Afincado en el escabroso y a la vez sugestivo tema del
intercambio de parejas, el binomio Vladimir Cruz-Jorge Perugorría
entrega en su ópera prima Afinidades una historia tan
eróticamente subidita de tono como bastante ágil en su
desenvolvimiento, y no son pocos los espectadores que se
entusiasman.
Queda claro, sin embargo, que los realizadores aspiran a mucho
más que la clásica formulación de "buena para pasar un rato".
No tiene que avanzar demasiado el metraje para que se sepa por
dónde va el asunto de los cuatro seres que se dan un brinquito
disipador a las cabañas de Guamá, quizá por aquello de que el estado
agreste del entorno puede resultar propicio para desatar los
instintos.
Bastante insinuada la intención de la flecha, el quid radica
entonces en sopesar la trascendencia del vuelo.
Llama la atención que Vladimir Cruz debute como guionista en un
tema en apariencia ligero, pero tan complejo (cuando se toma en
serio, y tal es el caso) que hizo que Stanley Kubrick —salvando
diferencias entre un filme y otro— tuviera en Ojos bien cerrados
(1990) el único filme medianamente fallido de su brillante carrera.
Dos preguntas a resolver son esenciales para cualquier realizador
adentrado en este tipo de argumento transgresor y a la vez con
fuerte calado en los misterios de la existencia: qué mueve a la
pareja a hacer lo que hace y cómo quedan moralmente una vez
consumado el hecho.
Matices más, matices menos, el guión de Vladimir Cruz define
bastante bien a los cuatro personajes en conflicto. Los dos hombres
van camino (¿o ya lo son?) de convertirse en descartes totales en lo
que respecta a principios éticos. Corrupto y combinando los
florilegios de un cínico simpático, el personaje de Perugorría se
aprovecha de su cargo de empresario del "billete fuerte" para
someter al amigo (Cruz), más obligado que dispuesto "a lo que sea"
con tal de que no lo dejen excedente en el trabajo y, además, fuera
de la rapacería por venir que el otro asoma en sus parlamentos.
Ambos, por lo que dicen y piensan, son frustrados en diversos
niveles, buscan y no encuentran
La extranjera (la española Cuca Escribano), aunque con una
reserva de sensibilidad, parece una experimentada que ha bebido
todas las mieles, y la joven (Gabriela Griffith), acaso sea el único
ser inocente del grupo, la ovejita imprescindible para ser conducida
al matadero.
Moviéndose entre el drama y recursos de la comedia ligera, los
realizadores tantean un tono a rato vacilante como estilo narrativo
para definir la intensidad que va envolviendo a los personajes antes
de llegar a la hora cero que los pondrá desnudos ante una cámara.
Alternan buenos y no tan buenos momentos en imágenes, diálogos y
actuaciones; contrastan el detalle bien dispuesto y el trazo lacio,
mientras los minutos transcurren hacia el gran acontecimiento que,
anuncia la española, tendrá lugar en la fiesta nocturna.
Resalta más entonces la furia sicalíptica por llegar, que los
desgarramientos que la provocan y por los cuales —hay que
reconocerlo— apuestan los realizadores, aunque no logren concretarlo
con el mejor oficio. La película se torna así más espectáculo
erótico que construcción intelectual, aunque las escenas fuertes se
necesitaban para conmocionar (a los personajes y al público) antes
de llegar a la segunda pregunta determinante que se hacen los
realizadores empeñados en estos avatares del sexo: ¿cómo quedan
moralmente los implicados una vez consumado el hecho?
La respuesta es un final vacilante y no porque cada uno de los
implicados sea un mundo aparte, un cierre que en el caso del
personaje de la española se resuelve con un soplo moralizante
cristiano que, en imágenes, parece algo proveniente de tiempos
fílmicos ya trascendidos.
En otras cinematografías, el tema del derrotismo existencial
ahogado en el sexo, el mismo que emana de Afinidades, ha sido
tratado, por lo general, con un tono sobrio si se compara con los
pesares y críticas que desgranan los personajes cubanos, a ratos con
apreciable vuelo, en otros, bordeando el razonamiento de "café con
leche", además de algún que otro chiste viejo que se adiciona
buscando subrayar el estado mental que los consume.
Quitando el chiste filosófico viejo (como el de las etapas del
ocupante de un vehículo), casi todo lo demás se justifica porque los
personajes responden a una psicología al uso y no se le puede pedir
al empresario de Perugorría que razone como el Hamlet de Shakespeare.
Se adivina en Afinidades que los realizadores se
propusieron más de lo que pudieron concretar. Un punto a favor para
un filme primero y desigual, que no obstante, permite apreciar
habilidades.