Supe que varios intelectuales prestigiosos, y amigos sinceros de
Cuba, visitaron nuestra Capital para participar en la XX Feria
Internacional del Libro de La Habana.
Esa Feria es una de las modestas cosas buenas que hemos
impulsado. Los libros y las ideas que ustedes elaboran y promueven
han sido fuentes de aliento y esperanza; gracias a ellos, conocemos
lo que vale el injerto del talento y la bondad. Sus nombres se
familiarizan y se repiten a lo largo de la vida durante años, que
siempre nos parecen breves.
Entre los factores que amenazan al mundo están las guerras. Los
científicos han sido capaces de poner en manos del hombre colosales
energías, que han servido entre otras cosas para crear un
instrumento autodestructivo y cruel como el arma nuclear.
Los intelectuales puedan quizás prestar un enorme servicio a la
humanidad. No se trataría de salvarla en términos de milenios, tal
vez ni siquiera en términos de siglos. El problema es que nuestra
especie se encuentra ante problemas nuevos, y no aprendió siquiera a
sobrevivir.
Si logramos que los intelectuales comprendan el riesgo que
estamos viviendo en este momento, en que la respuesta no se puede
posponer, tal vez logren persuadir a las criaturas más
autosuficientes e incapaces que han existido nunca: nosotros, los
políticos.
¿Cómo?
Me correspondió hace casi 20 años la desagradable tarea de
advertir al mundo, en la Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio
Ambiente y Desarrollo, que nuestra especie estaba en peligro de
extinción.
Lo razoné entonces, aunque el peligro no era inminente como
ahora, se me escuchó con atención, aunque tal vez sería mejor decir
que con benevolencia.
Hubo aplausos. Un tipo se había percatado de eso. Los
superpoderosos allí reunidos se dieron cuenta de que era cierto,
pero un problema que ellos, desde luego, se ocuparían de resolver en
los siglos que tenían por delante.
La cara sonriente de Bush padre, y la monumental mole del
Canciller alemán Helmut Kohl, marchando con rapidez por un ancho
pasillo, al frente del grupo después de la foto final, propiciaba la
impresión de que nada podía perturbar el feliz sosiego de nuestro
espléndido mundo.
Tan tonto como los demás mortales, quedé con la idea de que tal
vez había exagerado.
Han pasado solo 19 años y hoy veo cosas perturbadoras que ya
están sucediendo y no admiten dilación alguna.
Más vale parecer locos que serlo y no parecerlo. Si pensamos que
estamos ya a un paso del abismo y nuestro cálculo no fuera exacto,
ningún daño haríamos a la humanidad. Cuando nos acercamos ya a los 7
mil millones de habitantes, no es cuestión de ponerse a filosofar
sobre Malthus y las posibilidades de la soya, el trigo y el maíz
genéticamente modificado.
Los norteamericanos, que en eso son los más avanzados, saben bien
cuál es el tope de sus posibilidades.
Es hora ya de prestar atención a los ecologistas y los
científicos como Lester Brown, la máxima autoridad mundial en esa
materia y la producción de alimentos.
Pensadores eminentes ven con claridad que el sistema capitalista
desarrollado marcha hacia un desastre inevitable. Nadie habría sido
capaz de prever las nuevas situaciones que se van creando a lo largo
del camino, y en nada se niega sino, por el contrario, se confirman
las crisis que nos convirtieron en revolucionarios. Ahora no se
trata de la inevitabilidad del cambio de la sociedad, sino del
derecho de la especie a una vida diferente por la cual no hemos
dejado de luchar.
Ni siquiera entre las religiones que postulan el Apocalipsis, una
idea en la que creen muchos, nadie que yo sepa sugirió que sería
este milenio y mucho menos este siglo.
He meditado mucho estos días en los sucesos que están teniendo
lugar y les ruego hagan lo mismo, sin temor alguno de solicitarles
un esfuerzo inútil.
Tengo el hábito de leer cuanto análisis de ecologistas y
científicos prestigiosos llega a mis manos.
Ayer, cuando meditaba sobre lo ocurrido en Túnez y Egipto, me
llamó la atención un artículo recién publicado de Paul Krugman,
escritor renombrado y economista serio, cuyos análisis sobre las
medidas de Roosevelt a raíz de la Gran Depresión y la guerra,
reflejaban un especial conocimiento de la economía en Estados Unidos
y el papel desempeñado por el autor del New Deal. No es
marxista ni socialista. Recibió el Premio Nobel de Economía en el
año 2008. Vean lo que escribió sobre la crisis de los alimentos, la
persona tal vez más autorizada para hacerlo.
Sequías, inundaciones y alimentos
PAUL KRUGMAN 13/02/2011
Estamos en mitad de una crisis alimentaria mundial (la segunda en
tres años). Los precios mundiales de los alimentos batieron un
récord en enero, impulsados por los enormes aumentos de los precios
del trigo, el maíz, el azúcar y los aceites. Estos precios
desorbitados solo han tenido un efecto limitado en la inflación
estadounidense, que sigue siendo baja desde un punto de vista
histórico, pero están teniendo un impacto brutal para los pobres del
mundo, que gastan gran parte o incluso la mayoría de sus ingresos en
alimentos básicos.
Las consecuencias de esta crisis alimentaria van mucho más allá
de la economía. Después de todo, la gran pregunta acerca de los
levantamientos contra los regímenes corruptos y opresivos en Oriente
Próximo no es tanto por qué se están produciendo como por qué se
están produciendo ahora. Y hay pocas dudas de que el hecho de que el
precio de la comida esté por las nubes ha sido un desencadenante
importante de la cólera popular.
