Casa vieja, Chicogrande y Cómo olvidar

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu

Quiere y no quiere los recursos teatrales Léster Hamlet en su Casa vieja, revitalización a tono con los tiempos actuales del clásico de los sesenta de Abelardo Estorino, La casa vieja, y llama la atención el pendular estético a plena conciencia en un artista que ha madurado una vasta obra en los terrenos del videoclip, lo que hacía pensar que quizá por ahí vendría su primer largometraje.

Chicogrande, del mexicano Felipe Cazals.

Hay cine y hay teatro en esta historia acerca de los secretos, alegrías y sinsabores de una familia a lo largo de los años y con un tejido social determinando conductas e imposturas. Es evidente que el realizador busca ser absolutamente convincente desde el realismo de las situaciones y personajes que traza, un nudo de conflictos bastante conocido porque sobre él ya se han volcados otros cineastas, lo que torna más difícil el reto de lo novedoso, y hasta sorpresivo, inherente a cualquier obra de arte.

Concentración entonces en lo dramático, sin que la visualización, más allá de los rigurosos primeros planos y la omnipresencia del mar como un personaje más, juegue una carta decisiva.

Vista en sentido general, esta Casa vieja es un apreciable intento de readaptación, con actuaciones casi todas convincentes y un bien asimilado costumbrismo en aras de aligerar el peso emocional. Vista en detalles, resulta por momentos un poco discursiva (aun cuando en ese aspecto se apueste por el teatro) y, lo que vendría a ser la sustancia de la almendra, la dramaturgia conectada con el personaje principal, Esteban (ha regresado luego de 12 años viviendo en España), no termina por cuajar.

Una transición dramática tan importante como la explosión y escapada de Esteban de la funeraria se articula de manera un tanto forzada, porque no hay una acumulación de emociones que lo justifique.

Igualmente discutible resulta el soporte dramático hacia los finales a partir de las protestas de Esteban porque en el entierro del padre solo se hablaba de la ejemplaridad del hombre, en lugar de hacer un recuento balanceado de virtudes y defectos, y en tal sentido habría que preguntarse en qué despedida de duelo se hace lo que pretende el protagonista. Esto, en lugar de aportar trascendencia al conflicto familiar (con extensión social) de aceptar las diferencias de opiniones, conductas y hasta de preferencias sexuales, resta fuerza a la credibilidad del argumento, porque, después de todo, es evidente que el fallecido era eso que se cataloga como "un buena gente".

Casa vieja, con su estructura en actos, no carece de valores, pero indefiniciones en el guión no le permiten redondear convenientemente sus buenos propósitos de insertarse en una temática de actualidad.

Y al calor de los festejos por la Revolución mexicana, Felipe Cazals, un viejo conocido, dirige Chicogrande, estética del western para contar una historia basada en hechos reales y que vuelve a involucrar a Pancho Villa, en esta ocasión perseguido por un férreo oficial norteamericano que recurre a la tortura para tratar de dar con el paradero del líder.

Película de fuerte aliento nacionalista, pero vacilante en su tono narrativo y con subrayados innecesarios, sobre todo verbales, para dar cuenta del decisivo papel desempeñado por el pueblo mexicano en aquella gesta.

Cómo olvidar, de la brasileña Malú de Martino y con la conocida Ana Paulo Arosio en el papel principal, es un drama intimista acerca de una profesora universitaria que vive atormentada después de ser abandonada por su novia.

Descenso a los infiernos de la soledad y posible resurrección en una película de final abierto que habla elegantemente de la elección sexual entre mujeres en un metraje, quizás, demasiado algo alargado.

 

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