A
quien se le ocurrió convidar a Sergio Vitier y titular el concierto
Como una vuelta a Casa, habrá que aplaudirle la idea, aún con
el margen de una reserva, pues el guitarrista y compositor dice que
no se ha ido, que de un modo u otro siempre la Casa de las Américas
está consigo, desde los tiempos de Haydée y la naciente Nueva Trova.
Mas no es el caso de discutir las idas y venidas del músico por
la institución, sino de significar que, cual hijo pródigo, el
concierto de Sergio en la sala Ernesto Che Guevara fue abundante en
dones.
Sergio
y Furé, hermandad en el arte.
Primero, porque dio testimonio de su creación, marcada con sello
propio, en la cual se pone de relieve la articulación de las formas
académicas —estudiadas con Isaac Nicola, Leo Brouwer, Federico Smith,
José Ardévol, José Loyola y Roberto Varela— con el venero popular,
así como una intencionalidad discursiva en función de las imágenes
que desea transmitir al oyente.
Luego pesó la selección de los compañeros de viaje. Como en los
buenos viejos tiempos del grupo Oru, allí estaban el inefable
Rogelio Martínez Furé, con su voz limpia, transparente, afinada,
capaz sin embargo de lanzar una imprecación cimarrona cuando es
menester; el preciso flautista y saxofonista Javier Zalba; la base
rítmica sólidamente estructurada por el percusionista Luis Bárbaro
Rodríguez y el fiel contrabajista Fabián García Caturla; y en
representación de las nuevas generaciones, el sorprendente pianista
Rolando Luna.
Y para completar el trazo, el deseo de todos por hacer de la
ejecución musical un acto de diversión, de complicidades afectivas
con el público.
Fue así como transcurrieron las cosas desde la partitura que
Sergio compuso para el documental Puerto Príncipe mío, de
Rigoberto López, hasta la gozosa descarga final, pasando por la
recreación a los dioses del panteón yoruba y la bossa nova de Tom
Jobim en recuerdo a las inefables noches habaneras de Felipe
Dulzaides.
¿Tendrá que añadirse algo más para dejar en el lector la idea de
que el concierto de Sergio en la Casa fue un verdadero vacilón?