PRETORIA,
Sudáfrica.— Parecía el conjuro perfecto para aquella confusión de la
Torre de Babel, para el enredo de los mil idiomas que de pronto se
apoderó de quienes levantaban la edificación que pretendía rozar el
cielo. Y es que bastó con el apretón de manos, amén de orígenes,
idiomas, cultura o creencias, para borrar las fronteras de este
mundo apocalíptico. Eran los jóvenes, los de ahora, los de estos
tiempos imperiosos, que se juntaron en el estadio Lucas Masterpieces
Moripe de esta ciudad. Comenzaba así el XVII Festival Mundial de la
Juventud y los Estudiantes.
La fiesta empezó en la tarde. La lluvia no acababa de escurrirse,
el sol aún no se enteraba de tamaña algarabía en Sudáfrica, cuando a
la sede de la inauguración empezaron a llegar por miles. Venían de
la ciudad más cosmopolita, de la patria más pequeña, del país menos
privilegiado, del pueblo más sufrido, de la nación más amenazante¼
Quienes entraban eran jóvenes inconformes con la realidad que les
tocó vivir; muchachos que testarudamente siguen apostando por otro
orden de cosas, quienes, desde su tiempo, continúan avivando los
sueños de grandes líderes. Por eso, entre tantas consignas, llegaron
también con imágenes de Mandela, Ho Chi Min, Che Guevara, Fidel
Castro¼ mientras bailaban con el Waka
Waka de Shakira o la algazara del disc jokey (por cierto
era un cubano: Ivan Lejardi, joven talentoso de la embajada de la
Isla).
Tras los bailes africanos, sudados con el mejor de los ritmos,
comenzó el desfile de los países. Entonces parecía que el mundo se
concentraba en la pista del estadio. Pero el de ayer era un mundo
como el tantas veces soñado, donde los humanos se devolvían
sonrisas, en vez de agresiones o gestos prepotentes.
Y entre esas imágenes que se prenden como alfileres estaban la
marcialidad de los coreanos; la alegría de los vietnamitas que
izaron sus banderas en cañas de bambú; la insistencia de los
palestinos con sus gritos de libertad; la valentía de los saharauis
que daban vivas a la causa de su pueblo; la sabrosura latina de los
brasileños; el regocijo de los sudafricanos por su primer Festival;
la contagiosa dicha de la Mayor de las Antillas, que a su paso por
el estadio sumó a la delegación a tantísimos jóvenes de otros
confines del mundo que hacen suya la causa cubana, la admiración por
Fidel, por su Revolución, por su pueblo. Entonces nos sentimos
dichosos quienes tuvimos el privilegio de nacer de este lado del
Caribe.
Y del Comandante en Jefe de siempre fue el mensaje que se leyó a
los participantes en el Festival, quien pidió a los jóvenes reunidos
aquí indagar sobre el destino de las armas nucleares que Estados
Unidos facilitó al régimen del apartheid, sobre las que no dijeron
palabra cuando tuvieron que entregar el gobierno a Mandela. La
investigación y denuncia de tales hechos sería en estos instantes un
gran servicio al mundo, escribió Fidel.
Con anterioridad, imágenes de ambos líderes, hermanos de tantas
luchas, habían sido mostradas a la juventud que desde temprano
coreaba enardecida sus nombres desde las gradas.
A esos muchachos convidó Jacob Zuma, presidente de Sudáfrica, a
aportar soluciones para cambiar el camino que sigue la humanidad, al
tiempo que exigió a los gobiernos crearles oportunidades de
realización. No es posible subestimar el poder de la juventud, dijo.
Y luego recordó los años mozos de Mandela y de tantos líderes que
revolucionaron su tiempo. Habló del apoyo de los jóvenes a Vietnam,
Cuba, Palestina, Sahara Occidental¼ Por
eso puso su fe en el éxito de este XVII Festival Mundial de la
Juventud y los Estudiantes, dedicado a derrotar al imperialismo, a
batallar por un mundo de paz, solidaridad y transformaciones
sociales.
Bajo el estruendo de los fuegos artificiales, salimos todos del
estadio como anunciando a quien quiera escuchar, y a quien no, que
este mundo es de los jóvenes. Y enhorabuena, a por él vamos.