Afinidades

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu

Afincado en el escabroso y a la vez sugestivo tema del intercambio de parejas, el binomio Vladimir Cruz-Jorge Perugorría entrega en su ópera prima Afinidades una historia tan eróticamente subidita de tono como bastante ágil en su desenvolvimiento, y no son pocos los espectadores que se entusiasman.

Queda claro, sin embargo, que los realizadores aspiran a mucho más que la clásica formulación de "buena para pasar un rato".

No tiene que avanzar demasiado el metraje para que se sepa por dónde va el asunto de los cuatro seres que se dan un brinquito disipador a las cabañas de Guamá, quizá por aquello de que el estado agreste del entorno puede resultar propicio para desatar los instintos.

Bastante insinuada la intención de la flecha, el quid radica entonces en sopesar la trascendencia del vuelo.

Llama la atención que Vladimir Cruz debute como guionista en un tema en apariencia ligero, pero tan complejo (cuando se toma en serio, y tal es el caso) que hizo que Stanley Kubrick —salvando diferencias entre un filme y otro— tuviera en Ojos bien cerrados (1990) el único filme medianamente fallido de su brillante carrera.

Dos preguntas a resolver son esenciales para cualquier realizador adentrado en este tipo de argumento transgresor y a la vez con fuerte calado en los misterios de la existencia: qué mueve a la pareja a hacer lo que hace y cómo quedan moralmente una vez consumado el hecho.

Matices más, matices menos, el guión de Vladimir Cruz define bastante bien a los cuatro personajes en conflicto. Los dos hombres van camino (¿o ya lo son?) de convertirse en descartes totales en lo que respecta a principios éticos. Corrupto y combinando los florilegios de un cínico simpático, el personaje de Perugorría se aprovecha de su cargo de empresario del "billete fuerte" para someter al amigo (Cruz), más obligado que dispuesto "a lo que sea" con tal de que no lo dejen excedente en el trabajo y, además, fuera de la rapacería por venir que el otro asoma en sus parlamentos. Ambos, por lo que dicen y piensan, son frustrados en diversos niveles, buscan y no encuentran

La extranjera (la española Cuca Escribano), aunque con una reserva de sensibilidad, parece una experimentada que ha bebido todas las mieles, y la joven (Gabriela Griffith), acaso sea el único ser inocente del grupo, la ovejita imprescindible para ser conducida al matadero.

Moviéndose entre el drama y recursos de la comedia ligera, los realizadores tantean un tono a rato vacilante como estilo narrativo para definir la intensidad que va envolviendo a los personajes antes de llegar a la hora cero que los pondrá desnudos ante una cámara. Alternan buenos y no tan buenos momentos en imágenes, diálogos y actuaciones; contrastan el detalle bien dispuesto y el trazo lacio, mientras los minutos transcurren hacia el gran acontecimiento que, anuncia la española, tendrá lugar en la fiesta nocturna.

Resalta más entonces la furia sicalíptica por llegar, que los desgarramientos que la provocan y por los cuales —hay que reconocerlo— apuestan los realizadores, aunque no logren concretarlo con el mejor oficio. La película se torna así más espectáculo erótico que construcción intelectual, aunque las escenas fuertes se necesitaban para conmocionar (a los personajes y al público) antes de llegar a la segunda pregunta determinante que se hacen los realizadores empeñados en estos avatares del sexo: ¿cómo quedan moralmente los implicados una vez consumado el hecho?

La respuesta es un final vacilante y no porque cada uno de los implicados sea un mundo aparte, un cierre que en el caso del personaje de la española se resuelve con un soplo moralizante cristiano que, en imágenes, parece algo proveniente de tiempos fílmicos ya trascendidos.

En otras cinematografías, el tema del derrotismo existencial ahogado en el sexo, el mismo que emana de Afinidades, ha sido tratado, por lo general, con un tono sobrio si se compara con los pesares y críticas que desgranan los personajes cubanos, a ratos con apreciable vuelo, en otros, bordeando el razonamiento de "café con leche", además de algún que otro chiste viejo que se adiciona buscando subrayar el estado mental que los consume.

Quitando el chiste filosófico viejo (como el de las etapas del ocupante de un vehículo), casi todo lo demás se justifica porque los personajes responden a una psicología al uso y no se le puede pedir al empresario de Perugorría que razone como el Hamlet de Shakespeare.

Se adivina en Afinidades que los realizadores se propusieron más de lo que pudieron concretar. Un punto a favor para un filme primero y desigual, que no obstante, permite apreciar habilidades.

 

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