Cuando
en la noche del último domingo Arturo O’Farrill recibió la
estruendosa ovación que le dispensó el público habanero, después de
un entrañable trabajo evocador de raíces y experiencias familiares
comunes junto al gran Chucho Valdés, es muy probable que advirtiera
en el auditorio la sombra tutelar de su padre y pensara que en
realidad, el que merecía estar en el escenario, era aquel hombre del
que bebió los fundamentos de la música cubana y de su maridaje con
el jazz.
Chucho,
Arturo y la Afrocuban Jazz Orchestra, a la que se insertaron jóvenes
talentos locales, estrenaron la obra De hijos y padres desde La
Habana a New York y regresando, homenaje que trascendió el
tributo a Chico y Bebo para enfatizar los vasos comunicantes entre
dos ciudades que desde la primera mitad del siglo pasado trenzaron
para siempre una zona identitaria compartida.
"Con este concierto se cierra un círculo y se abre otro —explicó
el músico norteamericano—. Siempre pensé que este viaje se lo debía
a mi padre. Él nunca dejó de expresar el elemento cubano."
Chico O’Farrill (1921-2001) es una leyenda. Destacado
trompetista, discípulo del siempre bien recordado Félix Guerrero,
cuando se instaló en Nueva York tras la Segunda Guerra Mundial
cimentó una rutilante carrera como orquestador y compositor. Detrás
de la orquesta de Machito, de las incursiones latinas de Charlie
Parker, Dizzy Gillespie y Stan Kenton, incluso detrás de algunos de
los más renombrados temas bien cool de Benny Goodman. Su
Afrocuban Jazz Suite (1950) posee una altura clásica.
Arturo nació en México en 1960, mientras su padre se desempeñaba
como arreglista en esa ciudad. Pero su crecimiento espiritual y
humano aconteció en Nueva York, a la vera de su progenitor y en
contacto con la música latina y con los mejores intérpretes de jazz.
Junto a su formación académica se curtió al ser fichado como
pianista para presentaciones y registros discográficos de Dizzy
Gillespie, Steve Turre y Wynton Marsalis —con quien ha compartido la
maravillosa experiencia pedagógica del programa Jazz at Lincoln
Center—, pero siempre tuvo en mente desandar por los caminos de
Chico, enamorado del sonido de las big bands y de su aporte al
perfil definitivo del jazz afrocubano.
De ahí la idea de revivir la Afrocuban Jazz Orchestra y demostrar
que un formato tan nutrido es viable y agradecido, como lo hizo
durante temporadas en el célebre Birland neoyorquino.
Y que en paralelo a una carrera discográfica exitosa como solista
o con pequeñas agrupaciones —título imprescindible lo es Cumaná,
con el apoyo del contrabajista Andy González y el baterista Dafnis
Prieto, en el que versiona Perfidia y Bésame mucho—,
haya logrado cuajar con Song for Chico (2005) uno de los
álbumes más importantes del jazz latino en la primera década de la
actual centuria, a partir de una banda.
Para Arturo, todo parte de los toques rituales, de la rumba, de
la fuerza generada por la contribución africana al mestizaje en la
Isla. Una fuerza que le llegó a la corriente maestra del jazz para
quedarse. Sobre ello no tiene la menor duda:
"Nuestra presencia en Cuba busca decirle al mundo del jazz que
sin el elemento cubano no se entiende el género. Sin entender que la
música cubana está metida en las raíces del jazz, la música deja de
ser universal. Para mí es cuestión de resarcir una deuda, reparar
una injusticia, porque el jazz es música panamericana; es la música
de Buenos Aires, de Cuba, de Montevideo o de Cali. Pertenece a
todos, como la sangre, como la familia, como la cultura, como el
amor. Regresar con ese mensaje a Nueva York, al resto del mundo, es
también nuestra misión."