Su labor profesional ha tenido como "epicentro" la salud de las
personas de muy bajos recursos de la comuna de Kenscoff (52 000
habitantes), ubicada unos 25 kilómetros al sudeste de Puerto
Príncipe, en una deforestada montaña nada menos que a 1 400 metros
sobre el nivel del mar, en un peculiar microclima de muy bajas
temperaturas.
Unas 30 o 40 personas esperan en el salón, pues "las necesidades
de atención médica acumuladas a través de los años son muchas en
Haití y es difícil satisfacerlas".
En el momento de la visita de Granma, la doctora Dinora,
siempre afable y con una sonrisa que realza su belleza natural,
atendía a Gillen Jean por infección vaginal y posteriormente a los
niños Paul Richarson, de 14 años, y Félix Frantz, de 2 meses de
nacido, por una infección respiratoria aguda.
La ayudaban en la consulta el peruano Niels Alfredo Nastares y la
haitiana Lourdes Philippeaux, graduados en el 2009 y el 2010,
respectivamente, de la Escuela Latinoamericana de Medicina de La
Habana.
Tiene a su cargo en esos contornos montañosos la única
institución asistencial (dispensario) de la Santé (Ministerio de
Salud Pública y Población de Haití); y lo mismo se le ve en la
consulta desde temprano o bajando o subiendo lomas en el trabajo de
terreno, en visitas a casas humildes, donde calma tanto sufrimiento
de las familias haitianas.
Relata que aunque en Kenscoff reside una fuerte clase media, que
tiene a su disposición clínicas privadas, muchos de sus habitantes
no cubren sus necesidades mínimas y a veces no tienen incluso cómo
pagar los 25 gourdes (casi 50 centavos de dólar), que la
Santé estipula como tarifa por el dossier (expediente) médico por
paciente.
"He vivido y sufrido las carencias materiales y existenciales del
pueblo haitiano", puntualiza.
Recuerda las difíciles circunstancias en que le tocó atender la
salud de los desplazados del terremoto en los campamentos Bele I y
II en Puerto Príncipe, de las jornadas extraordinarias por la
emergencia del sismo en los hospitales de campaña, de la asistencia
médica en Ka-Fu-Fey y Fond Verrettes, "esta última una zona muy
rural cerca de la frontera con República Dominicana, en la cual te
encuentras una miseria tan extrema como no había visto nunca en mi
vida", dijo.
Representó igualmente para ella un de-safío aprender sobre la
marcha el creole con los haitianos que trabajan en el lado
dominicano, así como enfrentar la epidemia de cólera en la comuna de
Arcahaie, también del departamento Oeste.
Enfundada en el amor, "dondequiera que esté", a su hijo de 13
años, Carlos Alberto Quesada Lahera, en octavo grado, a su esposo
Eusebio Betancourt Pérez, un técnico de la compañía ETECSA en
Guantánamo, señala con orgullo que después de Haití no podrá
equivocarse nunca en el diagnóstico de enfermedades como el cólera,
la malaria o la fiebre tifoidea, de las que solo tenía referencias
bibliográficas, una experiencia única.
Nos pidió que no dejáramos de mencionar las muestras de afecto
del pueblo haitiano y afirmó que le gusta mucho la pelota y "en esta
Serie 50, aunque guantanamera, deseó el triunfo del equipo de
Santiago de Cuba".