Hay cine y hay teatro en esta historia acerca de los secretos,
alegrías y sinsabores de una familia a lo largo de los años y con un
tejido social determinando conductas e imposturas. Es evidente que
el realizador busca ser absolutamente convincente desde el realismo
de las situaciones y personajes que traza, un nudo de conflictos
bastante conocido porque sobre él ya se han volcados otros
cineastas, lo que torna más difícil el reto de lo novedoso, y hasta
sorpresivo, inherente a cualquier obra de arte.
Concentración entonces en lo dramático, sin que la visualización,
más allá de los rigurosos primeros planos y la omnipresencia del mar
como un personaje más, juegue una carta decisiva.
Vista en sentido general, esta Casa vieja es un apreciable
intento de readaptación, con actuaciones casi todas convincentes y
un bien asimilado costumbrismo en aras de aligerar el peso
emocional. Vista en detalles, resulta por momentos un poco
discursiva (aun cuando en ese aspecto se apueste por el teatro) y,
lo que vendría a ser la sustancia de la almendra, la dramaturgia
conectada con el personaje principal, Esteban (ha regresado luego de
12 años viviendo en España), no termina por cuajar.
Una transición dramática tan importante como la explosión y
escapada de Esteban de la funeraria se articula de manera un tanto
forzada, porque no hay una acumulación de emociones que lo
justifique.
Igualmente discutible resulta el soporte dramático hacia los
finales a partir de las protestas de Esteban porque en el entierro
del padre solo se hablaba de la ejemplaridad del hombre, en lugar de
hacer un recuento balanceado de virtudes y defectos, y en tal
sentido habría que preguntarse en qué despedida de duelo se hace lo
que pretende el protagonista. Esto, en lugar de aportar
trascendencia al conflicto familiar (con extensión social) de
aceptar las diferencias de opiniones, conductas y hasta de
preferencias sexuales, resta fuerza a la credibilidad del argumento,
porque, después de todo, es evidente que el fallecido era eso que se
cataloga como "un buena gente".
Casa vieja, con su estructura en actos, no carece de valores,
pero indefiniciones en el guión no le permiten redondear
convenientemente sus buenos propósitos de insertarse en una temática
de actualidad.
Y al calor de los festejos por la Revolución mexicana, Felipe
Cazals, un viejo conocido, dirige Chicogrande, estética del
western para contar una historia basada en hechos reales y
que vuelve a involucrar a Pancho Villa, en esta ocasión perseguido
por un férreo oficial norteamericano que recurre a la tortura para
tratar de dar con el paradero del líder.
Película de fuerte aliento nacionalista, pero vacilante en su
tono narrativo y con subrayados innecesarios, sobre todo verbales,
para dar cuenta del decisivo papel desempeñado por el pueblo
mexicano en aquella gesta.
Cómo olvidar, de la brasileña Malú de Martino y con la
conocida Ana Paulo Arosio en el papel principal, es un drama
intimista acerca de una profesora universitaria que vive atormentada
después de ser abandonada por su novia.
Descenso a los infiernos de la soledad y posible resurrección en
una película de final abierto que habla elegantemente de la elección
sexual entre mujeres en un metraje, quizás, demasiado algo alargado.