Se
podía prever que el conocido como Sistema de Ediciones Territoriales
(SET) —un proyecto que ha rebasado la primera década— se
manifestaría en planos desemejantes, según cada una de las
editoriales que lo constituyen. Algunas —y no es mera recriminación—
apenas han conseguido en el último año dar fe de concurrencia,
puesto que en sus afligidos catálogos predomina lo predecible, casi
lo subordinado al sentido de cuota. Pero en otras serpentea la
evidencia de un movimiento autoral talentoso y de un pensamiento
estructurado, aun cuando cavilar sobre la creación literaria cubana
a semejanza de la división político-administrativa sea un desatino.
Se sabe que el éxito de las también conocidas como editoriales de
provincias (las hay anteriores al Sistema) depende más de su
disposición a gestionar, entre otras cosas, porque en la práctica no
están supeditadas exclusivamente a la producción de sus territorios.
El SET luce jalones manifiestos, gracias a eso que el periodismo
machacón ha bautizado como trabajo sostenido. No es difícil
comprobar que editoriales como Ácana, en Camagüey, o Ediciones
Matanzas, o Capiro en Villa Clara, o las Ediciones Holguín, han
conseguido interpretar con más o menos bizarría que la tarea de dar
visibilidad duradera a la creación territorial no es un asunto
automático, ni tiene que ver con la aceptación de que se relajaran
los criterios estéticos a la hora de conformar los planes de
publicación. No es fortuito que estas cuatro editoriales se
encuentren en regiones de reconocida tradición cultural, a las que
pudiéramos sumar otras; por ejemplo, Santiago de Cuba. Sin embargo,
la consistencia que ahora exhiben no se ha mantenido invariable.
Alguna, incluso ha tenido épocas mejores.
La idea de lo territorial, como se sabe, constituye un problema
en el campo artístico. De solo pensar que no fue de Moscú, sino de
Iasnaya Poliana, que emergió el manuscrito de Anna Karenina,
uno comprende que hay relatividades que asustan. De cualquier modo,
en materia de literatura, nuestro vino no siempre es agrio. Ni se
pueden olvidar los vínculos funcionales de las ediciones
territoriales. Supeditadas metodológica y administrativamente al
Instituto Cubano del Libro, poseen lazos comprensibles con las
direcciones de Cultura de sus respectivos territorios. De hecho —no
faltaba más—, es en ellas donde se conciben los planes de
publicación, y allí donde se da respuesta a una demanda, cuya
disparidad nunca estuvo oculta. Que cada provincia de Cuba disponga
de al menos una pequeña casa editora significa, en primer término,
que los campos de la ficción literaria y de la investigación de
distinto sino exhiben una densidad digna de haberse tenido en
cuenta, como se hizo.
Pero es innegable, por ejemplo, que muchas investigaciones de
carácter local adolecen de una exposición desdichada. Incluso en
estos tiempos, cuando en la madeja de lo regional se reconoce una
antípoda de la globalización más superflua, es contraproducente
atenerse a un sentido de cuotas por géneros, según el cual ingresan
a los planes de publicación investigaciones de carácter etnológico o
histórico en las que se nota la ausencia de método y de estilo.
Las editoriales de provincias son un fenómeno vivo y es indudable
que han contribuido a la cultura y a la polémica, como cualquier
otra. Pero ni ellas ni sus destinatarios debieran dar por sentado
que se ocuparán mayormente de una producción carente de la
concentración estética que podrían arrogarse las llamadas
editoriales nacionales. Fueron pensadas, es cierto, para enfocarse
con una mayor exactitud en sus respectivos enclaves, pero partiendo
de la convicción de que lo producido allí merecía una respuesta
resuelta y sensata. Puesto que, por lo común, sus tiradas no
sobrepasan los quinientos ejemplares por título, se hace evidente un
problema: el de conseguir una distribución con verdadero alcance
nacional. Por ello y por otras cosas más pudiera parecer que
publicar en una editorial de provincias es un acto eventual: unos se
quedan esperando la edición definitiva. Otros —por soberbia, por
ingenuidad— prefieren llevar a ellas los retazos de la supuesta obra
mayor. Pero otros publican sin grandes trastornos, lo cual en última
instancia es un mérito compartido con los editores, una alusión a la
confianza.
A más de diez años de fundado el Sistema de Ediciones
Territoriales nos ha hecho pensar la literatura de un modo
diferente, incluso novedoso. Si resuelve sus insuficiencias en la
promoción, si tiene más en cuenta las verdaderas jerarquías en la
determinación de las tiradas, si se desprende del automatismo en la
ancha franja de la gestión editorial, podrá ofrecer más cultura. Es
lógico —lógico no; provechoso— que algunas de sus editoriales
sobresalgan, que apuesten a borrar, aunque sea en juego, las
diferencias con las conocidas como nacionales. Es preocupante que
otras se desgasten para cumplir los planes que ellas mismas han
concebido y que, más allá de lo materialmente arduo, no alcancen a
mostrar una coherencia en el panorama literario del territorio, ni
en sí mismas. Pero eso también es la literatura: tradición,
gestiones, olimpo y capacidad.