Coherencia
quizá sea la palabra que mejor defina la trayectoria vital y el
compromiso intelectual de Luis Britto García, Premio ALBA de las
Letras 2010. Entre una y el otro no hay fisuras. Empeñado por muchos
años desde la palabra y todas las tribunas posibles, en denunciar la
convivencia de las oligarquías locales con el imperio
norteamericano, la manipulación ideológica y la desvalorización
cultural, durante la última década ha acompañado con lúcida
responsabilidad el proceso de transformaciones que tiene lugar en
Venezuela.
Pero al mismo tiempo, la noción revolucionaria se ha instalado en
sus textos ficcionales desde una perspectiva estética y estilística
de vocación renovadora. Al lector cubano no pasó inadvertido ese
rasgo de su escritura desde que accedió a las páginas de
Rajatabla, Premio Casa de las Américas 1970. Diecinueve años
después volvería a conquistar ese prestigioso galardón con
Abrapalabra.
Autor de obras teatrales (La misa del esclavo, El
tirano Aguirre y Venezuela tuya), de un guión de teatro
musical (La ópera salsa, con el compositor Cheo Reyes),
amante de la indagación histórica (Demonios del mar: corsarios y
piratas en Venezuela 1528–1727), su bibliografía ensayística
incluye títulos fundamentales como El imperio contracultural: del
rock a la postmodernidad (1990) e Investigación de unos
medios por encima de toda sospecha (2005).
En una reciente entrevista, Britto García situó una diferencia
entre dos tipos de compromiso: "No es igual mantener y legitimar el
populismo neoliberal que hacerlo con el socialismo. Juzgar al
intelectual es juzgar el proyecto que defiende".
Y cuando se le pidió que definiera su ideal, expresó: "Querría
ser marxista. (¼ ) En la medida en que el
proceso bolivariano avance hacia la propiedad social, la educación
gratuita, la seguridad social, la reducción de la desigualdad, la
participación política y social de las mayorías y la integración
latinoamericana y mundial, estoy con él. Creo que le aporto a la
Revolución Bolivariana una apreciación de sus aciertos
desinteresada, no mediatizada por prebendas, nombramientos ni
privilegios, y una crítica leal y en lo posible constructiva sobre
las que llamo sus metas por cumplir. (¼ )
El socialismo del Tercer Milenio, como prefiero llamarlo, tiene como
premisas fundamentales el control social de los principales medios
de producción y el control democrático sobre el uso y disposición de
ellos. En él cada quien aportará según su capacidad y recibirá según
su trabajo. El devenir histórico impone algunas actualizaciones. No
es posible esperar un desarrollo máximo de las fuerzas productivas
industriales en todos los países, porque el planeta no tiene
recursos ni energía para ello. El consumismo ha de ser reemplazado
por una economía del ahorro, el reciclamiento y la regeneración".
Hace poco, en ocasión de las conmemoraciones bicentenarias,
Britto García escribió un artículo en el que pasó balance a los
avatares de nuestros pueblos. En un ejercicio antitético puso de un
lado lo "que no nos funcionó" y lo que "nos funciona". En un saco,
"inculcar en el pueblo la obediencia ciega, de manera que la
rendición de las dirigencias equivaliera a la del pueblo, que dejar
sin cabeza a las jefaturas fuera dejar a los gobernados sin ideas;
mimetizar la cultura opresora con la esperanza de ser reconocidos
como iguales y la certidumbre de terminar ridiculizados como remedos
o perdonados como pintorescos; juzgarnos con el rasero del enemigo,
medirnos con la medida del opresor, valorarnos según la tabla de
valores de los genocidas".
Desde la experiencia histórica y de cara al futuro, "atrevernos
contra los imperios; resistir las intervenciones en el campo
cultural, económico y estratégico; conquistar por la violencia las
reivindicaciones sociales y económicas que nos son negadas con la
fuerza bruta; movilizar de nuevo a las clases oprimidas y cumplirles
los programas de reivindicación social; refutar la integración
tutelada por los imperios y culminar la iniciada por nosotros
mismos; rechazar la instalación de bases militares foráneas y
denunciar, incomunicar, aislar o expulsar las ya instaladas;
reconquistar el control de nuestras riquezas naturales, así como el
de las industrias relativas a su explotación; pensar con nuestras
ideas, nuestros valores, nuestras cabezas; ser nosotros mismos en la
América nuestra".
Tal es el decálogo que anima la acción del intelectual
revolucionario que es Luis Britto García.