Testigos aseguraron que las llamas no fueron fáciles de controlar
por el hacinamiento de los reclusos en el recinto y el difícil
acceso de los servicios de emergencia al lugar.
De acuerdo con los informes, en un primer momento el personal de
Gendarmería no permitió el ingreso de los bomberos, lo que provocó
la desesperación de los reos y de las familias que se encontraban
apostadas en las afueras de la cárcel.
En el presidio había alrededor de 1 900 internos, cifra que
excedía la capacidad del lugar, que está diseñado para 800.
El hecho, considerado la mayor tragedia en la historia
penitenciaria de Chile, dejó en evidencia, entre otras cosas, el
colapso del sistema carcelario en el país sudamericano. Fue, además,
el detonante de una serie de disturbios y huelgas que se han llevado
a cabo en prisiones en las últimas dos semanas, como la reciente
revuelta en un penal de Antofagasta, que dejó heridos a 36 reclusos
y siete gendarmes.
Según Telesur, el propio director regional de Gendarmería, René
Salcedo, admitió que las inhumanas condiciones penitenciarias fueron
la causa principal del motín, concebido para 680 internos y que
alberga a más del doble.
Salcedo señaló, además, que unos 800 reclusos de esta cárcel
protagonizan una huelga de hambre en demanda de mejora de las
condiciones y en solidaridad con otros que ayunan en la de San
Miguel.
Otro incidente se registró en la cárcel de Quillota —con
capacidad para 300 internos y que aloja actualmente a 600.
Sobre el tema, diarios chilenos como El Mercurio y La Tercera se
refirieron a las condiciones de hacinamiento, la conflictividad
entre los reos y los problemas de vigilancia que caracterizan a los
recintos penales.
Al respecto, Liza Zúñiga, investigadora del Programa de Seguridad
de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales de Chile
(FLACSO), afirmó que el problema de aglomeración en las cárceles
chilenas tiene que ver con la política criminal del país, que
"privilegia la privación de la libertad" como forma de castigar el
delito. "Chile tiene la tasa más alta de presos por habitante de
América Latina", apuntó.
Según el Instituto Latinoamericano de Naciones Unidas para la
Prevención del Delito y el Tratamiento del Delincuente, el país
cuenta con 318 presos por cada 100 000 habitantes.
Estos hechos ocurren en momentos en que la Alta Comisionada de la
Organización de las Naciones Unidas (ONU) para los Derechos Humanos,
Navi Pillay, le reclama al Gobierno chileno que permita a los
observadores visitar las prisiones.
En declaraciones a la prensa, Pillay dijo que "luego de esta
tragedia la prioridad de la ONU es asegurarse que el Gobierno
investigue no solo esa, sino todas las prisiones en Chile".
En el 2004 había 38 000 presos en una infraestructura apta para
albergar solo a 24 000, y el incremento de la población recluida
fluctuaba entre 7 y 9%, según un artículo del Programa de Seguridad
y Ciudadanía de FLACSO en Chile.
La respuesta a esta situación fue implementar un nuevo modelo de
gestión penitenciaria que enfatizaba la construcción de recintos
carcelarios con administración público-privada.
Influenciada por un contexto internacional que privilegia la
privatización de las cárceles y con un sistema penitenciario en
crisis, la solución diseñada fue el llamado proceso de Modernización
del Sistema Carcelario.
Sin embargo, la experiencia demuestra que la privatización de las
cárceles no es muy auspiciosa en términos de incremento de la
efectividad de los programas de rehabilitación.
En los países donde se ha aplicado provocó problemas de orden
ético, político, normativo y jurídico (violaciones a los derechos
humanos, explotación de mano de obra a bajo costo, endurecimiento de
penas, entre otros).
A finales de los 90, la Comisión de Derechos Humanos del
Parlamento Latinoamericano (PARLATINO) visitó más de 70 cárceles de
21 países latinoamericanos (entre ellos Chile), y en su informe
reflejó que, aun cuando la sociedad necesita defenderse del
comportamiento criminal que pone en peligro su tranquilidad, eso no
justifica que, en sentido general, los sistemas penitenciarios
latinoamericanos estén en abierta contradicción con las reglas
mínimas de la ONU para el tratamiento de los reclusos.
"Desde el pretexto del legítimo derecho a la seguridad que
reclaman los ciudadanos, en no pocos países de la región, las
cárceles se transforman en depósitos de personas ante la ausencia de
políticas penitenciarias", añadió el documento.
La modernización carcelaria y su eminente privatización no
solucionan un problema tan complejo como la delincuencia: lo que
hace falta es adoptar políticas que promuevan soluciones a las
causas sociales que llevan al delito.