Así sucede en Pinar del Río, donde solo existen alrededor de 60 "biodigestores",
a pesar de contar con un potencial muy superior.
"En la Empresa Porcina, por ejemplo, tenemos 43, cuando las
condiciones permiten montar más de 800", explica Manuel Leal,
especialista de medio ambiente en la entidad.
El nivel de producción de cada uno, más o menos impactante, está
asociado a la cantidad de cerdos por biodigestor, pero sin duda
constituye una modalidad de ahorro de portadores energéticos de
elevado costo en el mercado internacional, además de contribuir al
cuidado del medio ambiente.
Según los especialistas, un biodigestor se puede instalar —entre
otros sitios— dondequiera que haya concentración de animales.
A grandes rasgos, el procedimiento consiste en propiciar la
degradación de la materia orgánica (en este caso las excretas) en
ausencia de oxígeno.
Ello posibilita la transformación del residual sólido en abono de
alta calidad, similar al humus de lombriz, y al mismo tiempo
colectar biogás, una sustancia que puede emplearse en el plano
doméstico para la cocción de alimentos y también en el
funcionamiento de calderas y hornos, la generación eléctrica, e
incluso como combustible automotor.
"Se trata de una fuente de energía renovable de gran importancia
ante la escasez y el precio elevado del petróleo", explica Antero.
"Por otra parte, constituye una vía efectiva para el tratamiento
de los residuales de la actividad agropecuaria, mediante la cual se
evita la contaminación de las aguas y la emisión a la atmósfera del
metano, un gas de efecto invernadero que contribuye al calentamiento
global."
¿Entonces, por qué no aumenta su uso?
El especialista de medio ambiente de la Empresa Porcina, una de
las de mayores potencialidades para desarrollar la producción de
biogás, comenta que para la cría de cerdos en cualquiera de las
modalidades de convenio establecidas, es indispensable garantizar el
tratamiento de los residuales.
La inmensa mayoría de los productores de la provincia, sin
embargo, han optado por hacerlo mediante "trampas de sólidos" y
sistemas de lagunas de oxidación, una práctica que controla hasta
cierto punto la agresión al entorno, pero no impide la emisión de
gases nocivos a la atmósfera.
"Sucede así porque es la opción más sencilla, y lamentablemente
falta cultura sobre la utilización del biogás", argumenta el
funcionario.
No obstante, reconoce que tampoco hay una estructura
especializada en el montaje de biodigestores, capaz de brindarle el
servicio a quien pretenda desarrollar la experiencia.
"Los existentes han sido fabricados por los propios campesinos o
recibidos a través de convenios de cooperación", admite.
Incluso en esos casos, la explotación es limitada y muchas veces
parece responder más a una formalidad para cumplir las regulaciones
del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA), que
a un interés real de reducir la dependencia de recursos agotables y
contribuir con la preservación del planeta, lo cual se asocia
también a los subsidios que se reciben en el uso de otras fuentes de
energía.
Como están a la mano y son asequibles, los productores
potenciales no le prestan al biogás la atención que requiere,
coincide Ortelio Rodríguez, especialista de la delegación provincial
de la Agricultura.
Entre las excepciones, pudiera mencionarse a Ronald Rivera, un
productor porcino de las afueras de la ciudad de Pinar del Río, que
desde hace dos años se sirve de las bondades del biogás.
"Las condiciones de higiene han mejorado notablemente. Incluso el
arroyo que corre detrás de las naves de los animales está limpio",
dice.
Mientras tanto, Leyda Castañeda, su esposa, describe un impacto
favorable también en la cocina. "El aprovechamiento de algo que
antes se botaba, me ha permitido prescindir de la hornilla eléctrica
y rebajar notablemente el gasto de corriente".
Pero este no pasa de ser un caso aislado en un contexto donde
predomina la práctica de lanzar a la basura una reserva de ahorro.