Burgos Cantor en el laberinto de la memoria

Pedro de la Hoz
pedro.hg@granma.cip.cu

La primera historia que quiso contar fue la de un pintor al que no le salía de sus manos el cuadro que soñó. Casi al mismo tiempo le vino a la cabeza otro argumento: el destino de un batallón de hormigas que se extraviaban por los caminos de la luna.

Desde entonces Roberto Burgos Cantor, un cartagenero de aspecto apacible a los 62 años de edad, lidia con ficciones que se parecen a la realidad y con realidades que pretenden ser ficciones.

Frente a la lengua del Caribe que penetra en la bahía de Cienfuegos, instalado en el hotel Jagua —sitio ideal para la lectura en una semana de una montaña de novelas venidas de diversos países del continente a concursar en el Premio Casa de las Américas 2011—, Burgos levanta la vista para verificar que ese es el mismo mar por donde transitaron los esclavos africanos que en medio del hambre, las enfermedades, el látigo y el desarraigo, aportaron a la costa atlántica colombiana una matriz cultural de inapreciable valor.

Son los negros que pueblan las páginas de La ceiba de la memoria, novela que confirmó a Burgos en el 2007 como uno de los más pujantes escritores colombianos de la era actual y mereciera en el 2009 el Premio Honorífico de Narrativa José María Arguedas de la Casa de las Américas. Republicada por el Fondo Editorial de la institución, La ceiba de la memoria forma parte de las novedades de la Feria Internacional del Libro Cuba 2011, accesible no solo en las librerías de La Cabaña, sino en las sedes de esta fiesta cultural a lo largo del país.

Uno de los puntos de partida de la novela fue el encuentro del escritor con la obra De instauranda aethiopum salute, del jesuita Alonso de Sandoval, que data de 1627 y aborda el tema de la esclavitud. Sandoval es uno de los personajes de la narración.

Pero hay otros que estremecen al lector por el huracán de los sentimientos y la fuerza de las palabras. Mucha autenticidad se respira en las voces de los africanos Analia Tu Bari y Benkos Biobó. Este último se nos presenta de una manera desgarradoramente lúcida cuando dice: "A mí me trajeron cubierto con las costras sobre la piel quemada para poner las marcas infames, envuelto en el olor cada vez más grueso, cada vez más irrespirable de la podredumbre propia. Arrastraron hasta este mundo desconocido mis restos. Ahora gritaré para reconstruirlos, encontrarlos, sanarlos, tenerlos en mí. Gritar para ser en medio de la destrucción y más allá de lo que nos quitan. El padre Pedro quiere que yo crea lo que él cree. Yo quiero ser el que soy, o el que fui, o el que empezaré a ser".

Cuando Burgos escribió La ceiba de la memoria, ya era un narrador valorado en un país donde la medida del éxito literario cuenta con dos nombres que pesan demasiado: Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis. Alguna vez dijo que entre los libros que salvaría de una hecatombe estaría El otoño del patriarca, del Nobel colombiano.

Pero supo crearse un espacio del que emana autoridad literaria, como lo prueban sus novelas El patio de los vientos perdidos (1984) y El vuelo de la paloma (1997) y el volumen de cuentos De gozos y desvelos (1987).

Escribe novelas porque cree en un género que "abre las posibilidades del entendimiento del mundo, propone intuiciones, se acerca de manera más libre a las zonas oscuras de la sociedad y del mismo ser humano que la integra".

 

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