¿Y qué hay detrás del repunte de los precios? La derecha
estadounidense (y la china) culpa a las políticas del dinero fácil
de la Reserva Federal, y hay al menos un experto que afirma que hay
"sangre en las manos de Bernanke". Mientras tanto, el presidente
francés Nicolás Sarkozy culpa a los especuladores y les acusa de
"extorsión y pillaje".
Pero las pruebas cuentan una historia diferente, mucho más
siniestra. Aunque hay varios factores que han contribuido a la
drástica subida de los precios de los alimentos, el que realmente
sobresale es la medida en que los acontecimientos meteorológicos
adversos han alterado la producción agrícola. Y estos
acontecimientos meteorológicos adversos son exactamente la clase de
cosas que uno esperaría ver a medida que el aumento de las
concentraciones de los gases de efecto invernadero cambie el clima
(lo que significa que la actual subida del precio de la comida
podría ser solo el principio).
Ahora bien, hasta cierto punto, el vertiginoso ascenso de los
precios de los alimentos forma parte de un encarecimiento general de
los productos básicos: los precios de muchas materias primas, que
abarcan todo el espectro desde el aluminio hasta el zinc, han estado
subiendo rápidamente desde principios de 2009, principalmente debido
al acelerado crecimiento industrial en los mercados emergentes.
Pero la relación entre el crecimiento industrial y la demanda
está mucho más clara en el caso del cobre, por ejemplo, que en el de
los alimentos. Excepto en los países muy pobres, el aumento de la
renta no tiene un gran efecto en la cantidad que come la gente.
Es cierto que el crecimiento en algunos países emergentes como
China conduce a un aumento del consumo de carne y, por tanto, a un
incremento de la demanda de pienso para los animales. También es
cierto que las materias primas agrícolas, especialmente el algodón,
compiten por la tierra y otros recursos con los cultivos destinados
a la alimentación (como también lo hace la producción subvencionada
de etanol, que consume muchísimo maíz). De modo que tanto el
crecimiento económico como las malas políticas energéticas han
contribuido en cierta medida al repentino encarecimiento de la
comida.
Aun así, los precios de los alimentos iban a la zaga de los
precios de otros productos básicos hasta el verano pasado. Entonces
llegó el azote del tiempo.
Fíjense en el caso del trigo, cuyo precio casi se ha duplicado
desde el verano. La causa inmediata del repunte del precio del trigo
es evidente: la producción mundial ha caído en picada. La mayor
parte del declive de dicha producción, según los datos del
Departamento de Agricultura de EE.UU., es el reflejo de una drástica
bajada en la antigua Unión Soviética. Y sabemos a qué se debe eso:
una ola de calor y una sequía sin precedentes, que elevaron las
temperaturas de Moscú por encima de los 38 grados por primera vez en
la historia.
La ola de calor rusa solo ha sido uno de los muchos
acontecimientos meteorológicos extremos recientes, desde la sequía
de Brasil hasta las inundaciones de proporciones bíblicas de
Australia, que han mermado la producción mundial de alimentos.
La pregunta, por tanto, pasa a ser qué hay detrás de estas
condiciones meteorológicas extremas. Hasta cierto punto, estamos
viendo las consecuencias de un fenómeno natural, La Niña, un
acontecimiento periódico en el que el agua del Pacífico ecuatorial
se enfría más de lo normal. Y los fenómenos de La Niña se han
relacionado históricamente con crisis alimentarias mundiales, entre
ellas, las crisis de 2007 y 2008.
Pero la historia no termina ahí. No se dejen engañar por la
nieve: en conjunto, 2010 está vinculado con 2005 por ser el año más
cálido del que se tienen registros, aun cuando nos encontrábamos en
un periodo de actividad solar mínima y La Niña fue un factor de
enfriamiento durante la segunda mitad del año. Los récords de
temperatura no solo se batieron en Rusia, sino en al menos 19
países, que representan una quinta parte de la superficie terrestre
del planeta. Y tanto las sequías como las inundaciones son
consecuencias naturales de un mundo que se calienta: las sequías
porque hace más calor, las inundaciones porque los océanos más
calientes liberan más vapor de agua.
Como siempre, no es posible atribuir ningún acontecimiento
meteorológico concreto a los gases de efecto invernadero. Pero el
patrón que estamos viendo, con máximos extremos y en general un
tiempo extremo que se vuelve mucho más habitual, es justo lo que uno
esperaría del cambio climático.
Por supuesto, los sospechosos habituales se pondrán como locos
ante las insinuaciones de que el calentamiento global pueda tener
algo que ver con la crisis alimentaria; quienes insisten en que Ben
Bernanke tiene las manos manchadas de sangre suelen ser más o menos
los mismos que insisten en que el consenso científico sobre el clima
es el reflejo de una descomunal conspiración de la izquierda.
Pero las pruebas indican, de hecho, que lo que estamos viviendo
ahora es un adelanto de la alteración, económica y política, a la
que nos enfrentaremos en un mundo recalentado. Y dada nuestra
incapacidad para actuar frente a los gases de efecto invernadero, se
avecinan muchas más cosas, y mucho peores.
Han pasado casi 19 años de la Cumbre de Río de Janeiro y tenemos
el problema delante. Allí estábamos planteando esos problemas, sin
imaginarnos que el fin de la especie puede ser dentro de un siglo o
de decenios, si antes no se produce una guerra.
El aumento de los precios de los alimentos agravará de inmediato
sin ninguna duda la situación política internacional. Si como
consecuencia de todo esto se agravan los problemas, me pregunto:
¿debemos ignorarlos?
Me gustaría que sobre este tema se centrara nuestro debate.
La Humanidad hay que empezar a salvarla ya.