vio la luz en Cuba en 1963. Fanon había
muerto dos años antes en un hospital norteamericano víctima de
leucemia y aquel era su libro póstumo. El polémico prólogo que firmó
Jean Paul Sastre para la edición príncipe le otorgaba un notorio
aval intelectual. Pero por sí mismo Los condenados¼
se presentaba como un testimonio de radicales resonancias
escrito por un hombre que había nacido en Martinica, combatido en la
Segunda Guerra Mundial con la Resistencia francesa, graduado de
Medicina y especializado en Psiquiatría, ejercido como tal en
Argelia y sumado a las misiones clandestinas del Frente de la
Liberación Nacional en ese país norafricano.
Antes, en 1952, durante su estadía en Francia, concibió un ensayo
que tuvo una honda repercusión, Piel negra, máscaras blancas.
Los lectores cubanos en general, y de modo muy particular los medios
intelectuales, recibieron con interés su publicación en 1968. El
contexto no podía ser más propicio: dos años atrás La Habana había
sido escenario de la Conferencia Tricontinental, el ejemplo del Che
se expandía como paradigma de luchador revolucionario y de una nueva
ética, y en Vietnam se libraba una batalla contra el imperialismo
norteamericano en la que se sentían representados los pueblos del
Tercer Mundo.
Al irrumpir la segunda década de este siglo, Piel negra,
máscaras blancas vuelve a circular entre nosotros por iniciativa
del Centro Martin Luther King Jr. y su editorial Caminos. Tras su
presentación inicial en la reciente Feria del Libro, este último fin
de semana fue relanzado en el Centro Dulce María Loynaz, de la
capital, en un acto en el que intervinieron el ensayista Roberto
Zurbano, autor del prólogo de la edición, y el sociólogo Aurelio
Alonso.
Ambos alentaron a los nuevos lectores a desentrañar las claves
del pensamiento fanoniano y articular sus hallazgos a las
impostergables tareas emancipatorias de nuestros tiempos. Porque si
bien el mundo no es el mismo de la medianía de la pasada centuria,
los retos de la descolonización cultural y mental se yerguen con
mayor agudeza en una época donde los agresivos ímpetus imperiales y
la manipulación mediática que suelen acompañar a estos tienden a
confundir, paralizar, intervenir, limar y diluir los reclamos de
justicia social de las mayorías.
Ciertamente, como apuntó Zurbano, "Piel negra, máscaras
blancas es el desmontaje psicoanalítico e ideológico del
racismo: sus argumentos están sustentados en las grandes discusiones
que atravesaban las diversas tendencias del psicoanálisis freudiano-lacaniano
y su relación con el marxismo". Pero una lectura atenta y abierta
conduce a una espiral superior: de la explicación y la crítica al
racismo, Fanon deriva hacia una explicación y crítica a la hegemonía
ideológica y cultural del modo de producción capitalista, válido
para su etapa imperialista y de plena actualidad en las condiciones
de su expansión global. Y, mucho más importante, de la crítica,
Fanon extrae consecuencias prácticas para la acción revolucionaria.
Alonso consideró a Fanon una fuente imprescindible para la
reactualización del marxismo. Recordó cómo fue de los primeros en
darse cuenta que la contradicción fundamental del tiempo que le tocó
vivir no era entre el Este y el Oeste —tal como se pretendía
visualizar en las coordenadas de la Guerra Fría—, sino entre el
Norte y el Sur, como se ha probado ya. También advirtió
premonitoriamente cómo la colonización persistía en el imaginario,
la conducta y las prácticas culturales de los colonizados —y en los
aviesos mecanismos de dominación de los centros hegemónicos del
poder— aun mucho después de conseguidos la independencia política,
el reconocimiento de los derechos civiles y las libertades formales.
Con tales argumentos, Fanon está en la pelea. Como Gramsci y el
Che, Malcolm X y Ho Chi Minh. Y nuestro Fidel.