Nunca antes alguien se había atrevido a decir tantas verdades
juntas, ni había cuestionado al Gobierno de turno con argumentos tan
sólidos e irrebatibles.
Aquel día, el líder estudiantil Fidel Castro, compareció ante el
Tribunal de Urgencia de Las Villas, acompañado de Enrique Benavides
Santos, acusados de haber promovido disturbios estudiantiles en la
ciudad de Cienfuegos.
Durante la vista, enmarcada en la Causa 543, el joven letrado
utilizó la toga y el birrete por primera vez en una causa propia,
mientras Benavides era defendido por el magistrado Benito Besada,
condiscípulo de Fidel en la Universidad de La Habana.
Los hechos que motivaron el juicio habían tenido lugar en
noviembre de ese año cuando ambos jóvenes, integrantes de un comité
de lucha de la organización universitaria, viajaron a Cienfuegos
invitados por los estudiantes de la localidad, para protestar por
los desmanes del régimen del presidente Carlos Prío Socarrás y su
Ministro de Educación, Aureliano Sánchez Arango.
Toga
usada por Fidel durante el juicio celebrado en la audiencia de Santa
Clara.
La noche del 12 de noviembre, mientras Fidel y su compañero se
disponían a participar en un mitin frente al Ayuntamiento local,
resultaron detenidos y sometidos a maltratos en la Estación de
Policías, hecho que provocó la repulsa de los estudiantes.
Ya de madrugada y en medio de una tenaz resistencia, los jóvenes
fueron sacados del calabozo por los guardias, a fin de ser
conducidos hacia Santa Clara. Durante el recorrido, temeroso de las
represalias que pudieran tomar los agentes de la policía, el doctor
Ángel Vital, presidente del Ayuntamiento cienfueguero, siguió a los
carros, frustrando la consumación de un posible asesinato, hecho muy
frecuente en aquella sociedad de gangster.
Tras el traslado a la capital de Las Villas se produjo la rápida
movilización estudiantil, la que junto a las denuncias del líder
ortodoxo Eduardo R. Chibás, obligó al gobierno de Prío a decretar la
libertad provisional de los detenidos, fijándose como fecha del
juicio el 14 de diciembre de ese año.
En el viaje en tren hacia Santa Clara, la noche anterior al
juicio y durante una breve estancia en casa de su amigo Benito
Besada, situada en la esquina de las calles Máximo Gómez y Martí,
Fidel aprovechó para preparar su autodefensa, para lo cual escogió
lecturas de Martí y el Yo Acuso, de Emilio Zola.
Años después el abogado Besada, ya fallecido, recordaba que al
llegar a su casa el futuro jefe de la Revolución le pidió que
defendiera a Benavides, pues él se encargaría de su propia defensa.
Ya en el juicio, y en su condición de abogado defensor, Fidel
solicitó la presencia del capitán Manuel Pérez Borroto, jefe de la
Policía en Cienfuegos y principal acusador, para que declarase. Ante
la locuacidad del joven, el presidente del Tribunal llamó su
atención en reiteradas ocasiones, a fin de que moderase el tono de
sus palabras.
Fidel estuvo estupendo, recordaba Besada, con una oratoria
desbordada que cautivó a la sala, ante la cual el presidente del
Tribunal optó por dejarle hablar sin restricciones.
A lo menos que se refería el futuro líder de la acción del
Moncada era a los hechos que se le imputaban, decía Besada. Más
bien, aprovechó la ocasión para denunciar el estado de corrupción
imperante en Cuba, el robo, los asesinatos políticos y la represión
policial hacia todo aquel que se manifestara en contra del Gobierno.
Ante tal frenesí, varias veces Besada haló la toga del joven
letrado para que contuviera su ímpetu, más resultaba imposible
detener aquel torrente de verdades. Cuando el Tribunal se retiró a
deliberar, Fidel preguntó a su amigo qué tal había estado, a lo que
Benito respondió ¡Muy mal!, el juicio estaba trascurriendo favorable
a nosotros y tú lo complicaste con esas cosas que expresaste, ante
lo cual exclamó tranquilo: Eso no importa. Vine a decir verdades, y
las dije. Al final Fidel y Benavides resultaron absueltos.
Tres años después, en el mes de octubre, el jefe de la Revolución
Cubana volvería a la carga contra el régimen de turno, y ante el
Tribunal que le juzgaba en Santiago de Cuba por los sucesos del
ataque al Cuartel Moncada pronunciaba su histórico alegato La
Historia me Absolverá, que como antes, en Santa Clara, constituyó
una vibrante expresión de su estatura política.