feroz al petróleo
extranjero nos han llevado a una era de guerra perpetua y declive
económico. Advierte que cuando al país más poderoso de la tierra le
es fácil entrar al horror de la guerra pero casi imposible encontrar
empleo adecuado para su gente o educar de manera apropiada a sus
jóvenes, ha perdido el camino por completo.