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A 50 años de creadas las residencias
estudiantiles universitarias
Vuelven a sonar aquellas cuerdas de violines
OLGA DÍAZ RUIZ
El Alma Máter de la añeja Universidad de La Habana (UH), abre hoy
los brazos desde su soberbia colina a los jóvenes estudiantes de
todo el país con sus casi trescientos años de historia, una historia
que no pueden pasar por alto quienes hayan desandado alguna vez sus
espacios de luz y conocimiento.
El
edificio de G y 25, primera residencia estudiantil universitaria del
país.
Sin embargo, esta suerte de abarrotar los edificios
universitarios sin menores contratiempos, no fue siempre una
realidad para los cubanos. Antes del triunfo revolucionario, no solo
constituía un privilegio llegar a la Universidad —por el enorme
gasto que esto representaba para las familias de pocos recursos—,
sino que el número de bachilleres no superaba el 1,5% de la
población total, que en aquel momento era de unos seis millones de
habitantes aproximadamente.
Algunos estudiaban y trabajaban, viviendo para ello en precarias
condiciones, dependiendo del sistema de matrícula gratis, que no se
les concedía a todos, y renunciando, por supuesto, a cursar carreras
como la de Medicina, cuyo régimen académico absorbe demasiados
tiempo y recursos.
Además, solo existían entonces tres centros de altos estudios en
el país, enclavados, además del capitalino, en Santiago de Cuba y
Villa Clara —estos dos últimos ofrecían una muy limitada cantidad de
especialidades. De ahí que estudiar no pasaba de ser una utopía para
muchos.
SE PUEBLA LA COLINA
En mayo de 1959, la Revolución devuelve la voz a la UH, cerrada
desde 1956 por las fuerzas de Batista, y se comienza a gestar una
Universidad como la pensaba el Che, pintada de negro, de mulato, de
obrero y de campesino.
A partir de ese momento, cada vez más, se sucedieron cambios
notables en la institución que después se trasladarían al resto de
estos centros en el interior de la Isla. Se introdujo el cogobierno
universitario, se creó el comedor José Machado, con precios módicos
para estudiantes y trabajadores y crecieron las milicias
estudiantiles; pero todavía faltaba un último aliento para que la
voz de la Colina llegara definitivamente a los sectores más
desfavorecidos.
Las casas de huéspedes, que en un principio funcionaban como la
única alternativa para continuar estudios de quienes no residían en
la capital, no eran la solución definitiva.
En 1960 el Comandante en Jefe Fidel Castro, convencido de que
otorgar ayudas económicas para el pago de las casas de huéspedes no
resolvía la situación de gran parte del estudiantado, planteó en una
reunión con los comandantes Raúl Castro y Ernesto Che Guevara, y el
capitán José Rebellón, entre otros dirigentes revolucionarios, la
necesidad de crear un plan de becas universitarias donde se
alojarían y alimentarían los bachilleres, totalmente gratis, incluso
recibiendo un estipendio como ayuda económica; y designó a Rebellón,
también entonces presidente de la Escuela de Ingeniería, para que
organizara y dirigiera ese programa, denominado Plan de Ayuda para
la Formación de Técnicos (PAFT).
La iniciativa no tuvo tiempo de enfriarse. Un pequeño grupo de
estudiantes de varias facultades se encargó de hacer realidad este
proyecto, empezando prácticamente desde cero el acondicionamiento de
tres barracas en la recién transformada Ciudad Escolar Libertad,
bajo la supervisión diaria de Fidel.
"Cuando casi estaba terminada esa labor, el Comandante decidió
trasladar todos los medios dispuestos para el edificio de propiedad
horizontal de G y 25, intervenido hacía poco y al término de su
construcción, por encontrarse más cercano a la UH", recuerda el
ingeniero Gerardo Chong, uno de los fundadores del PAFT.
"Esta nueva tarea "se ejecutó en tiempo récord —ante el inminente
inicio del curso— a pesar de que apenas contábamos con la pequeña
camioneta Ford que poseía la Colina para su movimiento interno",
agregó.
ECHA A ANDAR G Y 25
Finalmente, los 22 pisos de G y 25 quedaron listos para recibir a
los más de 700 jóvenes bachilleres de toda la Isla, que inauguraron
el programa el 7 de noviembre de 1960, teniendo a su disposición
bibliotecas, áreas de esparcimiento, atención médica y hasta una
radio base, todos los servicios necesarios para complementar su
formación superior en las especialidades de Ingeniería, Ciencias
Médicas y Arquitectura en un primer momento.
Sin sectarismos ni extremismos, y sí con un alto sentido de
integración y de unidad, sin tener en cuenta su extracción social ni
su filiación religiosa, G y 25 comenzó a funcionar como plataforma
de discusión y debate, de formación ideológica, de preparación
política desde la diversidad de sus residentes, y en un espacio de
confluencia de una masa crítica estudiantil muy heterogénea, que
encontró en este edificio su casa.
"La tarea más difícil fue quizás la que tocó a las muchachitas,
que debieron convencer a la familia y afrontar los prejuicios
propios de la época, para convivir en un inmueble lleno de varones",
resalta Sonnia Moro, historiadora, y otra de las protagonistas de
aquella hazaña.
LA UH SE MULTIPLICA
Y es que son miles las anécdotas y las memorias de esos primeros
años, pero todos los que vivieron esta historia, que hoy conmemora
50 años, coinciden con Sonnia en que "la vida en G y 25 no dejaba
tiempo para nostalgias". Los becados trabajaron para minimizar las
pérdidas en el sabotaje a la tienda La Época, ayudaron a construir
la CUJAE, participaron en acciones revolucionarias cuando se produjo
el ataque a Playa Girón y la Crisis de Octubre, entre otras muchas
actividades.
"Unidos y organizados los becados nos convertimos en una fuerza
políticamente muy bien definida, cohesionada, orgánica y pujante,
lista para actuar en todos los frentes de lucha. Éramos como cuerdas
de violines", enfatiza Gerardo.
Con este mismo impulso, la Colina se multiplicó durante los años
siguientes con el edificio de muchachas en Línea e I, y poco después
se inauguró el de muchachos en 12 y Malecón. Las otras universidades
también tendrían, paulatinamente, su sistema de becas.
"Era una época romántica. El espíritu de los que terminaban los
estudios se repetía y reforzaba en la nueva oleada de becados. Ese
espíritu es el que no se puede abandonar porque significó la
integración racial, de género, económica y social de todos los
estudiantes en una nueva Universidad", concluye Sonnia. "Era un
sueño que ahora, cuando uno lo mira, tiene que sonreír". |
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