Existen
pocos nombres de artistas cubanos que el público asocia
inmediatamente con solo una mención; entre ellos se halla, sin
dudas, Bola de Nieve, uno de los más genuinos músicos que ha dado
nuestra Isla. A cien años de su natalicio y 40 de su deceso,
(1911-1971), los homenajes hacia la figura del cantante, pianista y
compositor comenzaron desde bien temprano en la escena teatral.
Monseñor Bola es el nombre de la obra que, hasta marzo,
estrena la cartelera de la sala Teatro Hubert de Blanck, escrita y
dirigida por Héctor Quintero. El espectáculo musical —que tuvo su
estreno mundial en Washington, por el Teatro Latino de esa ciudad
norteamericana, en junio de 2010— está inspirado en hechos y
personajes reales que de un modo u otro tuvieron relación con
Ignacio Villa Fernández, más conocido como Bola de Nieve, apodo que
—según se sabe— hizo público la cantante Rita Montaner durante una
presentación en México.
Nueve personajes, siete cantantes y el cuerpo de baile de la
Compañía Latin Dance Ballet se ven implicados en una singular
comedia ubicada en Washington D.C., donde Hugo, un director de
teatro, interpretado por évert Álvarez, hace un casting para escoger
a los actores que trabajarán en una obra referida a Bola de Nieve.
Así convergen en el escenario una serie de historias que poco a poco
recorren la biografía del cantante en parlamentos del director, su
esposa, un periodista, e Israel, el capitán del cabaret Monseigneur,
lugar habitual de presentación del intérprete de Mesié Julián.
La situación se torna más atractiva cuando aparecen en escena
Jaime Jiménez, tan certero y orgánico en el papel de Marian, una
cantante transexual que busca desesperadamente el papel protagónico;
y Candy Quintana, la madrina, quien acapara todo el espectáculo con
su carisma y ese humor tan diáfano que la caracteriza.
El espectáculo echa mano de varias fórmulas a base de ceremonias,
cabaret, rituales mágico religiosos y farsa del absurdo con teatro
dentro del teatro que revelan, nuevamente, la estética satírica y
desbordante de ironía del autor de Contigo pan y cebolla. No
obstante, hay que acotar que en Monseñor Bola el dinamismo
solo reside en el diálogo de los actores; el engranaje no se acomoda
del todo en cuanto llegan al escenario canciones y bailes que, sin
un pretexto dramatúrgico, ralentizan el ritmo de la comedia musical,
género que toma auge en la escena contemporánea.
En las casi dos horas que dura la puesta, los bailes y los 19
números musicales de Eliseo Grenet, Chabuca Granda, Edith Piaf,
Adolfo Guzmán, Moisés Simons, y de la autoría del propio Bola que se
interpretan, no aparecen con un motivo preciso en todos los casos
aunque, definitivamente, sea cierto que para hablar del pianista
natural de Guanabacoa hay que disfrutar de su excelencia musical.
Simpático y ocurrente, con más aciertos que desaciertos, Quintero
—quien merece que se le anote a su favor el que haya decidido volver
a las tablas— vuelve a hacernos reír y reflexionar. Desde el
programa de mano, el dramaturgo explica la génesis de la obra,
agradece a todos los que ayudaron en su empeño y anuncia lo que
depara la sala oscura del teatro. De todas formas, bien valió el
sacrificio.
Agradable resulta, al mismo tiempo, asistir a este reencuentro
con el director y al homenaje ineludible, en grado superlativo, del
compositor de piezas tan memorables entre las que cuentan Si me
pudieras querer, Ay amor, Tú me has de querer, y
No dejes que te olvide.
De tez negra y sonrisa perpetua, el gran Bola comenzó su carrera
artística en 1933 acompañando al piano a Rita Montaner. Durante más
de cuarenta años, su manera personalísima de interpretar en español,
inglés, francés, italiano, catalán y portugués le acarreó éxitos y
reconocimientos por toda América Latina, Estados Unidos, Europa,
Rusia, China. Sobre él, el escritor chileno Pablo Neruda escribió:
"Bola de Nieve se casó con la música y vive con ella en esa
intimidad llena de pianos y cascabeles, tirándose por la cabeza los
teclados del cielo. ¡Viva su alegría terrestre! ¡Salud a su corazón
sonoro!" Y mucha razón, en estas palabras, llevaba el poeta.