Señor Presidente:
Distinguidos Jefes de Estado y de Gobierno; Jefes de delegación:
Distinguidos delegados:
Fuerzas
poderosas aseguran sin titubear que el cambio climático no existe,
que no hay nada por qué preocuparse y que el serio problema que hoy
nos convoca es toda una fabricación. Son las que hoy se oponen en el
Congreso de los Estados·Unidos de América a la ratificación de los
débiles instrumentos que controlan la proliferación de armas
nucleares, en una cruzada insensata cuyo único propósito consiste en
acabar de recuperar la pequeña parte del poder que perdieron hace
apenas dos años.
Son las que quieren reducir los impuestos del 10% de la
población, que controla el 90% de la riqueza, las mismas que se
oponen a la reforma del sistema de salud, del seguro al desempleo y
a cualquier propuesta que signifique un pequeño paso hacia el
progreso o la equidad.
Lo cierto es, bien lo sabemos los aquí reunidos, que el cambio
climático, unido a la seria amenaza de una conflagración bélica de
dimensiones nucleares, constituyen los peligros más graves e
inminentes que enfrenta la humanidad para su supervivencia.
La ausencia de progreso hacia una solución real de ambos
problemas responde a la actitud irresponsable de quienes promueven y
se benefician del despilfarro, las catástrofes, las guerras y la
tragedia que viven nuestros pueblos.
Es un deber de todos demandar, a quienes tienen toda la
responsabilidad histórica, que cesen el derroche y el consumo
irracional de los recursos limitados de nuestro planeta y que se
destinen a la promoción de la paz y el desarrollo sostenible de
todos los pueblos las sumas millonarias que hoy se utilizan para
hacer la guerra.
Hace un año, en Copenhague, se fracasó en responder a la
expectativa mundial ante la 15 Conferencia de las Partes de esta
Convención, con la visión de alcanzar un acuerdo global que hiciera
frente de manera justa y efectiva al cambio climático.
Primaron allí procedimientos antidemocráticos y una total falta
de transparencia. Un grupo de países, encabezados por Estados
Unidos, el mayor emisor per cápita e histórico, secuestró el proceso
de negociaciones e impuso un documento apócrifo que no resuelve,
siquiera, los desafíos identificados por las investigaciones
científicas más conservadoras sobre el tema. Copenhague resultó un
desastre.
Después, los Estados Unidos y la Unión Europea se lanzaron a una
campaña de presiones políticas, financieras y condicionalidades a la
Ayuda Oficial al Desarrollo para tratar de dar legitimidad al
inexistente "Acuerdo de Copenhague".
Resultan de particular interés los documentos clasificados
norteamericanos recientemente develados, incluido el registrado como
249182, 10BRUSSELS183, del 17 de febrero del 2010, que se refiere a
acciones —y cito—, para "neutralizar, cooptar o marginar" un grupo
de Estados entre los que se menciona a Cuba. Tengo aquí este
documento y otros más, en mi poder, que demuestran la pérfida
diplomacia de las potencias en relación con el cambio climático.
Señor Presidente:
El cambio climático es una amenaza global que requiere soluciones
también globales, que sean justas, equitativas y equilibradas, y que
involucren a todos los países del mundo. Por eso, adoptamos tras
arduo esfuerzo, la Convención Marco y su Protocolo de Kyoto y por
eso sus principios cardinales son hoy tan válidos como cuando los
concebimos.
Es ampliamente reconocido que la causa principal de la alteración
del sistema climático mundial son los patrones de producción y
consumo insostenibles que prevalecen en los países desarrollados.
También se reconoce que el principio de las responsabilidades
comunes pero diferenciadas, y las respectivas capacidades de los
Estados, constituyen la piedra angular de una solución justa y
duradera.
Los países del Sur no somos los responsables de la falta de
acuerdo para frenar el cambio climático. Somos, más bien, las
víctimas de la falta de avances y de las actitudes egoístas de
quienes ya disfrutan de la sobreexplotación de los recursos agotados
del planeta. Las pequeñas islas, aún más vulnerables, merecen
consideración y trato especial.
La Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y
los Derechos de la Madre Tierra, realizada en mayo pasado, en
Cochabamba, hizo planteamientos esenciales que deben ser tomados en
cuenta.
Señor Presidente:
Un acuerdo a largo plazo tiene que garantizar una perspectiva de
desarrollo sostenible para los países del Tercer Mundo, y no una
restricción adicional y agobiante para lograrlo. Eso implica que sus
emisiones de gases de efecto invernadero deben crecer
inevitablemente para satisfacer las necesidades de su desarrollo
económico y social. La Convención Marco así lo establece y los
países desarrollados deben aceptarlo.
En el marco de un segundo periodo de compromisos dentro del
Protocolo de Kyoto, los países industrializados tienen que asumir
obligaciones vinculantes, cuantificables y más ambiciosas de
reducción de sus emisiones.
Es necesario e impostergable adoptar ahora, aquí en Cancún,
decisiones concretas sobre un segundo periodo de compromisos del
Protocolo de Kyoto. Hay un grupo de países desarrollados, en este
mismo proceso de negociación, intentando liquidar el Protocolo de
Kyoto con el pretexto de que cubre solo el 20% de las emisiones
globales de gases de efecto invernadero. En realidad, la Convención
Marco cubre el 100% de dichas emisiones y este es un mero pretexto
egoísta.
De Cancún debe salir, al menos, una hoja de ruta clara y precisa
hacia la solución de los problemas centrales del cambio climático en
dirección a la 17 COP en Durban, dentro de un año.
Combatir el cambio climático entraña enfrentar la pobreza y la
desigualdad social. Implica la obligación de transferir tecnología
desde el Norte industrializado hacia el Sur subdesarrollado.
Requiere facilitar los recursos financieros que permitan a las
economías en desarrollo hacer frente a la adaptación y la
mitigación, y brindar financiamiento fresco por encima de los
compromisos ya existentes y cada vez más precarios y condicionados
de la Ayuda Oficial para el Desarrollo.
Si bien parece viable que en esta Conferencia se pueda llegar a
acuerdos en materia de adaptación y transferencia de tecnología, es
imprescindible que definamos mecanismos de financiación o recursos
realmente significativos para enfrentar los efectos del cambio
climático.
No podrían funcionar estos mecanismos en el seno del Banco
Mundial ni de ninguna otra institución del sistema de Bretton Woods,
pues entrañaría condicionalidades, discriminación y exclusiones. Las
instituciones de Bretton Woods son tan responsables históricamente
del cambio climático, como los gobiernos de los países
desarrollados.
No se trata de una obra de caridad, sino, ante todo, de una
obligación moral y jurídica, resultante de los compromisos asumidos
en la Convención. Las migajas prometidas en Copenhague fueron
extremadamente exiguas y ni siquiera se han materializado, los
mecanismos de mercado, ni las políticas neoliberales, que ya no
tienen ninguna credibilidad, nos ayudarán a avanzar.
Señor Presidente:
Las terribles inundaciones que ahora mismo sufren Venezuela y
Colombia concitan toda nuestra solidaridad y evidencian la urgencia
del problema.
El orden mundial es insostenible. La sociedad humana, para
sobrevivir, tendrá que organizarse de otra manera. Llegó la hora de
actuar. El tiempo se termina. Se ha perdido otro año desde el engaño
de Copenhague. Los pueblos no pueden esperar por los poderosos.
Muchas gracias.