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Andanzas entre miel y azúcar
Granma se acerca a una jefa de turno integral en
un central azucarero y delegada al VI Congreso del Partido
Ortelio González Martínez
Arminda Meneses Unzué baja las escaleras lentamente para después,
comenzar a subirlas. Ese rito lo hace 10, 15 y más veces en tiempo
de zafra, no importa si es de día, noche o madrugada.
Por
su dedicación y entrega al trabajo, Arminda es delegada al VI
Congreso del Partido.
Ahora mismo volvemos a emprender la ruta en sentido contrario y
en unos minutos andamos a más de 20 metros de altura, allá por el
área de los evaporadores y los tachos del central Ciro Redondo, en
Ciego de Ávila. Quién mejor que esta mujer, que se de-sempeña como
jefa de turno integral en una fábrica de azúcar, para que hable de
las intimidades de una zafra en la que es protagonista, o del coloso
que le debe 30 años de desvelos.
El aire trae olor a guarapo y Arminda, delegada al VI Congreso
del Partido, destapa los recuerdos, coincidentes todos en que ese
ingenio es parte inseparable de su ser, a contrapelo de los consejos
del padre, cuando allá, en Limones Palmero, un pueblito del sur
avileño, le decía: "las mujeres son para la casa; para lavar,
planchar y cocinar", infinitivos que no consiguieron sojuzgarla.
"Cuando concluí el técnico de nivel medio en Química azucarera,
en el tecnológico Mario Herrero Toscano, de Camagüey, me ubicaron a
hacer el servicio social en el laboratorio del Ciro Redondo. Allí
llegué a ser jefa de turno, hasta que hace unos años me decidí por
el oficio actual.
"El cambio no ocurrió así como así. Cuando me hicieron la
propuesta para jefa de turno integral, pensé que jugaban conmigo,
porque esta actividad siempre la realizaron hombres; incluso,
ingenieros de gran capacidad de trabajo y experiencia, pero me dije:
‘tú puedes, Arminda’. Y aquí estoy en mi sexta zafra que, por
cierto, ninguna se parece a la otra. Las hay de 104 días de molida,
de 108, 189 y de 131, como la actual."
LOS OJOS DEL INGENIO
Arminda no quiere dejar de decir cuánto significó para ella el
laboratorio, los ojos del moledor de caña, como lo define.
"En verdad yo no quería dejarlo. Es un sitio de mucha importancia
cuando de la producción se trata. En los laboratorios se realizan
los análisis que ayudan a comprender gran cantidad de elementos en
el proceso, incluso, dónde están los problemas. Entonces uno va al
lugar exacto donde ocurren."
Habla mientras camina. "Una no puede detenerse. Dentro de un
central son muchos poquitos que se vuelven problemas grandes si no
le das solución inmediata".
De paso, Bárbaro Batista Medina, 34 años dentro del ingenio,
mecánico integral en la casa de calderas, saluda a Arminda y ante la
pregunta del reportero responde: "mejor no la queremos. Es muy
exigente, con un humanismo sin límites".
Más allá, en el área de basculador y molino, nos encontramos con
Juan Torres Pérez.
—¿Cómo anda el trabajo?, indaga Arminda.
—Bien. Hay caña y estoy seguro que moleremos bien y cumpliremos
el plan de azúcar.
—¿Y cuánto ganaste en la pasada quincena?, inquiere la jefa de
turno para que el periodista se entere.
—841 pesos en la quincena, más un porcentaje en divisa. Estamos
saliendo mejor que en la pasada zafra.
Y así fue durante las horas de andares al lado de una mujer que
tiene a 102 trabajadores bajo su mando, la mayoría hombres.
Dice Arminda que tiene miedo escénico, pero si tiene que hablar
en el Congreso del Partido, lo hará y expondrá sus criterios; "los
míos", reafirma sin titubeos.
"En un momento creímos que los centrales iban a ser intocables;
que perdurarían en el tiempo y producirían azúcar a toda costa.
"Los nuevos tiempos nos traen enseñanzas valiosas, sobre todo a
pensar y actuar en colectivo, a tener mentalidad económica porque el
país lo necesita. No hay otra alternativa."
Arminda levanta la vista y ve el color del humo, ni muy blanco ni
muy negro. "Hoy volveremos a tener buena molida", dice con palabras
de fiel enamorada del ingenio que la conquistó 30 años atrás. Mañana
será otro día, pero la historia del coloso y la mujer cohabitan en
el tiempo, como una pareja que se niega a renunciar a sus andanzas
entre la miel y el azúcar. |