Más de 30 años tuvo que esperar el poeta argentino Juan Gelman
para encontrar a su nieta desaparecida. En el año 2000 volvió a ver
a Macarena, la niña arrebatada a su familia cuando era apenas una
bebé y entregada a un policía.
Otro tanto puede decirse de Clelia de Fontana, de 79 años, quien
en el 2009 experimentó una de las mayores satisfacciones de su vida
cuando recuperó a su nieto, Alejandro Sandoval.
La de Francisco Madariaga es una historia parecida. Conoció a su
verdadero padre en el 2010, a los 33 años, y así recuperó su
identidad.
Aunque parecen de ficción, estas historias reviven hoy con mucha
más fuerza. Sus protagonistas tienen en común el haber sido testigos
(y víctimas) de odios pasados, de la violencia irracional, la
persecución, la represión, la tortura y el terrorismo de Estado.
Formaban parte, sin saberlo, del llamado "Plan Sistemático" (más
bien diabólico, de la última dictadura militar argentina, que
contemplaba además "cortar los lazos de sangre entre los niños
secuestrados, ya sea en operativos junto con sus padres o los
nacidos en cautiverio".
El procedimiento para apropiarse de los menores fue denunciado
por la organización Abuelas de la Plaza de Mayo. Este grupo de
valientes defensoras de la justicia y los derechos humanos, surgió
en la década de los 70 para exigir la aparición de sus nietos.
En la actualidad, estiman que son alrededor de 500 los casos de
menores desaparecidos durante la represión de aquellos gobiernos
militares. Muchos nacieron en cautiverio, pero otros fueron
secuestrados de pequeños junto a sus padres y a ellos hay que sumar
los niños que se presume fueron asesinados.
En total hay 102 personas que ya recuperaron su identidad. De
ellas, la mayoría había sido apropiada por agentes de la represión
que les "borraron las memorias" y los criaron como hijos biológicos.
Otros, en cambio, habían sido adoptados de buena fe.
¿Qué puede pasar por la cabeza de una persona capaz de semejante
atrocidad? ¿Tantos años viviendo como si nada hubiera pasado?
El banquillo de los acusados de la justicia argentina es ocupado
nuevamente con la presencia del dictador Jorge Rafael Videla, quien
en esta ocasión es la "figura" de un histórico proceso que, por
primera vez, indaga en los métodos utilizados en semejante
operación.
El pasado diciembre, Videla fue condenado a prisión perpetua por
un tribunal de Córdoba, que le juzgó por el fusilamiento de una
treintena de presos políticos en 1976.
Al represor se le une en esta ocasión Reynaldo Bignone,
sentenciado en abril del año pasado a 25 años de cárcel por delitos
de lesa humanidad, y otros seis especímenes de la dictadura.
Miles de excusas podrían esgrimir los enjuiciados por los delitos
de sustracción, retención, ocultamiento y sustitución de identidad
de menores de diez años; por el robo de 33 niños, hijos de
opositores al régimen militar. Sin embargo, sería justificar lo
injustificable.
Los acusados, que no escatimaron sonrisas, escucharon
imperturbables los cargos leídos contra ellos en la primera jornada
del proceso.
Durante diez meses los tres magistrados del tribunal escucharán a
más de 370 testigos, juzgarán 34 casos de robos de bebés a mujeres
que, en su mayoría, dieron a luz en los centros de detención de la
Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA), la guarnición
militar de Campo de Mayo y el denominado Pozo de Banfield, en Buenos
Aires.
De los casos expuestos en el proceso iniciado el pasado 28 de
febrero, algunos permanecen desaparecidos y otros fueron
restituidos. Entre los que no han sido hallados está el nieto de la
presidenta de Abuelas de la Plaza de Mayo, Estela de Carlotto.
Entre los restituidos está la nieta del poeta Juan Gelman; el
legislador de la ciudad de Buenos Aires, Juan Cabandié, nacido en la
ESMA, así como la diputada nacional Victoria Donda.
La apropiación de menores fue un delito que no se constituyó como
figura penal hasta después de las llamadas leyes del perdón y del
indulto de los años 80, que pasaron por alto los crímenes de miles
de represores, y a los excomandantes condenados.
Casi a fines de los 90, las Abuelas consiguieron que la
apropiación y el robo sistemático de hijos de desaparecidos fueran
considerados delitos de lesa humanidad. Fue por esa vía que los
abogados de la entidad iniciaron un proceso legal contra Videla y el
resto de los oficiales.
La inocencia secuestrada de las víctimas de tan horrible crimen
queda latente en la memoria, cual flores a las que solo les hubiesen
dejado espinas.